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12:57h. Domingo, 21 de Octubre de 2018

El extranjero en el nido del cuco

Rafael Cisneros

Atrapado sin salida, fotograma de la película
Atrapado sin salida, fotograma de la película

Pocas veces se detiene nuestro mundo. Casi siempre es por crisis personal, por etapas realmente difíciles, pero también debido a gratas excepciones: el primer encuentro con tu disco favorito, cuando besas por primera vez a la que será tu esposa, cuando lees atentamente Gravity’s Rainbow o Song of Solomon o Sorstalanság y el resto del mundo está en pausa. O cuando vez Amadeus a los 13 años, haciendo de tu vida un antes y un después.

O cuando te enteras que Milos Forman, director de la cinta, ha muerto.

La muerte de un ídolo siempre es inevitablemente triste. Es clave, después de todo. Es fundamental para reencontrarte con el sentido de relevancia que su obra ha tenido en tu vida. Es una muerte esencial, una zozobra indirecta en la cual estás casi completamente solo. Aunque la escritura será siempre el modo más efectivo de compartir inquietudes, es a veces insuficiente para justificar tu estado. Así me he sentido estos días pasados, como alguien cercano al lejano fallecido, todo por haber creado algo que correspondió a mis aspiraciones. Todo porque me contó algunas de las más bellas historias que la humanidad ha ideado. A Milos Forman le debo tanto como sus colaboradores.

Me evitaré detalles biográficos; la mayoría de los artículos que han publicado en su memoria hacen menciones suficientes. Sólo diré que Milos Forman, checoslovaco de nacimiento, posteriormente norteamericano y esencialmente extravagante, puede considerarse de los auténticos héroes del cine. Condenado al exilio durante la Primavera de Praga en el ‘68, Milos jamás perdió su originalidad en tratamientos estéticos, fluidez de personajes y exploración de circunstancias adversas, tan adversas que caían en un ridículo que eternizaba, al punto de transformarse en eventos profundamente emotivos.

Su primer interés fue el teatro, todo gracias a su hermano, quien era el escenógrafo en un grupo de operetas en constante gira. De ahí pasó a colaborar como actor en cintas de Jaroslav Mach (cuyas cintas deportivas deberían recuperarse) y Martin Fric, con quien también escribiría guiones. Llegó a actuar al lado de Theodor Pistek, padre del igualmente llamado Theodor Pistek, quien sería responsable de los vestuarios para Larry Flynt, Valmont y mi preciada Amadeus (todas dirigidas por Forman), así como de la legendaria y enteramente perfecta Marketa Lazarová. A partir de esta incursión, jamás se detendría. En un solo año filmaría un par de cintas clave para la Nueva Ola Checoslovaca: Black Petr y Loves of a Blonde. Su tono entre el humor, la extravagancia y la sobriedad sería plasmada desde estos primeros trabajos, repletos de escenas tan memorables como esa drástica pero hilarante equivocación de unos soldados invitando una botella de vino a la mesa incorrecta de chicas en Loves of a Blonde, o esas desfachateces de Jakim intentando corresponder a los gestos de la gente en plena calle en Black Peter. En alguna parte vi que el trabajo de Forman era una especie de “improvisación controlada”, donde personajes iban y venían a su gusto, pero dentro de los perímetros de una historia concisa, permisiva en efusividad y respetable de la seriedad en sus momentos de manifestación.

A partir de su exilio, luego de haber formado parte de un entusiasta grupo de creadores en su natal Checoslovaquia, llega a Estados Unidos en búsqueda de hogar y oportunidades. Y contrario a vivir el Sueño Americano, adapta las aspiraciones centroeuropeas a la naturaleza de sus próximas historias: la honestidad del desposeído. Sus héroes serían los locos, los pornógrafos, los genios incontrolables e intolerables por el sistema, los bromistas y seductores, las víctimas que se niegan a ser víctimas, los hombres que, siendo arrojados constantemente a la basura, renacen al punto de transformarse en leyendas.

