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19:20h. Viernes, 20 de Julio de 2018

Los ’chucos suaves bailan rumba

Ralf Ortiz

Los Lobos
Los Lobos

Te vas a arrepentir de todas las cumbias
que no bailaste por andar de rockercillo.

Visto en alguna pared

Tu camino te escogió temprano en la vida. No pudiste hacer nada al respecto. Tendrías unos dos o tres años cuando por primera vez escuchaste a los Beatles, luego a los Monkees, después a los Herman’s Hermits. A los tres años los chamacos escuchaban a Cri-Cri. Tú también, pero lo otro te llamaba más la atención. Además, ese señor, Gabilondo Soler, dictó sentencia contra todos los niños prietos como tú; mal hablados, como tú.

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Llegamos a casa como a las cuatro de la mañana. Era nuestra primera navidad ahí. Los de la calle de atrás habían cerrado la cuadra. Tenían un sonidero tocando cumbias. Por el ruido alegre de la gente supimos que las cumbias no estaban cerca de llegar a su fin. La tomé de la mano y caminamos al patio de la casa, y ahí bailamos unas cumbias. Esa navidad fue cuando llegó Rudy, aquel legendario VW Golf ‘92, a nuestras vidas. No era una noche fría. Vivimos en el semi-desierto y el invierno dura cosa de 18 horas. Entre la alegría navideña, la alegría tropical y el tronadero de cuetes (no son “cohetes”) bailamos ella y yo hasta casi las seis.

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El Duende no era pachuco. No lo era por varias razones. No era chicano, sus trajes no eran zoot suits y era un dandi chingón. Los jóvenes en ese entonces tenían un aire de pachucos más moderados. Había quien les llamaba Tarzanes por aquello del cabello con esa vaselina o Wild Root (pronunciado “güildrot” en México). A ellos les tocó una época musical muy diferente. Grandes bandas, pero no les decían bandotas. Los bailes con orquestas eran cosa de cada fin de semana. Y cada fin de semana El Duende, mi padre, salía a bailar.

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Cada día te fuiste haciendo más rockero y más rebelde. A tus padres no les gustaba “ese ruido” que llegó a ti a través de tus tías. A los nueve ya habías comprado tu primer LP. La verdad es que no entendías de qué carajos hablaban, pero te quedaba más que claro que se trataba de algo que los adultos no les parecía bien. Hasta inmoral se les hacía a unos. Creían que los Beatles eran unos greñudos. ¡Ja! ¡La que les esperaba! Tú seguías firme en tus gustos. El rock se te metió a la sangre, al ADN, a la saliva, a las hormonas. Y así fuiste descubriendo cosas más ruidosas, tipos más greñudos, nuevas formas de irritar a tus padres.

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Al siguiente año, llegamos a casa un poco más temprano de la cena familiar. Los cuetes no paraban. Vivíamos en un barrio cuetero, globero y bicicletero. Un cliché de película de Pedro Infante, pues. La casa estaba justo en la avenida principal del barrio, territorio neutral. De la avenida hacia el norte es territorio de Los Muertos; al sur, de Las Momias. San Juan de Guadalupe es uno de los siete barrios originales de San Luis. Hay un abolengo rancio, religioso y pandilleril que sigue fuerte hasta hoy. Una vez más, al ritmo del sonidero, bailamos en el patio bajo la luna de diciembre. Puras cumbias, rumbas y tropicales, nada de banda. Hasta incluyeron al Gran Silencio, la pura sabrosura.

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Ya era viernes, y El Duende no se iba a perder el baile. Chuchín, La Cuasia, Aurelio (quien casi fue mi tío) y mis padrinos Fernando y La Changa llegaron trajeados acompañados de damas bellas: mi madre, mi tía, mis madrinas. La orquesta sonaba perfecta. El Duende salió a la pista a darle al danzón, al swing, al boogie-woogie, a la rumba. Él y sus secuaces eran ’chucos suaves, vatos rudos, pero bailaban. Y no como en las películas musicales donde se subían el cuello de la chamarra en una pelea de baile entre Las Cobras y Las Serpientes. Estos vatos bailaban con traje, corbata, zapatos boleados, y sin soltar la mano de la dama. Y si había necesidad de poner a algún rufián en orden, se quitaban el saco y hacían lo correcto: le rompían su madre. No en bola. Uno por uno.

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Quién sabe dónde escuchaste que los rockeros no bailaban. El punk proporcionaba ese espacio de combate sin enemigos al que luego bautizaron como moshpit. Pero, eso sí, Black Sabbath no sonaba como algo que pudieras bailar. Afortunadamente, descubriste el funk. En la prepa esos cholos de Los Ángeles te enseñaron pasos lentos y suaves para bailar funk, rumba, sonora. No tenías la destreza para bailar mambo, pero te encantaba. No importaba que seas rockero: al mambo no se le hace el feo.

