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19:08h. Viernes, 20 de Julio de 2018

Ir de museos en tiempos electorales

Gabriela Mosqueda

Quienes hemos trabajado en cualquiera de las áreas de la Cultura –en toda la amplitud de su definición- siempre hemos sabido que somos los últimos en la lista de pendientes presupuestales y promesas vacías de los candidatos a puestos de elección popular. Quiero aprovechar el momento político para escribir de algo que también tiene que ver con ir de museos y visitar exposiciones, pero desde otro ángulo.

Hace ya algunos meses que le doy vueltas a varias preguntas muy densas de la política mexicana porque me molestan y me afectan: ¿Cómo carajos es que la corrupción llegó hasta donde llegó? ¿Cómo es que aunque lo vemos y nos enoja, no somos capaces o no tenemos el conocimiento suficiente o los canales adecuados para hacer algo?

Fui transfiriendo en pequeñas y cómodas parcialidades estas dudas gigantescas a personas conocidas, a amigos, a extraños, a conductores de Uber y a familiares, a modo de preguntas capciosas: "Si en algún momento alguien te propusiera hacer algo que sabes que está mal; quizá hacerte el ciego o poner un sello donde no debería de ir, a cambio de una buena cantidad de dinero, ¿lo harías?" La respuesta fue, casi invariablemente, sí. La llegué a escuchar inclusive con el tono con el que se responde a alguien que ha preguntado una estupidez. . Prácticamente sin dudarlo.

¿Es que todos somos susceptibles a la corrupción? En un país tan desigual parece que sí, y visto que para muchos es el único modo de alcanzar la riqueza o un mediano grado de bienestar, la corrupción ha llegado a volverse aspiracional, lo que equivale a que hacer las cosas bien sea de tontos.

Se podría argumentar que estas reflexiones que me atormentan no tienen nada que ver con la cultura, pero sí que lo tienen. Todo tiene que ver con ella en un país al que se le dedica tan poco tiempo, presupuesto y atención; donde las instituciones de cultura están controladas casi en su totalidad por el Estado, centralizadas en la Ciudad de México y donde, pese al halo de bondad que suele blanquear los proyectos culturales, también hay corrupción, amiguismos e innumerables trabas burocráticas.

Quienes dedicamos nuestra vida a ello parece que trabajamos desde una torre de marfil, pero les puedo decir con certeza que los sueldos son peores que los de muchos profesionistas medios y que nunca hay suficiencia, espacio o modo de hacer casi nada. ¿Cómo se espera cambiar las aspiraciones de una sociedad, fomentar en ella valores que no tengan que ver con el dinero y el modo turbio de conseguirlo si no hay otro panorama, si no hay espacio para otras reflexiones?

Como colofón sirva decir con claridad que en tiempos electorales cualquier candidato que venga a prometer que va a acabar con la corrupción, miente flagrantemente. Casi todos los candidatos han vivido una vida de privilegios gubernamentales o políticos que los alejan de la realidad popular en la muchos aceptarían dinero corrupto si aquello significa pellizcarle al presupuesto público un poco de lo que se paga de impuestos y si ese dinero se puede dedicar a subsanar las muchas carencias que casi todos tenemos.

Es comprensible que en el país haya temas de mayor urgencia que la próxima exposición o el siguiente programa de becas artísticas. Es comprensible pero no debería ser aceptado, porque la cultura es una de las pocas herramientas que tenemos contra la corrupción, contra el hartazgo, contra la violencia.

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Gabriela Mosqueda
(León, Guanajuato, 1986) es licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana León con Maestría en Museología y Gestión de Exposiciones por el Instituto Superior de Arte de Madrid, España. Ha colaborado en museos estatales y federales, galerías y colecciones privadas, así como publicaciones de arte, diseño y cultura en Guanajuato y la Ciudad de México, donde actualmente vive y trabaja.

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