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23:06h. Lunes, 24 de Septiembre de 2018

Fumadores [XVII]

Juan XXIII

José Luis Justes Amador

Juan XXIII
Juan XXIII

Para Josemaría, por esas siempre iluminadoras conversaciones iluminadas por el tabaco.

 

Fumar no es, o no debería ser, pecado. Entra, supongo, dentro de esa categoría tan extraña de vicios permitidos. A la misma altura eque la siesta, pereza permitida, o el achispamiento etílico, gula disfrazada. Por eso, supongo también, es tan dificil ver fotografías de estadistas, fuera de las icónicas de Castro, el Che o Churchill, fumando como esi nos sintieramos, falsamente, más seguros por tener políticos no enviciados. Por eso, y es otra suposición, es tan dificil ver fotografías de religiosos fumando.

Angelo Giuseppe Roncalli, todavía cardenal, unos meses antes de cambiar su nombre a Juan XXIII, sostiene con alegría el cigarro en su mano izquierda, a la altura del pecho. Es una de las pocas ocasiones en que nos es dado contemplar tan cerca un crucifijo y un cigarro encendido. Platica despreocupadamente con dos laicos. Platica con la despreocupación de una conversación con cigarro, una conversación que siempre es lenta, pausada, marcada por los momentos de silencio al llevarse el cigarrillo a la boca. Platica, o escucha, con una media sonrisa de satisfacción, de placentera satisfacción.

No es difícil saber que está en una pausa. Quizá sea un momento relajado de una visita pastoral. O quizá sea una conversación de trabajo, unas palabras con los benefactores de alguna iglesia o algún convento o de alguna iniciativa laica. O quizá, aunque parece más difícil, sea un encuentro casual. Las conversaciones acompañadas de tabaco son siempre un quizá. Un cigarro prendido puede ser o una bien merecida recompensa o una manera de aliviar tensiones. Puede ser un relax o un impulso.

Juan XXIII fue el último Papa al que se le vio fumando. Algunas leyendas cuentan que el Papa Benedicto y el ex presidente Obama tienen una querencia por el tabaco, la misma marca Marlboro, ocasional, pero casi no hay registros de esa leyenda. Quién sabe si para ellos ese humo ocasional era descanso o alivio de las preocupaciones.

Los tres personajes de la fotografía (hay uno más al fondo, pero parece no ser tan importante, quizá un ayudante, de esos que siempre están en segundo plano, de alguno de los otros) están satisfechos. Además del cardenal, aunque es difícil poder asegurarlo, hay otro personaje fumando, el que frente a él está sonriendo casi con el mismo gesto. Como si el hecho de compartir humo lograra en cierto modo compartir, con una extraña telepatía, que se transmitieran también las ideas y las reacciones. Ese segundo personaje también está fumando, si está fumando, con la mano izquierda, un gesto extraño cuanto menos.

Tal vez ambos fueran zurdos o tal vez fuera una costumbre italiana de aquellos años. De todos modos resulta extraño coincidir con dos fumadores de mano izquierda y en esta fotografía hay dos. Qué misterio hay, si alguno, detrás de ese gesto compartido y espejual queda en el silencio de la fotografía.

No hay ningún cenicero a la vista. Pero eso no importa.

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