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GUÍA DE LECTURA

Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig

Jaime Panqueva

Stefan Zweig
Stefan Zweig
Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig

Stefan Zweig es conocido por la mayor parte de los lectores como escritor de biografías, también por relatar de forma extraordinaria eventos históricos. Vale la pena recordar Fouché, Momentos estelares de la humanidad o El mundo de ayer, como algunos de sus textos más populares.

Cayó en mis manos esta semana la nouvelle Los ojos del hermano eterno, escrita en 1922, y traducida y editada desde el 2002 en la serie Quaderns crema de la editorial Acantilado. Desconozco el tamaño de cada tiraje, pero no sobra apuntar que se reimprimió por décima vez el año pasado. Zweig remonta los milenios para situar esta fábula en la India antes del advenimiento de Buda. Su protagonista, Virata, gran sabio de su tiempo y personaje principal de un antiguo reino, desea evitar la culpa que conlleva su trabajo. La revelación no llega, como en el caso del guerrero Aryuna, a través de la revelación divina, sino por medio de las penurias que sufre como guerrero, juez y anacoreta. Tras haber recibido los más altos títulos de virtud, Virata descubre que no actuar y retirarse del mundo no le libra de la condenación. “Sólo es libre el que sirve, que ofrece su voluntad a otros y emplea sus fuerzas en una obra, sin hacer preguntas. Sólo la mitad de la acción es nuestra: el principio y el final, la causa y el efecto, pertenecen a los dioses.” Y pide a su gobernante: “Líbrame de mi voluntad, porque querer es confusión y servir es sabiduría...” Mientras Aryuna encuentra el camino a través del dharma, sembrando de cadáveres el campo de batalla, Virata persigue otra senda a costa de que su nombre no aparezca “inscrito en las crónicas de los soberanos ni consignado en los libros de los sabios.”

Zweig, quizás influido por la poesía y el pensamiento de Tagore, que había recibido el premio Nobel años antes, despliega su maestría narrativa en esta historia, cuya vigencia perdura casi un siglo después en la sociedad del rendimiento hiperindividualizado, donde el término servir está impregnado de un carácter exclusivamente comercial.

El austriaco, veinte años después de publicar este título y al pensar que los nazis ganarían la guerra y dominarían el mundo, llevó a cabo una última acción definitiva: se quitó la vida al consumir voluntariamente una dosis letal de Veronal.

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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