Javier Bardem, quien colaboraría con Forman en la subestimada Goya’s Ghosts, escribió un breve y preciado memorial al cineasta donde lo describió como un hombre de tremenda calidad humana, empatía y presencia omnipresente. Un hombre capaz de dar tan honestos y enormes abrazos (sumándole el tremendo vozarrón que caracterizaba sus instrucciones) como un gran oso, “el oso libre del Este”. Porque es verdad, Forman siempre fue libre, de alguna forma u otra. Nunca le forzaron películas, siempre adaptó, filmó y colaboró en proyectos que él elegía por gusto, interés y pasión. Nunca rindió cuentas más que a su propio estilo, que además era levemente indefinido. Todo era “for the sake of the story”.

Patrizia Von Brandenstein, la diseñadora de producción de Amadeus, mencionaría esta cualidad al hablar de un momento clave de la cinta: cuando el actor Shikaneder presenta una variación burlesca de la obra Don Giovanni de Mozart, el cual queda anonadado de su festiva excentricidad y fascinado por una casa llena que ovaciona la obra con tremendo entusiasmo.

Von Brandenstein explica que dicha escena es esencialmente-Forman, donde el sentimiento de la Europa Central vivenciada por él se manifiesta a modo de celebración pintoresca, como un gesto a una de sus más apreciadas faenas, Firemen’s Ball. Un eco de celebración que ornamenta la cinta y demuestra su capacidad de dirigir lo que antes se mencionó como “improvisación controlada”. Forman era un malabarista de escenarios en donde colocaba personajes, al principio inalcanzables y finalmente entrañables.

No hay ni siquiera villano en las cintas de Forman que no tengan algún lapso humano, aunque sea tratando de aferrarse a sus diabólicos principios. No hablemos de la enfermera Ratched quien, al cumplir estricta y disciplinadamente con su deber, acaba destruyendo al prójimo que buscaba su ayuda en primera instancia. Hablemos de Salieri, el protagonista de Amadeus, el verdadero pillo del cuento, el hombre que se pasa la cinta comiendo dulces y bizcochos italianos mientras se hace el tiempo de acabar con la vida de su ídolo.

La perversidad de Salieri es, sin embargo, tan humana como un desliz de nuestra inconsciencia. Se ama a Salieri al punto de hallar a Mozart como un despreciable monstruo, arrebatándole su lugar en la historia de la música. Pero en realidad no es así. Salieri corresponde a su lugar, pero intenta negar la ineludible realidad: Mozart es, a final de cuentas, el auténtico instrumento de dios. Resolvemos que nunca odiamos a Mozart; por el contrario, le admiramos profundamente por ser el verdadero outsider de su tiempo. Pero no dejamos de comprender al enemigo atormentado que en realidad no tenía por qué haber sido. Salieri tomó la decisión consciente de envidiar al tiempo que admiraba, destruyendo nada más que un cuerpo sin detener la inmortalidad de su obra.

Así, el cuerpo de Forman se marcha como el de todos sobre la faz de este mundo. Pero su inmortalidad no afrontará barrera alguna. Su legado será apreciado y estudiado hasta que el cine deje de existir, el mundo deje de girar, y la vida no sea más. Forman, el santo patrono de los parias sociales, las mediocridades que se transformaron en los inmortales que cuentan el más sincero lado de la historia.

Las dos cintas por las cuales tuvo el ahora legendario éxito en Estados Unidos (One Flew Over the Cuckoo’s Best y Amadeus), las he mencionado con incansable cariño en mis “Cien Pelíulas Para Una Vida”, por lo cual no los agotaré con repeticiones. Aunque me guardo las tremendas ganas de seguir hablando, especialmente, de Amadeus (mi segunda película favorita de todos los tiempos), por cortesía a su paciencia y por honrar la variedad, sólo invitaré a releer otro par de escritos que Tachas ha tenido la tremenda cortesía de editar, donde explico, hasta la insaciable insistencia, lo demasiado que Amadeus y quienes ayudaron a concebirla, significan para mi vida.

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Rafael Cisneros
(León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

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