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17:11h. Miércoles, 21 de Febrero de 2018

El reinicio

Amaury Córdova Flores

La leyenda del indomable, 1967, cartel de la película
La leyenda del indomable, 1967, cartel de la película

Un destello blanco se vio al norte. Crecía. Tras de él, la silueta de los edificios desaparecía; también las personas, los coches. Hasta no dejar ver nada, la luz cegadora avanzó y cubrió todo. Millones de voces sonaban y de pronto fueron cesadas.

Era necesario el reinicio, algo no estaba bien. Algo se había perdido en el proceso, el resultado no era satisfactorio, no era el correcto. El planeta se encontraba cubierto de nada otra vez, nada más que silencio. Una vez más, comenzaba desde cero.

No podía sentir nada ni ver nada, mucho menos oír algo o moverse. Poco a poco comenzó a escuchar un latido, cada vez lo oía más fuerte. Otro sonido se incorporó: un golpeteo, pero no podía ubicar su origen. Comenzó a recobrar el sentido del tacto. Identificó que estaba acostado, en una cama. Aún no podía oír o ver algo. El golpeteo volvió: con un dedo alguien estaba tocando repetidas veces en el cruce entre sus cejas y su nariz. Poco a poco volvió a escuchar.

–¿Cómo te sientes?

La rareza del momento, la confusión y la falta de memoria sólo lo dejaron responder:

–Raro.

Volvía a ver, borroso aún. Logró ver a una señorita parada ante él. Era un hospital. Una vez recuperados todos los sentidos, se sentó en la mesa y se recorrió a sí mismo con la mirada un par de veces. Tenía los brazos vendados, traía puesta una bata de hospital y le ardía la cara.

–¿Qué pasó?

–No lo sé, a mí sólo me asignan un paciente y lo atiendo. Sanaste increíblemente rápido. Estabas lleno de quemaduras. ¿Qué te pasó?

–¿Alguien pago por mi atención y estancia? – preguntó desconcertado.

–Es un hospital, la atención es gratuita– respondió la enfermera como si un hospital gratuito fuera algo normal. –Bueno, ahora sí iré por el doctor…

–No, gracias. No hace falta, ya me voy– interrumpió.

–Debe quedarse aquí hasta que lo demos de alta. ¿Cuál es su nombre?

–¿Me podría traer algo de comida? – dijo, para sacar a la enfermera de la habitación.

Una vez que la enfermera estaba afuera, se levantó de la cama y tomó una bolsa que parecía tener sus pertenencias (sólo algo de ropa). Salió por la puerta y se escabulló hacia los baños más próximos. Sacó la ropa de la bolsa. Tenía agujeros por todas partes. Era lo mejor que tenía, así que se vistió y abandonó el hospital.

Salió del hospital, miró a su alrededor. No era una ciudad como él la conocía. Vagó por las calles casi vacías. Sabía que las cosas no eran como él las conocía. Per0, ¿qué era lo que conocía? No tenía recuerdos. Atraía la mirada de las pocas personas que caminaban por el lugar. Su ropa raída y el cuerpo lleno de cicatrices de quemaduras no parecía ser algo que la gente viera con regularidad en una persona cualquiera. Era de noche y el frío comenzaba a ocupar sus nervios. La gente caminaba tranquila, sin preocupación. En las personas había un aire de tristeza, al mismo tiempo que había uno de comodidad. Esta corriente mezclada, junto con la falta de preocupación, le extrañó muchísimo. De pronto, su pensamiento se nubló y empezó a ver imágenes en su cabeza, recuerdos, otro lugar y otro tiempo, como si hubiera llevado una vida, aunque para él, ésta había comenzado hace unas horas. 

Siguió vagando entre las calles. Ya casi no se veía a nadie, las luces se apagaban. Llegó a lo que parecía un parque. Pasó la noche en una pequeña depresión entre unos grandes arbustos, de modo que nadie lo viera. Entre toda la confusión, él sabía que vivía en otro mundo; no sabía de donde provenía, no sabía qué estaba pasando. Ni siquiera sabía cuál era su nombre. Se acostó en la pequeña depresión, que estaba seca pero fría. En cuanto cerró el ojo se sumió en un profundo sueño; otra vez recuerdos, continuos, podía sentir y oler todo. Pasó la mitad de su vida anterior durante un sueño, que acababa en aquel destello blanco. Ahora sabía su nombre: Emerson.

A la mañana siguiente despertó húmedo por el rocío de la mañana, temblando de frío y con la cara roja. Se puso en marcha. No tenía dirección. Tantas dudas giraban en su cabeza mientras caminaba entre aquel solitario parque. Se preguntaba qué debía hacer. “Tengo una vida que no conozco y conozco una vida que no tengo”, pensó. Los nombres, caras, sonidos e incluso olores, daban vueltas detrás de su mente y todo aquello que vio en su sueño se repetía hasta ese instante… el destello de luz blanco. Mientras andaba sobre un camino gris y erosionado, tropezó con una roca. Al caer al suelo perdió la conciencia, una vez más su pensamiento se nubló: ahora no veía nada más que un fondo blanco. Poco a poco volvió a ver imágenes, más recuerdos, uno tras otro. Y de nuevo el destello. Una voz ajena lo sacó de su estanque.

