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06:18h. Martes, 16 de Octubre de 2018

El niño, la naranja y el pájaro

Chema Rosas

Foto, Cachu Gómez
Foto, Cachu Gómez

Cuando somos niños conocemos las historias más tristes. Y son más tristes no por que presenten mayor tragedia, sino porque, creo, somos más capaces de sentir tristeza. Tal vez conforme crecemos nos vamos cubriendo con capas de cinismo y hacemos callo para que las cosas nos afecten menos; nos hacemos menos sensibles a propósito, pues resulta terrible que la Cerillera de Hans Christian Andersen muera de hambre y frío, que el cazador sacrifique a un venado para que Blancanieves viva -y ella no se detenga a pensar en ello- o que el lobo sea asesinado al final de cada cuento. Lo curioso es que, al hacer memoria y pensar en historias que me destrozaron por dentro cuando era pequeño, no se trata de algo que me hayan platicado, de un libro que haya leído o de un accidente que haya presenciado. No. La historia más triste del mundo la escuché en una canción popularizada por Rigo Tovar.

Había un niño indígena al que le gustaban mucho las naranjas. Le gustaban tanto que tenía la costumbre de subirse a los árboles para bajar un par de frutas a escondidas de su madre, pues no se había acabado los frijoles con gorgojo -o su equivalente en los pueblos de la zona andina- que le habían servido en la mesa familiar. Los progenitores tienen la costumbre de molestarse si sus hijos no comen adecuadamente y se ponen como locos si los buscan y no los encuentran; para mala suerte del pequeño su mamá estaba enojada por las dos cosas. El asunto es que ahí estaba, trepado en la rama más alta de un árbol a punto de comer una suculenta naranja cuando su mamá le gritó algo así como “¡Bájate de ahí, escuincle tarugo!” (o su equivalente en guaraní).

Al ser sorprendido con las manos en la masa -más bien en la naranja- se sobresaltó, perdió apoyo y cayó del árbol. Llegó corriendo su madre y lo abrazó mientras el indito moría a causa de una severa y aparatosa contusión craneal. El abrazo activó algún tipo de brujería y cuando por fin lo soltó el cadáver había desaparecido; en su lugar estaba un pájaro de la especie thraupis sayaca, endémico de la zona andina conocido por su colorido plumaje y característico canto cuya onomatopeya le da el popular nombre de “chogüí”. Desde entonces el ave y su descendencia habitan el cielo azul, las ramas de los árboles y picotean las naranjas que tanto les gustaban desde antes, cuando eran un niño indígena que se escapaba de su mamá para ir al campo y subirse a los árboles.

Recuerdo que al comprender la letra quedé impactado. ¿Cómo era posible que una melodía tan alegre narrara un episodio tan terrible de la vida de una familia? ¿Sería la madre capaz de perdonarse a sí misma después de que su grito causó la muerte del niño? ¿El convertirse en pájaro chogüí fue bendición por el amor de su madre? ¿O castigo por ceder ante la gula? ¿Toda la familia tendría que revivir el horroroso episodio cada vez que un pájaro multicolor se posara en una rama cercana?

Lo peor es que, a la fecha, en cuanto comienzo a pensar en ello, la melodía se cuela en mi cerebro y se pega a mí como baño de coca-cola en un día soleado; sin darme cuenta estoy repitiendo el coro en el que se habla de lo hermosa que es el ave y de cómo se dedica a comer naranjas y a volar por el cielo azul todo es lindo y bla bla bla… Uno puede tararear la versión instrumental y casi olvidarse que narra la muerte accidental de un pequeño que pizcaba naranjas.

Si Disney hiciera una película inspirada en la canción, es probable que el árbol fuera en realidad el espíritu de una princesa con poderes mágicos que se apiada del pequeño y usa un fruto mágico para convertirlo en pájaro antes de tocar el suelo. El chogüí se haría amigo de una ardilla con habilidades de stand-up comedy y de una oruga débil y temerosa que quiere convertirse en héroe de acción. Juntos vivirían aventuras para liberar al espíritu de la princesa árbol, volver a convertirse en humano y encontrar su camino a casa donde su mamá lo recibiría con naranjas y él preferiría los frijoles.

Pero no es así.

Sé que en realidad no es para tanto, que estoy demasiado afectado, que es una leyenda tradicional para explicar el origen y comportamiento de una especie de ave que habita la zona andina, pero como toda historia trágica que pica la cebolla en los ojos de nuestra infancia tiene lecciones importantes:

  • Si algo nos gusta a veces hay que trepar hasta la rama más alta para conseguirlo.
  • No importa qué tan desesperados estemos por conseguir la naranja, soltar el árbol para alcanzarla no es buena idea.
  • A veces quien se preocupa por protegernos puede ser la causa de nuestra caída.
  • Es posible morir de un antojo.
  • Si tu hijo -o cualquier niño- está escondido en la rama de un árbol procura no asustarlo con un grito de pánico.
  • Hay pocas y asombrosas personas que mueren haciendo lo que les gusta y probablemente ni se dan cuenta de que murieron porque se transforman en pájaro para seguir comiendo naranjas.

Cuando somos niños conocemos las canciones más tristes y cuando crecemos somos conscientes de la tragedia diaria y queremos sentir menos. Se nos olvidan sus lecciones ocultas y que también se vale sentir tristeza por cosas que no nos pasan de forma directa. Afortunadamente algunos relatos son tan poderosos que tienen forma de regresar a nosotros -a veces en forma de melodía folklórica y asquerosamente pegajosa- para recordarnos por qué a veces el canto de un pájaro nos suena a tragedia.

notengomeil@gmail.com

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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