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08:39h. Miércoles, 26 de Septiembre de 2018

Caricias

Ralf Ortiz

Sparks, Angst in my pants, portada
Sparks, Angst in my pants, portada

El rock‘n’roll no da caricias.
Mike Malandrix

Alguna vez escuché que nada bueno sucede después de las dos de la mañana. Por suerte, era la una.

Ahí estábamos los cuatro, sentados en una lavandería, todos sonrientes. El ritmo lo marcaban un par de lavadoras y secadoras. Una hora antes de eso, los cuatro bailábamos en un remolino de gente. Normalmente no recordaría qué carajos llevaba puesto hace días, menos en alguna noche en 1982 en Los Ángeles. Pero esa noche vestía una camisa blanca, una corbata negra de una pulgada con patrón de piano, un pantalón de mezclilla con dibujos en los muslos que yo mismo había hecho cuando me aburría (#DoodlingAgainstAnxiety), unos tenis Nike blancos con la “paloma” azul y unos futurísticos lentes de plástico. Traía también un saco color miel, pero ese decidí dejarlo en la camioneta para que no se arrugara. “Dandi entre basura”, dice Don E.

En 1982, Sparks sacó un disco llamado Angst in My Pants. Ellos no eran una banda nueva: eran veteranos del rock. En KROQ, estación punk/new wave/ post-punk, regalaron boletos para una presentación sorpresa en su paso por Los Ángeles. Contesté una pregunta por teléfono y me gané cuatro boletos. El día del evento fui con mis amigos Alex, Mickey y Chris.

Creo que fue Chris quien vio la lavandería, y en sí la solución a mi dilema. Hay muchas de esas por todo el país. Las lavanderías automáticas son la salvación de todos aquellos que no tienen lavadora o secadora. Con 25 centavos lavabas una carga de ropa. Por otros 25, la secabas. A esas horas sólo estábamos nosotros cuatro y un par de personas más que leían mientras esperaban. No dudo que nuestras risas y comentarios les hayan resultado inmaduros. En nuestra defensa, tenían unos 17 años de edad; yo 18, pronto 19. A esa edad los vatos somos material de zoológico.

Sparks es una de esas bandas justo como me gustan a mí: raras. Los hermanos Mael de plano no encajan en muchos lugares, ¡apenas y encajan en el rock! Uno de ellos guarda un cierto parecido a Hitler. Eso no le sienta bien a nadie, ni al mismo Adolfo. Afortunadamente no es de ninguna manera parecido al infame ese. En la portada de Angst in My Pants, aparecen uno de traje brillante y el otro vestido de novia. Una chulada de portada, una maravilla.

Llegamos y nos dimos cuenta que ninguno de quienes asistíamos habíamos pagado, pues Sparks y KROQ regalaron la presentación. Un aglomerado de saldos sociales se reunió –nos reunimos– a escuchar canciones llamadas “Mickey Mouse”, “Nicotina”, “Sextown USA”, y las otras joyas de este disco. Como he dicho muchas veces, era un disco bien redondito. Ahora está muy de moda que las bandas salgan de gira para tocar todo un disco de principio a fin. Sparks estaba ahí para tocar Angst in My Pants. No recuerdo si las tocaron en el orden que están en el disco. Me acuerdo que todos cantábamos en coro “I Predict”.

En el mosh pit (no se le llamaba así antes) la energía iba de subida, brincábamos agitando la cabeza. Nos salpicábamos de sudor todos, intercambiando superficialmente muestras de ADN. Claro que sí es una cosa violenta, pero no hay que ser azotados y asustarse, menos. No hay agresión, no es un pleito. Me imagino que así es un hervidero de pirañas: todas devoran (música en este caso), pero sin comerse entre sí. Te limpias el sudor de la cara con el brazo. Casi nadie se cae, pero si se cae le ayudas a levantarse. No te puedes preocupar de que alguien pise tus tenis blancos. Ente las luces de estrobo, la oscuridad intermitente, el baile en cámara lenta, los brincos y los choques entre las pirañas inofensivas, no te das cuenta de muchas cosas.

