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18:01h. Viernes, 22 de Junio de 2018

Gerardo de la Torre cumple ochenta años

Jesús Nieto

Gerardo de la Torre cumple ochenta años
Gerardo de la Torre cumple ochenta años

En los primeros meses de 1938, las tensiones entre trabajadores y patrones enrarecieron el ambiente de la refinería El Águila, en Minatitlán. Se auguraba inestabilidad, lo que llevó a la señora Alicia Morales a parir a su primogénito y pasar el posparto en la casa familiar en Oaxaca. El alumbramiento ocurrió el 15 de marzo; días más tarde el presidente Cárdenas nacionalizaría la industria petrolera. La vida de Gerardo, aquel niño, estará desde entonces marcada por los años que terminan en ocho.

Más tarde los De la Torre Morales se trasladaron a la Ciudad de México. A los quince, Gerardo entró a trabajar como obrero de Petróleos Mexicanos en la refinería de Azcapotzalco. En las marchas del movimiento de 1958, el muchacho, aficionado desde la infancia al béisbol, participa en las confrontaciones callejeras y tira buenos pitches con piedras a los granaderos. Al año siguiente, el del triunfo de la revolución en Cuba, Gerardo se inicia en la militancia del Partido Comunista, entonces clandestino. En 1968, en medio de la movilización estudiantil, un grupo de trabajadores de la refinería asiste a mítines y marchas, ahora a escondidas de los líderes del sindicato. Lo dicho: los años ocho. Una vida revolucionaria.

Estas y otras anécdotas conforman parte del material de los libros de Gerardo De La Torre Morales. Desde muy joven le dio por leer de forma compulsiva y, lógica y eventualmente, se aficionó a la escritura. Tanto que participó en el taller literario de Juan José Arreola e ingresó como becario al Centro Mexicano de Escritores.

De Gerardo lo he leído casi todo: novelas, cuentos, crónicas y hasta poemas revolucionarios. A su lado he cultivado el gusto por la obra de Revueltas, he conocido mejor a Hemingway, he aprendido acerca de distintas perspectivas de la novela. Hemos recitado juntos a Vallejo, López Velarde y García Lorca. También me ha invitado a descubrir autores cuya existencia ni sospechaba.

De la Torre fue mi maestro de narrativa en la Escuela de Escritores de la SOGEM y luego escribí mi tesis de licenciatura en Sociología con base en su historia de vida y analicé un cuento suyo, “El vengador”, que me sigue pareciendo perturbador en su contenido, fresco e ingenioso en su forma. También hemos compartido tertulias, hemos bebido infinidad de copas de vino, lo he hecho reír imitándolo y me ha hecho llorar con canciones de desamor para echarle sal a heridas abiertas. Decir que ha sido mi mentor, mi padrino o mi maestro, expresa parcialmente lo que ha significado nuestra amistad. Nos vemos menos de lo que me gustaría, en el tráfago de esta ciudad en la que lo difícil es coincidir, aunque cada cuando nos llamamos por teléfono para ponernos al día.  

Cualquier pretexto es bueno para recomendar su lectura, y sus ochenta años no son la excepción. Próximamente aparecerá en librerías una antología de cuentos, algunos ya clásicos y otros inéditos. De la Torre es un cuentista de fina manufactura que ha cultivado el género con pasión y disciplina. Además, ha sido maestro de muchos narradores. Desde ya celebro la iniciativa de hacer una edición para conmemorar su octogésimo aniversario y sus cincuenta años en el oficio literario. Un recorrido por su camino en la narrativa breve se antoja emocionante pues, aunque hay temas recurrentes, De la Torre es un autor que está siempre en búsqueda de formas para construir sus historias.

De entre sus novelas, Muertes de Aurora (1980) es la que más me ha impresionado y la que recomiendo como una lectura indispensable para dimensionar los hallazgos de la narrativa mexicana del siglo XX. El contexto del movimiento social del verano de 1968 adquiere una perspectiva única al presentar como protagonistas a un grupo de petroleros de la refinería de Azcapotzalco que deciden unirse a los estudiantes para salir a la calle a protestar por las injusticias del gobierno mexicano. Novela oscura, de raigambre realista, en sus páginas fluye una prosa inteligente y cuidada que retrata con verdad y crudeza algunas de las contradicciones de este país que tanto nos duele y tanto nos fascina. El personaje principal, Jesús de la Cruz, antiguo trabajador de la refinería, es un alcohólico sumido en su enfermedad que bien puede interpretarse como un símbolo de la decadencia generalizada.

Destaco también la más experimental de sus novelas, Los muchachos locos de aquel verano (1992), que le valió el Premio Nacional de Literatura José Rubén Romero. Aquí, el narrador juega con los tiempos de una forma inusitada ofreciendo al lector un conjunto de historias entrelazadas que se presentan en un formato que es un homenaje deliberado al cine. De un párrafo a otro saltamos de escena con distancia temporal y espacial. Memoria de las épicas de juventud, la tónica de la novela bien puede sintetizarse en una frase de Ettore Scola: “Queríamos cambiar el mundo y el mundo nos cambió a nosotros”.

Aunque no todas las novelas de Gerardo son autobiográficas o autorreferenciales, es una veta que ha explorado a fondo y que plantea un ejercicio de diálogo con el recuerdo. Como algunos de sus referentes podría pensarse en Juan Marsé o Jorge Semprún. En otras de sus novelas, De La Torre se ha acercado al género policial, la comedia, la sátira, la novela histórica.

Quienes han asistido a sus clases saben que rehúye al uso de la primera persona y la conjugación en presente. Alienta, en cambio, a escribir una prosa directa y tramas cotidianas e ingeniosas. Siempre insiste en que la perseverancia vale más que el talento y el ejemplo es su propio compromiso disciplinado con el oficio de la escritura. Ha escrito guiones televisivos y libretos de cine, novelas gráficas, biografías; además ha traducido, corregido (y/o reescrito) cientos de páginas de toda clase de textos.

Le debo muchas lecciones a Gerardo, de la literatura y de la vida. De entre todo, creo que lo que más le agradezco es invitarme a poner atención a la poesía. Quizás porque como lector de poemas puede sentirse más libre de nadar en el mar del idioma, cuando habla de los poetas, cuando recita de memoria o evoca versos, se regodea en el disfrute de la cadencia, en la pasión por la lengua en tanto artefacto poderoso de la imaginación. Me gusta pensar que en algún sentido eso se lo debe en parte a Juan José Arreola, de quien si bien se alejó por mucho, en los temas de sus relatos aprendió la paciencia y el amor por las palabras, el ser “un orfebre del lenguaje”.

El próximo 13 de marzo a las 7:00 de la tarde en la sala Manuel M. Ponce, como una actividad especial del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, se ha convocado a una charla de Gerardo de la Torre con sus amigos y colegas de la literatura, el periodismo y el cine: Silvia Molina, Humberto Musacchio y Felipe Cazals. Están todos invitados al festejo. Queremos tanto a Ge Te.

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Jesús Nieto
es originario de Salamanca, Guanajuato. Estudió sociología en la UNAM, el diplomado en Creación Literaria en la SOGEM y es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona. Se dedica a la docencia, la investigación y la escritura.

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