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03:14h. Viernes, 19 de Octubre de 2018

Irme es siempre volver

Paulina Quintana

Foto, María Gómez Bulle
Foto, María Gómez Bulle

 

El cuarto de baño tiene cuatro sumideros: los del lavabo, la ducha, el bidé y el retrete. Es un lugar de desaparición, de ocultamiento, de fuga. Simbólico, pero que marca. Es un lugar de huída de conflictos, como las broncas de pareja, porque es el lugar donde el otro no va a entrar; es el auténtico refugio, el no pasarán. Nos refugiamos ahí porque sería muy escandaloso que alguien entrara.
Manuel Hidalgo Ruiz

Preparé todo; ella entró y salió cuatro veces, la noté algo nerviosa, primero fue por su chanclas, después para traer el jabón y el shampoo que celosamente guarda en su clóset, regresó también por ropa interior y al final por la ropa limpia para cambiarse, yo terminaba de llenar la tina porque dijo, no le gusta usar la regadera… después de desayunar juntas, de hablar de todo y nada, el calentandor estaba dispuesto, la toalla colgada en el perchero, la tina llena de agua caliente con su jícara y una silla de plástico que dispuse para que cuando se sentara quedáramos de frente, pero que ella volteó hacia las llaves de la regadera dándome la espalda, se quitó la ropa y subió su fondo de la cintura al pecho, esa prenda interior color beige que usan las mamás-abuela como la mía, para que el pudor resguarde el mínimo dejo de transparencia. La mojé poco a poco pero se quejó de que el agua estaba muy caliente, le grité a mi hermana que rápido me pasara una cubeta de agua al tiempo, mientras ella de espaldas me decía: "A lo que no espera llegar una, llega". Sonreí y me cercioré de decirle con voz pausada y firme: "Disfrútelo que a mí me gusta hacerlo, así como usted me bañaba a mí, ¿Se acuerda?"; no recuerdo cuándo fue la última vez que me invadió la ternura así, tal vez en algunos momentos cuando abrigué en brazos a mis hijos, pero no, porque era una ternura distinta, una que no había sentido nunca, fue una epifanía, esta mujer con la que tuve tantos desencuentros, que fue tan cruel conmigo algunas veces, me estaba provocando esto, fuerte y conmovedor; mientras templaba el agua, la humedad y la temperatura me salieron por los ojos mientras ella decía: "Tállame fuerte la espalda"… y entonces me recordé bañándome y tallándome igual, deseando tener la elasticidad necesaria en los brazos para alcanzar a lavarme bien, como si caminara con ella, como si estuviera expuesta siempre … me burlé de mí y miré su espalda blanca, la olí sin que se diera cuenta, no le escurría mugre, ni mucho menos olía mal, olía a mamá enjabonada, pero la tallé bien, fuerte, como me lo pedía, era mucha agua en la tina pero ella decía que era poca, que no le alcanzaría, yo le respondía no sé qué tantas cosas casi en automático, pero trataba de que mis respuestas la hicieran sentir cómoda y segura. Perdí la cuenta de cuántas veces me pidió que tallara su cabello, para ella tallar y lavar son acciones distintas, y cuando finalmente se puso de pie y frente a mí le brillaban los ojos; esos días anteriores en cama la tenían triste y desganada, "no saben ni se ven bien", dijo, finalmente la vi de frente y pude admirar veladamente su cuerpo tímido antes de pasarle la toalla, con la que se tapó hasta la cabeza para bajarse el fondo mojado. Se vistió y salió sonriente para sentarse a la orilla de la cama, seguía el ritual de untarse crema en los pies y las piernas, así como hago todas las noches antes de dormir.

Irme es siempre volver.

Marzo 21 de 2018.

 

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