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21:07h. Lunes, 24 de Septiembre de 2018

La rubia desnuda

Chema Rosas

La Venus de Urbino, Tiziano, 1538
La Venus de Urbino, Tiziano, 1538

Había sido una semana difícil, incluso antes de convertirme en un depravado sexual.

Era un viernes por la tarde y yo seguía en el trabajo. Podría decir que estaba haciendo algo importante, pero vamos, no había comido, el reloj marcaba pasadas las tres de la tarde, y había llegado a ese punto de la jornada laboral en el que se apaga el piloto automático y uno se encuentra en medio de una tarea incomprensible preguntándose cómo es que llegó ahí. En eso sonó el teléfono.

Era mi amiga y colega Sandra Z. que me llamaba desde otra oficina. Mientras mi cerebro estaba atendiendo cuidadosamente las palabras que salían por el auricular y me invitaban a ser sensato, las manos comenzaron a usar la computadora como si tuvieran idea de lo que estaban haciendo. La mano derecha encontró un mensaje directo que mostraba una imagen mía que aparentaba ser video, seguida de una serie incomprensible de números y letras.

“¿Por qué una persona que hace años no veo mandaría un video protagonizado por mí?”, pensó mi ingenua mano mientras dirigía el cursor del ratón hacia el sospechoso link, “más vale que lo averigüemos pronto y antes de que el cerebro se dé cuenta de lo que está ocurriendo… pero antes llevemos a la boca eso que está junto al teclado y parece restos de galleta, pero no estamos seguros”

Momentos después me encontraba masticando algo que espero fuera una pasa. El sonido de alertas indicó que estaba recibiendo una cantidad poco usual de notificaciones en Facebook y casi al mismo tiempo Sandra Z hizo una pausa tras la cual gritó escandalizada. Cuando recobró algo de compostura dijo con una voz cargada de indignación: “No creí que fueras ese tipo de persona. ¡Qué asco!” Y colgó su auricular dejando una estela de frío en mi oído acompañada del tono intermitente de línea ocupada.

Quedé pasmado sin comprender qué estaba ocurriendo. Puse atención frente a mí y encontré la razón de los gritos y de mi repentina popularidad: una joven rubia estaba recostada sobre una almohada blanca y me veía desde la pantalla como esperando que hiciera algo, pero yo no sabía qué… sin embargo lo que más llamaba la atención no era su bien cuidada cabellera, su mirada enigmática o lo críptico de los tatuajes que se asomaban en sus brazos. No. El asunto es que su corsé negro se había deslizado unos muchos centímetros debajo del pudor, permitiendo así que la blanquísima piel de su torso quedara por completo expuesta a los elementos y al objetivo presto de un camarógrafo.

En otras palabras: parecía ser el video de una güera encuerada.

Juro que no la conozco personalmente –no es que me moleste la idea– pero estoy seguro de no haberla visto nunca antes en mi vida; sin embargo, el virus, malware o lo que fuera, se había encargado de que su video apareciera publicado en un grupo de intercambio de libros, en otros donde comparto información laboral con colegas, en el del karate y hasta en un grupo con el tema “Visita del Papa Francisco”, al que podría o no estar inscrito.  Todo bajo mi nombre, como si yo fuera el autor. No importa la austeridad, pudor y recato con que había llevado hasta ahora mi vida… ese viernes por la tarde me convertí en un facineroso distribuidor de pornografía.

De inmediato intenté reparar el daño y escribí una disculpa general en la que incluí la advertencia de que no era yo el perverso, sino un virus hecho de calumnias… pero era demasiado tarde y mis letras no eran competencia para atención que demandaba la desnuda y curvilínea rubia.

Recibí comentarios muy fuertes, entre ellos:

“Yo los abrí con la esperanza que fueran videos eróticos tuyos” –Sería halagador si no viniera de un respetable compañero de carrera.

“Cancela tu suscripción en YouPorn y listo” –La verdad no tengo idea de qué sea eso, ni por qué la gente se suscribe si es un servicio gratuito.

“Vete a vivir fuera de México” –Lo consideré, pero necesitaría pasaportes falsos y hasta mis contactos en el mercado negro dejaron de hablarme.

“Deja de ver porno” –Y era justo lo que quería, pero esa rubia parecía ser omnipresente.

El virus que me atacó envió mensajes –similares al anzuelo que yo mordí- a alrededor de cien contactos. El lado positivo es que sirvió como pretexto para saludar a amigos con quienes había perdido contacto… incluso retomé una conversación de trabajo abandonada hace más de seis meses. Lo malo es que me convertí en foco de infección. Horas después logré limpiar mi sistema del virus de la rubia desnuda, pero ella seguía ahí, viéndome desde las publicaciones de otros infectados. Curiosamente, eso me hizo sentir un poco menos mal. A fin de cuentas, no era el único perverso distribuidor de pornografía entre mis conocidos. Quién sabe, capaz que en una de esas nos juntamos y hacemos un grupo de Facebook y luego tal vez un club de facinerosos. Podríamos invitar a la rubia.

notengomeil@gmail.com

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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