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23:05h. Lunes, 24 de Septiembre de 2018

¡Chin, pum, cuas!

Ralf Ortiz

El Cavernario Galindo
El Cavernario Galindo

No venimos a pelear con nadie.
Sólo venimos a bailar,
pero ponte pendejo y te partimos tu madre.

-Vatos Rudos de Los Skarnales

El Duende y mi padrino Fernando se conocían desde muy chamacos. Y desde chicos ya eran muy libres o, si son de poner etiquetas, vagos. Empezaron a fumar a como a los diez, doce años de edad, pero ya para entonces sabían defenderse bien; liarse a golpes era cosa que sucedía con la suficiente frecuencia para que fueran talentosos en ese departamento. Jamás montoneros, eran unos caballeros. Ambos dandis, ambos atléticos, ambos muy bien acompañados, ya que mi madrina y mi madre eran unas damas muy guapas… y ambos eran unos vatos rudos. Mi padrino se parecía mucho a Luis Aguilar, lo confundían con él con frecuencia.

Escuchaba las aventuras de esos dos vatos con atención y fascinación. Desde cómo volaron un fragmento de la banqueta de la calle San Luis esquina con Damián Carmona, hasta cómo conocieron a sus esposas; cómo no se perdían un baile, cómo se descontaron a más de algún pasado de lanza, cómo siempre se respaldaban.

No se puede andar por la vida con los zapatos sucios, con raspones. El Duende y mi padrino fueron a los arcos a que los bolearan. Ya se iban cuando, al pasar por la puerta del Palacio Municipal, los dos guardias hicieron algún comentario sobre que eran unos señoritos delicados. Cruzaron la calle para fumar un cigarro en la Plaza de Fundadores. Ahí estaban Chuchín y La Changa. Les platicaron sobre el comentario de los guardias. Ya todos estaban hartos de los dos tipejos. Decidieron hacer un concurso. Hablaron de las reglas y sortearon turnos: el Duende y Fernando dijeron que ellos iban primero. Cada uno encendió un cigarro, y caminaron en línea recta hacia la puesta del Palacio Municipal.

Caminaban al mismo paso. Se llevaban el cigarro a la boca al mismo tiempo, vestidos impecables, zapatos boleados que reflejaban el brillo del sol en esa mañana cálida de San Luis Potosí. Sin perder el ritmo, cambiaron el cigarro de mano y, justo cuando llegaron cada uno frente a cada uno de los dos gendarmes, la derecha de cada uno hizo contacto con las mandíbulas de esos dos policías antipáticos. Los dos guardianes de la puerta cayeron inertes. “No se confundan, cuicos baratos. Traje o no, les rompemos igual el hocico”. El juego era ver quién noqueaba por más tiempo a los gendarmes. Se dieron la vuelta y regresaron a la banca del jardín donde los esperaban los amigos. Una vez que los policías se pusieron de pie, La Changa y Chuchín cruzaron la calle y repitieron la escena. Sólo podían dar un golpe. Los cuicos volvieron a caer. Se compararon tiempos de recuperación. El policía noqueado por El Duende fue el que más tardó en recuperarse. Ahí estaba el ganador. Los gendarmes no tomaron represalias. Entendieron que ellos se habían pasado. Ahí quedó.

La noche había estado pesada y larga; mucho baile, muchas copas. Los danzones como quiera, pero el chachachá y los mambos son más movidos. Ahora hay zapatos de suelas de goma y de soporte del arco, pero las generaciones anteriores usaban calzado rígido de piel y suela de baqueta. La bailada debe haber resultado más agotadora.

El Duende, el padrino Fernando y el Chuchín decidieron ir al Café Pacífico (abierto 24 horas al día) por una cena reponedora. Ahí estaban comiendo, bromeando y fumando, sin que nadie se quejara de que pronto caería víctima del cáncer por humo de segunda mano. Estos vatos, que fumaban desde niños, llegaron a viejos con humo de primera mano. El Duende avisó que iba al baño. Se puso de pie y caminó en una línea no muy recta hacia su destino. Le dio un empujoncito accidental a una silla. “¡Fíjate por dónde caminas, catrín!”, dijo un tipo no muy bien parecido pero corpulento. “Fíjate dónde te sientas, gorila”, respondió.

