Buscar
01:43h. Viernes, 20 de Abril de 2018

Así de golpe

Chema Rosas

Daniel Santos, Delirio, portada del disco
Daniel Santos, Delirio, portada del disco

Eran las dos de la tarde con cinco minutos. Miraba el reloj cada diez segundos con la esperanza de poder detener el segundero con el uso de mi fuerza de voluntad y algo de suerte, pero la manecilla larga seguía avanzando sin importarle mi silenciosa súplica.

Dos de la tarde con siete minutos: Frente a mí la maestra balbuceaba cosas respecto a la importancia de anotar la tarea en el diario y de cómo nuestro futuro profesional dependía de que supiéramos llevar adecuadamente una agenda de tareas, pero era imposible ponerle atención. El espacio que antes era mi estómago había sido sustituido por un hueco vacío, que succionaba toda la luz y esperanza de mi vida.

Dos de la tarde con nueve minutos:   El diario de tareas se manchó con una gota de agua, pero no estaba lloviendo. La humedad de mi cuerpo se había canalizado toda a la frente, dejando la boca seca y la sangre espesa. Mi corazón había sido reemplazado por un martillo hidráulico hecho de hule espuma.

Dos de la tarde con diez minutos: El timbre sonó como una sentencia de muerte. Los brazos eran fideos y las piernas de gelatina, pero logré ponerme de pie y agarrar mis cosas. Estaba en tercero de primaria y a punto de tener la primera pelea de mi vida.

No recuerdo por qué fue el pleito –probablemente por unos tazos, o falta de honor en un juego de canicas- pero sí recuerdo que fui yo el que retó al otro a encontrarnos a la hora de la salida para saldar el asunto “como los hombres”. Lo curioso es que, contrario a la mayoría de los casos de este tipo, no hubo presión social… no había sido humillado públicamente ni tenía que restaurar mi imagen ante nadie. Simplemente me había sentido agredido y respondí como creí correcto según las caricaturas y listo; ahora me encontraba en un jardín atrás de los baños –todas las escuelas tienen un coliseo por el estilo- a punto de agarrarme a golpes.

Por fin llegó mi contrincante, un tipo más alto que yo –lo cual desde entonces no era nada difícil- y más ancho –o sea, que era muy ancho- . Me tranquilizó ver que no venía acompañado y que tampoco había hecho publicidad del evento. Casi me sentí mal por privar a mis compañeros el morboso placer de presenciar la pelea del año. Casi. Pero ahí estaba yo,  al centro del jardín con mis brazos en guardia. Esperaba a que el otro se detuviera para quitarse la mochila, intercambiar un par de insultos ingeniosos y comenzar con la pelea, sin embargo él no lo hizo. Simplemente siguió caminando y cuando estuvo suficientemente cerca me propinó un puñetazo en la nariz que me dejó viendo estrellitas. Se fue tranquilo, como si hiciera eso todos los días después de clase de matemáticas. Ni si quiera se quitó la  mochila.

Ahora veo esa experiencia desde el retrovisor de este coche sin frenos que es la vida, me doy cuenta de que no recuerdo el nombre del niño camón que me atropelló aquella tarde escolar… pero le guardo un especial respeto por haber hecho lo que tenía que hacer sin burlarse o convertir mi triste humillación en un evento público, incluso después de haberme floreado la nariz. No tengo idea de por qué busqué el pleito aquella vez, ni de por qué acudí a la fatídica cita cuando no había presión de ningún tipo, pero mi yo adulto le compraría una cerveza mi yo de entonces para brindar en su honor… si eso no fuera imposible e inapropiado, considerando que estaba en tercero de primaria.

Me gustaría decir que desde ese día decidí no volver a perder una pelea, y que convencí a mi padre de que me inscribiera en una escuela de artes marciales, que así comenzó mi carrera como súper héroe y que desde entonces no he perdido una sola pelea… pero no es así.

La verdad es que ese día aprendí:

Que duele más un puñetazo que el deshonor de haber perdido un tazo.

Que las peleas en la realidad son muy distintas que en las caricaturas.

Que la boca puede saber a cobre

Que los que saben pelear no tienen tiempo para insultos ingeniosos… o tal vez no tienen ingenio para insultar y por eso prefieren los golpes.

Que no hay que retar a un niño que va en primaria y tiene bigote.

Que soy pésimo para los golpes.

Desde entonces cuando la actitud pacífica no es suficiente considero la posibilidad de una retirada táctica, pero en las ocasiones que me he visto acorralado nunca pasó de un par de empujones y mucho más adrenalina de la necesaria.  Como sea estoy convencido de que hay pocas cosas por las que vale la pena ir a los golpes con la intención de acabar con el otro… pero en cualquier caso, hay personas que tienen más talento y experiencia en el callejón de los puños.

Finalmente –y basado en eventos más recientes- creo que no hace falta ir por la vida buscando pleito pues los golpes tienen su propia forma de encontrarnos; tal vez para jodernos con que tenemos que poner más atención donde caminamos, para avisar que las mesas tienen esquinas y hay que usar zapatos o para informarnos que ese no era un buen momento para bajar la defensa. También me gusta pensar que llegan para recordarnos que es mejor recibir un pelotazo haciendo lo que nos gusta que recibirlo de todos modos pero sentados en la banca mientras los demás se divierten.

notengomeil@gmail.com

***
Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

[Ir a la portada de Tachas 252]