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Tras tres años de tradición cumbanchera, llegamos listos para nuestro ritual de año nuevo. Pusimos a enfriar una botella de champagne para beber a la hora de bailar. Metí al Rudy a la cochera como debe ser. Estábamos cansados, pero las cumbias sonaban a todo volumen. Estaba por tomarla de la mano y poner en marcha tradición familiar de bailar cumbias los dos en el patio. En eso escuchamos gritos y golpes justo afuera de la casa. “Los voy a matar a todos, perros”, gritaba alguien mientras unos diez tipos lo golpeaban contra la cortina de acero del vecino; a la novia la golpeaban unas damas contra la reja de la casa. Sé que no hay un protocolo de cómo proceder en estos casos, pero me late que ante esa desventaja no es buena estrategia decirles “perros, los voy a matar.” No bailamos y desde la ventana vimos lo que pronto sería una viñeta del barrio: festejos que terminaban con sirenas chillando y cholos corriendo. Después me enteré de que uno de los miembros de Las Momias fue a la fiesta organizada en el territorio de Los Muertos, bailó con la novia de un vato y, luego, lo apuñaló en el ojo. Esas tres acciones le ganaron la golpiza afuera de mi casa a él y a su dama. El carro de mi vecina, la cortina del negocio de al lado y mi reja parecían campo de batalla de las cruzadas.

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Otro fin de semana, otro baile. Esta vez en el Club de Leones. El Duende no se iba a perder bailar al ritmo de La Orquesta de Luis Alcaraz. Aurelio, el cuasi-tío, estaba ahí, pero para esta pieza, El Duende sacó a la tía Lupe a bailar. Esos pasos recordaban a Tin Tán. La tía Lupe giraba, sin soltar la mano de ese ’chuco suave. Los zapatos nuevos del duende hasta brillaban. Se veían perfectos con ese traje. El saco abotonado, la corbata en su lugar, cada cabello perfectamente peinado, la música daba sentido a la noche. Y ahí fue cuando las suelas nuevas traicionaron al Duende, pie derecho se resbaló en un paso de boogie-woogie. Pero la cosa es que ese vato, El Duende, estaba al tiro. Él estaba listo para todo.  Mano izquierda y el reflejo para no llegar al piso. Para no caer. Con esa mano se impulsó. La tía Lupe hizo lo suyo; le dio un jaloncito para ayudar. No hubo accidente, ni resbalón. Lo que hubo fue un paso acrobático que envidiaría el mismo “Resortes”. Ovación de los bailarines y los amigos. La tía Lupe y el Duende fueron el centro de la atención, y la admiración. No se planeó nada. Todo fue improvisado. El material de leyendas urbanas.

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Descubriste que en ti había un poco de vago bailarín cuando tenías unos 19 o 20. Y cada fin de semana era para ir a la disco. Aún no bailabas cumbias. Después, en un sueño, se te revelaría que esos cumbiones son el hijo contestón del mambo. No hay manera de negarse a la sabrosura de La Sonora Matancera, de Dámaso Pérez Prado, de la Santanera, del Gran Silencio. Te diste cuenta que se puede ser vato rudo y bailar. Viste a Fred Astaire bailar bien elegante, con estilo, y así conquistar a la dama. Tin Tan te hacía a reír, y bailaba. Bailaba con la Tongolele, a quien veías como mujer perfecta. Resortes estaba bien feo, pero bailaba y tenía damas. Viste que había una liga que no se podía ignorar entre eso de bailar y las mujeres.

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Una noche, en El Casino Militar, El Duende, El Chuchín y el Aurelio andaban de vagos bailarines. Se suscitó un desacuerdo con algunos militares sin rango, unos sardos pues. Y como tantas otras veces las palabras se hicieron puños. Sacos fuera, mangas arremangadas, insultos, empujones, golpes. De pronto, El Duende se dio cuenta que los sardos se habían multiplicado. Es que los demás habían emprendido la huida. Tras unos manguerazos en el brazo, El Duende tuvo que descontar a dos para poder salir de ahí. Se encontró a sus cuates sentados en el Jardín Colón a dos cuadras del Casino.

-Eran muchos, Duende.

-Eran un chingo, Chuchín.

Se rieron. Se fumaron un cigarro. Le dieron su saco al Duende. En la madrugada se fueron caminando. Un moretón en el brazo no es razón para perder a los amigos.

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Las Momias y Los Muertos y los jípsters ayudan a mantener limpio el barrio. Los pandilleros que llegaron a viejos participan en el viacrucis del Jueves Santo, donde una vez Judas se lio a golpes con un apóstol. Me dicen que ahora ya no hay pleitos al terminar las fiestas. Ya no vivo en San Juan de Guadalupe. Vivo en una colonia de viejitos fresones, como mi mamá. Tan viejitos que, a mis años, soy el chamaco rebelde del barrio. El pandillero. Una pandilla de un vato, con unidades en León, pero aquí en la Del Valle, nomás yo. El Duende ya no está, y cada vez hay menos ’chucos suaves. Por cierto, Luis Alcaraz falleció en un accidente rumbo a San Luis, y la orquesta tocó sin él. Igual y debí haber bailado más cumbias, pero hay tiempo para bailar otras más. Nada de qué arrepentirse como rockercillo que ha bailado cumbias bajo la luna de diciembre en pleno cueterío, a un lado del caos. De pronto, en alguna recopilación rockera brinca algún cumbión de Los Lobos, o de Kumbia Queers, algo de Tin Tan, o La Sonora Matancera, de Daniel Santos y su Conjunto de Sociedad, o la Santanera, o del Buena Vista Social Club, a quienes vi en su concierto final con todos esos viejitos como Compay Segundo que se parecían al Duende ya mayor. Nada de que arrepentirse en el departamento de cumbias, rumbas y tropicanías. En otros departamentos quizá, pero en ese no.

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Rafael Ortiz Aguirre
 (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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