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10:52h. Martes, 21 de Mayo de 2019

Horacio Quiroga es de la Vieja Ola

Javier Morales i García

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga

Horacio Silvestre Quiroga nació el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay. Fue el cuarto y último hijo del matrimonio formado por el argentino Prudencio Quiroga, militar, y Juana Petrona Forteza, que pertenecía a una familia acomodada de la ciudad. Desde muy pequeño conoció la tragedia de la vida, que marcaría toda su vida y su obra: tres meses después del nacimiento del futuro escritor, su padre falleció al descender de un barco, tras regresar de una cacería: tropezó y el arma que llevaba en las manos se disparó causándole la muerte.

Años más tarde, en 1891, la viuda contrajo segundas nupcias con un hombre llamado Ascencio Barcos, pero la unión apenas duro un lustro porque el nuevo marido, tras sufrir una parálisis cerebral que le dejo postrado en la cama, se suicidó. La relación con su padrastro fue intensa y esta muerte también afectó en sus ideas, su futuro y sus textos.

Dando muestras del carácter obsesivo que le acompañaría el resto de su vida, a los 15 años de edad, Quiroga se dejó subyugar por el deporte, sobre todo por el ciclismo. No le bastó el correr aventuras con su primera bicicleta, sino que se hizo todo un especialista, documentándose en revistas y buscando toda la información disponible. Su habitación estaba llena de fotos de los pioneros del ciclismo e incluso llego a fundar la primera asociación de ciclismo de su ciudad y también promovió la construcción de un velódromo en Salto.

Llego a recorrer los 120 kilómetros que separan Salto de Paysandú y escribió un pequeño artículo periodístico. Fue entonces que se dio cuenta de que sus condiciones físicas no le iban a acompañar en sus carreras y entonces volvió su pasión a la química y se entregó a esta disciplina de la misma manera; convirtió esta vez su habitación en el perfecto laboratorio de experimentos, con la intranquilidad de su madre, espantada de las explosiones e incendios, incluso los extraños olores que llegaban desde la habitación del químico aficionado.

De la química se pasó a la fotografía, otra pasión que le tuvo ocupado durante los últimos días de estudiante de segunda enseñanza. De esta manera, completados los estudios secundarios en el Politécnico de Salto, sorprendió a todo el mundo con su decisión de no ingresar en la universidad ya que una nueva afición convertida en pasión feroz había llenado su espíritu: ahora solo estaba volcado en la creación literaria y junto a su amigo Alberto Brignole, pasaba las tardes entregado a la búsqueda de su estilo, deslumbrado por la poesía de un joven poeta llamado Leopoldo Lugones.

Brignole y Quiroga viajarían a Buenos Aires en 1898 para conocerlo y compartir momentos.

Sus colaboraciones en revistas locales habían empezado solo un año antes del viaje iniciático y por aquella época sus autores preferidos eran Dumas, Scott, Dickens, Balzac, Zola, Maupassant, Becquer y Poe; este último el que más notoriamente influiría en su obra posterior.

En 1899 fundó la Revista Salto, difusora del Modernismo Literario. Este movimiento brindó el cauce perfecto a la expresión de un joven ególatra y dandi que precisaba llamar la atención.

Tras un decepcionante viaje a París, centro literario indiscutible en aquella época, decidió regresar a su país, con el amor y respeto por la obra de Víctor Hugo.

Junto a sus amigos se estableció en Montevideo, viviendo como bohemios. Su aspecto físico sufrió una transformación, porque a partir de ese viaje se dejó una barba que ya le acompañó por el resto de su vida y que le daba un toque misterioso y algo oriental.

En su querido país protagonizo un nuevo drama: mató de un tiro accidental a su mejor amigo cuando le enseñaba a manejar un arma. Demostrada su inocencia, se estableció en Buenos Aires, donde obtuvo una plaza como profesor de castellano en el Colegio Británico.

Ese mismo año se incorporó como fotógrafo en una expedición a Misiones, una zona selvática del Nordeste argentino, en la frontera con Paraguay y Brasil.

La impresión que le produjo la selva no solo le cambio la personalidad, también contribuyó a enriquecer su horizonte literario. En esa naturaleza agreste y hostil de Misiones, Quiroga halló nuevas fuentes para su inspiración hasta el punto de que la experiencia señala el comienzo de la etapa de madurez de su producción artística. El escritor, impactado por el día a día y las experiencias en la selva virgen, decidió quedarse en la selva chaqueña y convertirse en un agricultor más, para demostrarse a sí mismo que era capaz de sobrevivir en una situación extrema en la que poco valía su bagaje de hombre urbano. Se aplicó a comprobarlo con la misma pasión que había demostrado con el ciclismo, la química o la fotografía, ofreciéndonos de esto modo una estampa de colono o de pionero, muy alejada por tanto de la imagen estereotipada con la que se asocia a los escritores.

