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14:52h. Sábado, 26 de Mayo de 2018

A kind of suspense

Andrés Baldíos

Gangsters
Gangsters

Iban todos camino a casa: madre, padre e hijos menor y mayor, luego de haber salido de un recital escolar. El padre conversaba con el hijo menor y la madre le explicaba al hijo mayor que no debía llegar a casa tan de madrugada, que les resultaba preocupante y por ende dormían menos. A esa edad todos exigimos casi por completo las veinticuatro horas de acción sin una sola pausa, y es algo que nuestro propio cuerpo olvida. Así es la juventud, hijo, le decía la madre, pero debes aprender varias responsabilidades. Hay más gente además de ti viviendo en casa, gente que se preocupa por ti. No nos vuelvas a hacer eso. Al menos no hasta que saques ya tu permiso de conducir. Hay “¡mamá, por favor!” y hay “¡mamá, déjenme en paz!”.

Su casa se hallaba en unos suburbios decentes que incluían una palapa para fiestas, una alberca sin restricciones y vecinos que no compraban motocicletas a los niños… cuando se toparon con tres hombres de aspecto extraño.  Uno de ellos vestía de saco y corbata; su rostro era telenovelesco, un villano patético de finura amanerada. Otro de ellos era rudo, castaño y bobalicón; vestía con shorts de montaña y una camiseta sencilla color turquesa. El tercero se adecuaba entre una persona sin nada en especial y una con un ligero atractivo, precisamente, por carecer de impresiones. El villano ridículo sacó una pistola y apuntó directo al padre. No había más personas en los alrededores; era domingo: o todos salían de casa o se encerraban para no vérselas con nada ni nadie. ¿De dónde salieron ustedes?, fueron las primeras palabras del padre. Necesitamos que tomen la calma y nos dejen hacer las cosas bien, decía el villanillo sin dejar de apuntarle. Ni los hijos ni la madre pudieron reaccionar más allá del susto de sus vidas. El padre miraba a los ojos de cada uno de los asaltantes, tratando de prever algún siguiente movimiento. Extendió sus brazos para cubrir a su familia, firme y estridente, demostrando que tenía miedo pero que podría, de ser necesario, sacrificar su pellejo sin pensarlo dos veces. Necesitamos dinero, decía el villanillo, pero no queremos dejar rastros en hogares. Uno de nosotros acompañará a dos de ustedes a su respectiva casa y les hará vaciar con sus propias manos todas las pequeñas valías que tengan y colocarlas en este bolso (arroja un bolso a los pies del padre). Regresarán y nos llevaremos las cosas, sin heridos y sin más violencia que la siguiente pequeña amenaza: intenten algo fuera de lugar en el transcurso de este atraco y le volaremos los sesos a uno de ustedes; tenemos silenciador, nadie se dará cuenta, y lo arrojaremos al baldío de allí (señala el baldío más cercano). Así que, compórtense y obedezcan. Eviten consecuencias indeseadas. Para ser un hijo de perra hablaba con tino y afinidad. Maldito amanerado. Pueden llamar a la policía después de que nos hayamos ido y ustedes vuelvan a su casa, decía el mismo hombre. Para entonces ya estaremos lejos de aquí.

Muy bien. Será fácil. Simplemente seguir las órdenes, entregarles cachivaches de menor valía a la vida humana (¿por qué no darles toda la casa?) y seguir con la vida de antes, quedándose únicamente con un muy mal recuerdo y un susto terrible.

Bien, dice el padre. Bien, bien. Pero si tocan a cualquiera de ellos les juro que me salto las reglas de su juego y acabaré con ustedes tan rápido que no volverán a intentar acercársele ni a sus madres.

Muy bien, señor, dice el mismo hombre. Tiene nuestra palabra. Sólo está esa condición: no haga nada fuera de lugar hasta después de nuestra partida. Así que… ¿a quién elige para que lo acompañe a casa?

El padre les da la bendición a su esposa e hijo mayor. Su hijo menor lo toma de la mano y caminan al unísono, mientras que el hombre de la camisa turquesa los sigue a destiempo, apuntándoles con una pequeña pistola de bolsillo.

Cuando llegan a la casa, el padre le pide al niño que saque sus ahorros y los de su hermano y se los entregue al señor mientras él le muestra su mini-bóveda secreta. El niño asiente y corre escaleras arriba. El hombre turquesa le grita, ¡no corras, pendejito! El niño obedece, palidecido. El padre, furioso, guía al hombre hasta la susodicha bóveda. Las cosas pasan demasiado lento. El niño llega al cuarto del padre donde ve cómo el hombre turquesa le sigue apuntando con la pistola en la espalda mientras espera a que termine de abrir la bóveda. Señor. Oiga, señor, dice el niño. El hombre turquesa voltea a verlo. Aquí tiene nuestros ahorros. El hombre turquesa se aproxima al niño, dándole tiempo al padre de oprimir violentamente las sienes con los puños y atontarlo.

La pistolita cae al piso sin hacer escándalo. El padre entonces da un salvaje puntapié a los testículos del hombre y los torna en flácidos sacos de jalea. A través del zapato siente como se parten los testículos del asaltante, y a su vez, cómo las yemitas se disuelven en toda la bolsa, confirmándole la victoria. El hombre turquesa vomita antes de desplomarse. El niño queda impactado por unos instantes y luego se vuelve a su padre para abrazarlo con todas sus fuerzas. Hijo, necesito que vayas abajo y saques del cajón de los cuchillos una pistolita que tu madre y yo guardamos ahí. Tráemela. Con muchísimo cuidado. Vamos a salvar a tu mamá y a tu hermano. El pequeño obedece sin titubeos. Buen chico. Mientras el niño baja las escaleras, el padre aprovecha para romperle el cuello al hombre turquesa. Una vez muerto, se guarda su pistolita en la parte trasera del pantalón. Piensa salvar el día. Podría lograrlo, su estrategia es simple: vivían en los suburbios; podía sigilarse de traspatio en traspatio hasta llegar al baldío donde amenazaban con dejar a la familia de ser asesinada en caso de que se actuara fuera de lugar. De ahí dispararía a uno de los hombres (el villano barato con arma en mano) para confundir al otro y darse tiempo de apuntarle para balacearlo en un punto final del asunto.

Podría funcionar. El padre sabía disparar.

Espero que esto funcione, piensa el padre. ¡Qué espero ni qué nada! ¡Va a funcionar!, se dice, loco de esperanza. El pequeño ya está por llegar a la planta alta.

***

Andrés Baldíos es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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