El tipo se puso de pie. Era más alto y se veía mucho más grande en dos patas. El Duende lo vio de arriba abajo. “No me asusta tú tamaño, monstro. No te voy a cargar. Ni a peinar, greñudo”, soltó. Antes de que cualquiera de los dos diera el primer golpe, ya estaban ahí el padrino Fernando y Chuchín. “Tranquilo, Duende”, le dijeron los dos. “Estas igualito, Luisito Aguilar, catrín”, se escuchó por ahí. “Eso me dicen”, contestó.

Ya en la mesa, Chuchín explicó la intervención:

-Duende, ese cabrón es El Cavernario Galindo. El luchador. Nos rompe el hocico a los tres.

-No sé, Chuchín. Todos caen tarde o temprano.

-Nosotros más temprano que tarde con ese tipo.

-Duende, aparte no te hizo nada.

-Nada.

Pidieron su cuenta y, en un gesto de caballeros, pagaron la cuenta del Cavernario y sus acompañantes. Ya de salida, el Cavernario les dijo algo como: “Gracias, catrines.” “No sé porque andamos perdonando feos greñudos”, les reclamó el Duende. Todos se rieron. No hubo golpes, pero de no haber sido por ese conato, nunca me hubieran presentado al Cavernario.

*

-Don Santos, le vendo un reloj. Barato, patrón. Necesito que me aliviane

-A ver que traes ahí.

-Mire, es este. -Don Santos vio el reloj y lo reconoció. Era el reloj de su hijo, El Duende.

-¿De dónde sacaste esto, muchacho?

-El sábado en la noche venían unos tarzanes y unos tipos les buscaron pleito. Los dos se quitaron los sacos. Bien bonitos, como los que hace usted, patrón. Uno acomodó la foto de una damita para que no se cayera y el otro se quitó el reloj. Agarré el reloj y corrí nomás con eso porque se discutieron contra los vagos. Los dejaron ahí tirados.

-¿Cuánto quieres por el reloj?

-Lo que me dé.

-Ahí tienes. Ve a la vuelta y pide algo de comer. Diles que paso a pagarles al rato.

-Gracias, patrón. Es usted un santo de verdad.

El toque de knock out de El Duende era legendario. Sólo lo vi en plena acción una vez. A nuestro regreso de Pomona, California, vivíamos a un lado de la casa de mi abuela paterna. En la cuadra había un malviviente de unos veinticinco años llamado El Tavico. Nada inteligente. Un día se le ocurrió molestar a la menor de mis hermanas. Fue necesario aplicar un correctivo y, aunque no me gusta pelearme o la violencia real, hice lo que tenía qué hacer. El tipo no entendió. Fue a su casa por una navaja. Justo en eso llego mi papá, ya un hombre de sesenta años, y mi hermana le platicó lo ocurrido. El Tavico sacó la navaja y amenazó a El Duende. “Muchacho, baboso”, dijo y lo pescó de la muñeca de la mano de la navaja y le dio un golpe seco. El Tavico se desvaneció. Lo único que evito que su cabeza hueca rebotara en el piso fue que aún lo tenía detenido de la muñeca. Nunca había visto a alguien caer así. Ponerse lacio, como dicen. Ya que volvió en sí, abrió los ojos para ver al Duende en cuclillas cerca de él. “Entiende, chamaco baboso, que nadie se mete con mi familia”. Parecía sentencia de película de mafiosos.

Las historias que platicaba mi padre eran alegres. Las que me platicó Don Santos, mi abuelo, y las que me platicó mi padrino son historias alegres, también. Anécdotas de un niño travieso, un joven que no se dejaba, de un amigo que no abandonaba. Las que yo viví con él son historias de un hombre que hizo todo por educarnos en el valor del trabajo, el tener orgullo en ser honesto, el saber defenderse. Yo prefiero hacerlo sutilmente, con palabras, porque un moretón se te quita en unos días, pero cuando haces a alguien lucir su propia estupidez sin dar un solo golpe, ese moretón dura más.

Las historias de mi padre son para recordarme que aquí venimos a bailar. Pero a quien se pase de lanza, le rompes el hocico.

***
Rafael Ortiz Aguirre (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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