Sparks se despidió con “Tarzan and Jane”. Esa se me hace más funky que furiosa. Ya con las luces encendidas, me di cuenta que mis lentes no habían sobrevivido. Y no sabía cuándo fue que se rompieron. Había manchas de sangre en mi camisa blanca y un par de gotas en uno de mis tenis (hay quien le dice “el teni” porque sólo es uno). Todos queríamos más, sangre o no, yo también pedía que el dúo no dejara el escenario. Obviamente se fueron, ya nos habían regalado ese “concierto” (me niego a decir “toquín”). Me preguntaba quién me había manchado de sangre, porque aún estaba fresca. Alex me dijo que era mi sangre. En la licuadora del ritmo, alguien con una de esas pulseras de picos y estoperoles (quiero creer) me dio un golpe en la mejilla izquierda. Nunca lo sentí. En la puerta me pusieron unas de esas venditas blancas triangulares. No tengo marcas de acné, pero esa cicatriz sí se puede ver aun… tantos años después.

No podía llegar a la casa con la camisa ensangrentada. Justo antes de salir, mi padre, siempre fue un señor formal y bien vestido, un verdadero dandi, me vio. Respiró profundamente en busca de paciencia y comprensión.

-Rafael, he visto rateros mejor vestidos que tú. ¿Qué fachas son esas?

-Afortunadamente no voy a delinquir, jefe. Voy a un concierto con mis amigos.

-¿A un concierto de pandilleros?

-No, jefe. A un concierto de rock.

-Pues es lo mismo. No me digas jefe. Soy tu padre, y tú no eres Tin Tan.

-Sí, jefe.

No quería que pensara que el drama en mi camisa era culpa de mis amigos o consecuencia de alguna actividad nefasta. Metimos todas nuestras camisas a una lavadora. Le pedimos jabón a una de las damas ahí presentes. Le pusimos 25 centavos. La chava que nos dio el jabón me dijo que enjuagara mi camisa con agua fría antes de lavarla para que saliera mejor la mancha de sangre. Mi camisa era la única con sangre. La única que era necesario limpiar, pero cuando hay que lavar una camisa, los amigos de verdad lavan la suyas en la misma carga. ¡Eso se llama solidaridad, lealtad, amistad, carajo! El teni lo limpié con un calcetín que alguien abandonó en una secadora, como un soldado agonizante dejado atrás, en territorio enemigo, sin posibilidad de regresar a casa. Ese calcetín fue un héroe que vivió un momento de gloría antes de ser lanzado al bote de la basura, humedecido y con los residuos de la sangre de los Nike. Nos pusimos nuestras camisas calientes de la secadora y nos fuimos manejando a casa. Los cuatro en la cabina de una Ford 150 del 68.

El saco color miel no sufrió daño alguno. Ni fue mancillado. Hay un código dandi que me heredó mi padre. El saco no se mancha, no se arruga, no se arremanga. En las noches cuando baja la temperatura, te lo quitas y lo pones sobre los hombros de la dama que te acompaña. Si te vas a dar de golpes, te lo quitas y lo doblas con cuidado sobre el respaldo de una silla. Soy punk, pero el código lo aprendí del Duende, dandi de las grandes ligas, bailador, vago y peleonero. Una voz en mi cabeza dice “Ey, pá’, fuiste pachuco. También te regañaban. Ey, pá’, bailabas mambo, tienes que recordarlo”, pero la Maldita llegó como diez años después de ese incidente.

-¿Qué demonios te pasó en la cara? ¿Te peleaste a navajazos con algún otro vago?

-No, jefe. ¿Cómo crees?

-¿Te rompieron una botella en la cara?

-Jefe, me pegué en la puerta de la camioneta de Alex. Me distrajo una chava muy guapa.

-Dirás por güey.

-También por eso, jefe.

-No me digas jefe. Soy tu padre, y tú no eres de Tepito.

-Sí, jefe.

***
Rafael Ortiz Aguirre
 (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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