–¿Se encuentra bien? ¿Qué le pasó? ¿Qué hace aquí a esta hora? ¿Cómo entró? Se supone que cerramos el parque cada noche –dijo la voz masculina.

Dirigió su mirada hacia el hombre. Era un adulto, alrededor de unos cincuenta años. Tenía una barba mal rasurada y un bigote que sobresalía de su cara. Venía vestido con un overol viejo y gastado, unas botas negras y un chaleco.

–Eh… sí, perdón por eso. Me quedé aquí adentro anoche… por accidente – respondió un poco dudoso.

–Claro. ¿Lo acompaño afuera? –en su expresión se podía ver que claramente no le creía.

–¿Me está tomando por un indigente?

–No, no, claro que no, es sólo que…

Rápidamente caminó, ignorando todo lo que el señor le decía. No se tomó el tiempo ni de escuchar las palabras, no distinguió ni una sola.

Al salir del parque se percató de que llevaba algo en su bolsillo: una billetera. Las tarjetas de identificación estaban totalmente quemadas, al igual que algunos billetes, bastantes. Rescató unos cuantos y logró juntar $670. No sabía si en este mundo el dinero sería aceptado, pero debía intentar siquiera.

En la esquina oyó las quejas de un adulto mayor. Por la distancia no oía más que gritos. La calle estaba sola y el único local abierto era aquella refaccionaria en la que el señor discutía con un empleado. No tardó en llegar a la escena.

–Vamos, solo es cuestión de pasar la tarjeta, se maneja por una división de gobierno. ¿Me va a decir que serví al ejército por veinte años y ahora estos beneficios ya no aplican? – exclamaba rabioso el anciano.

–Yo se lo pago, claro, si siguen vigentes estos billetes– interrumpió en la discusión mientras extendía la mano con los billetes.

–Claro que siguen vigentes. ¿Cuándo naciste niño? ¿Ayer? – respondió sarcásticamente el empleado mientras tomaba dos de los billetes: –Aquí tiene.

–Gracias, chico. Déjame invitarte un poco de café, mi casa está cerca.

–Pero…

El anciano lo tomó del hombro y lo llevó caminando de su lado por varias calles. Durante el trayecto, el viejo no paraba de contar anécdotas recientes y hacer preguntas retóricas. Siempre que iba a empezar otra, tomaba como referencia temporal su regreso del ejército, iniciando con un “cuando volví de la guerra…” Abrumado por la rapidez del anciano (en todos los aspectos) y con todo lo que contaba, Emerson se sentía cada vez más perdido. “Es un mundo diferente”, pensaba. Pero lo que contaba el viejo comenzaba a darle curiosidad. ¿Por qué todas sus historias (por más aburridas que fueran) iniciaban a partir de que “él regresó de la guerra”? ¿Por qué no hablaba de antes o durante la “guerra”? Cuando llegaron a la casa del anciano se detuvo en seco, perdió todo sentido y, una vez más, recuerdos volaban por su mente, uno tras otro, llevándole emociones que no recordaba haber sentido antes. El anciano no reaccionó frente a la repentina pérdida de conciencia y sólo dijo: “me pasaba lo mismo hace unos años”. La curiosidad aumentó. Se percató de que el anciano no reparaba en su aspecto andrajoso. Mientras el anciano lo sentaba y traía café y pan, la curiosidad y el hambre lo devoraban por dentro, hasta que se atrevió a preguntar:

–Disculpe señor, pero ¿por qué no habla de lo que pasó durante y antes de la guerra?

El anciano suspiró:

–Mira, chico, hace algunos años, yo estaba como tú: había aparecido de la nada, con el mismo aspecto que tú. Hasta la fecha aún tengo recuerdos de una vida que no tuve. Cuando llegué, no reconocí este mundo. Pero me adapté a él. Todo es más rápido, algo triste pero cómodo. En este “nuevo mundo” no tenía nada qué ganar o perder, así que fui a la guerra… Veinte años de sufrimiento y ver cómo los seres humanos eran destrozados entre sí, pero a mí me daba igual. Un día conocí a un hombre allá. Decía que él había “reiniciado”. Solía decir “la vida es una computadora, y este mundo un proceso. ¿Y qué se hace cuando no se realiza un proceso bien? Se reinicia, para completar la cadena adecuadamente”. Ese hombre estaba demente, nunca le creímos. No di importancia a lo que dijo, pero me dejó pensando. Después de todo, él era el único que conocía el mundo como yo lo conocía, no como es hoy. Ahora estamos en un mundo al que no conocemos, apresurado, donde podemos tener una conversación como si tuviéramos veinte años de conocernos, cuando sólo han pasado cinco minutos. ¿Buscas respuestas? ¡Aquí no hay!

El chico aún procesaba. Desde que apareció no buscaba más que respuestas. Sentía que había pasado una eternidad, pero sólo habían sido veinte horas y demasiadas coincidencias.

Afuera, a lo lejos, comenzó a crecer una luz que avanzaba hacia ellos. Otra vez se sentía como en aquel destello que alguna vez vivieron ambos. El calor aumentó y la gente gritaba por las calles. Mientras desaparecían los edificios, la mente de ambos se quedó en blanco, hasta que la luz los alcanzó.

Una vez más, el mundo iniciaba.

***
Amaury Córdova Flores
es estudiante. Sus áreas de interés son la música, la literatura y la ciencia.

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