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09:12h. Viernes, 20 de Abril de 2018

FUMADORES [XIII]

J. D. Salinger

José Luis Justes Amador

J.D. Salinger
J.D. Salinger

La fotografía, de autor desconocido, está tomada en Nueva York en 1952. Hace apenas un año que Jerome David Salinger ha publicado su única novela, “The Catcher in the Rye” (“El guardián entre el centeno” o, según la traducción argentina “El cazador solitario”). Esa es la novela que tiene abierta frente a él en la mesa. Faltan todavía trece años para que decida alejarse del mundanal ruido y dedicarse a escribir (¿cuántas obras suyas faltarán por ver la luz?) hasta su muerte en 2010.

La fotografía, a pesar de su horror por los “phonies”, se nota falsa. El telón negro de fondo habla de un estudio de fotografía. Su mirada está en el libro pero cualquier espectador puede deducir fácilmente que no lo está leyendo. El libro está casi perfectamente abierto a la mitad. Todo parece indicar que es una fotografía de encargo. Probablemente de la editorial para uno de sus autores estrella.

Y sin embargo podemos saber, sabemos, que el escritor está pensando en algo. No podemos imaginarnos a Salinger con su mente en blanco. No puede estar pensando en todas las adolescentes y jóvenes que sabrán que ellas son Franny. Ni en todos aquellos, también adolescentes y jóvenes, que abrirán por millones su obra maestra para descubrir que ellos son Holden Caulfield. Y menos aún, porque ni siquiera puede imaginarlo, en los cientos y cientos de veces que su nombre o su obra será invocada en otros libros (incluida la inédita continuación escrita por un autor nórdico), en películas (de Woody Allen a Stanley Kubrick), en series animadas (de los Simpson a South Park) y reales (de, por supuesto, Gilmore Girls a Criminal Minds).

Tal vez esté pensando, mientras aguanta el martirio de la sesión fotográfica, en una canción que no puede sacarse de la cabeza. Su único consuelo puede que sea el cigarrillo que está fumando. Y es el cigarrillo el que le recuerda la canción, “Smoke gets in your eyes”, la canción que Holden escucha saliendo del carrusel mientras observa la felicidad de Phoebe dando vueltas y más vueltas como si el mundo le fuera ajeno.

El escritor fuma mientras espera. Fuma en una época en la que hasta los doctores recomendaban como terapéutico el tabaco. Fuma como la primera vez que vio a Oona O’Neill. Fuma como lo hará, aunque él aun no la conoce, en su primera cita con Joyce Maynard. Fuma como lo hacen la mayoría de sus personajes, incluso menores de edad, mientras intentan sobrevivir a eso que llamamos vida. Fuma y no se molesta en ni siquiera disimular que está leyendo su libro.

Salinger, encerrado en su propio mundo, el de Holden y el de la familia Glass, pone una mano en su cuello, entre el cuello de la camisa y su propio cuello, como si estuviera quejándose del calor o como defendiéndose. Es imposible saberlo.

Tan imposible como saber lo que significa el humo que sale de su cigarrillo, de su cabeza. Tan imposible como saber cuánto escribió que aún nos falta por leer.

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