Lo cierto es que su experiencia agrícola fue todo un fracaso, pero le volvió a dar una nueva dirección a su orientación literaria, olvidando el modernismo, el surrealismo y el absurdo y centrando su interés en otros estilos y otros autores, como Gorki, Turguenev, Flaubert, Dostoievski y Kipling, y con una nueva orientación más pegada a la tierra y al realismo sencillo y directo, que siempre es más complicado en el fondo y en la forma.

Nuevamente en Buenos Aires, reemprendió su trabajo como profesor de lengua y literatura en la Escuela Normal, donde conoció y se enamoró de Ana María Cires.

Se casaron en 1909 y se trasladaron a San Ignacio (Misiones), muy cerca del Rio Yabebiri, para intentar cultivar las 185 hectáreas que había comprado. Allí nacieron los dos hijos del matrimonio, Egle y Diario, y seguramente fue su momento más feliz.

Desde ese momento se dedicó sin éxito al cultivo de hierba mate y continuó escribiendo sin parar y estas frustrantes experiencias agrícolas están reflejadas en su libro de cuentos Los desterrados.

De los cuentos que contaba a sus hijos durante su estancia en Misiones, nacerían posteriormente los famosos Cuentos de la selva, compuestos por ocho relatos cuyos protagonistas son animales típicos de la selva.

Fruto de la fascinación que sintió Quiroga por la selva, en estos pequeños relatos, los animales son representados con rasgos humanos y desarrollando acciones que les convierten en héroes.

Todos estos relatos también contienen una enseñanza o moraleja que, definitivamente, los emparenta con las tradicionales fábulas.

Su segunda experiencia en Misiones termina con una nueva tragedia: el deterioro de las relaciones con su esposa culmina con el suicidio de ella a finales de 1915.

Tras el suicidio, regresa con sus hijos a Buenos Aires, donde entre 1917 y 1920, desempeñó varios cargos diplomáticos para el gobierno uruguayo.

En estos años publico tres de sus libros más importantes: Cuentos de amor, de locura y de muerte (quizá la cumbre de su narrativa), Cuentos de la selva y, por fin, El salvaje.

La de 1920 a 1926 es la época dorada del autor ya que Horacio Quiroga es traducido, querido, bien pagado y buscado por los editores y el público. Aparecen El desierto y el ya citado Los desterrados, donde figuran algunos de sus mejores cuentos.

Es en esta época cuando coincide con el cambio de rumbo de la literatura argentina provocado por la aparición de nuevas figuras emblemáticas como Borges o Bioy Casares.

En 1927 conoció a María Elena Bravo, una compañera de su hija Egle. Ella tenía 20 años. Quiroga tenía 49.

La boda se realizó y en el mes de abril de 1928 nació su tercera hija, Pitoca, el mismo nombre de pila de la madre. Pero los celos y las desavenencias no tardan en enturbiar el hogar, que se convierte en un infierno digno de los más desolados de sus relatos.

Se habían vuelto a instalar en Misiones y la vida de los Quiroga estaría marcada por los eternos problemas económicos, que tampoco pudo resolver con la concesión del Premio del Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay, en 1935, por su libro de cuentos llamado Más allá.

En 1936 se le diagnosticó cáncer y aunque su familia se lo ocultó, Quiroga lo descubrió. Incapaz de soportarlo, se suicidó en 1937.

Esos últimos años habían sido penosos. Aparte de la decadencia literaria, encerraron todo tipo de sinsabores, como el fracaso de su matrimonio y el abandono de su mujer llevándose a su hija, todo un golpe definitivo para un Quiroga arrinconado en todos los sentidos.

A comienzos de 1937, había ingresado en el hospital bonaerense de Clínicas, donde los médicos le dan la terrible noticia. Dos días después sale del hospital para ver a su hija por última vez, compra cianuro en una farmacia, regresa a la habitación que compartía con Vicente Batistessas, un hombre deforme al que no permitían salir del hospital y que permanecía recluido en una especie de celda en el sótano del hospital. En un último gesto romántico y modernista, Quiroga, conocedor de su triste existencia, pidió que lo invitaran a abandonar su aislamiento y que accedieran a instalarlo en su propia habitación.

Convivieron juntos durante un tiempo hasta que Quiroga decidió quitarse la vida, lo que convirtió a Batistessas en la persona que lo acompaño en su muerte.

El cuerpo de Horacio Quiroga fue incinerado y sus cenizas trasladadas con todo tipo de honores a Uruguay, pero no cabe duda que el suicidio del escritor se inscribe en la funesta serie que comenzó con su padrastro y su primera mujer y que, una vez muerto el escritor, continuó con sus amigos Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni en 1938; su hijo Egle lo hizo ese mismo año y Darío en 1951.

Quiroga ha pasado a la historia literaria como un gran escritor de relatos breve y en ellos puso la misma pasión que había puesto durante toda su vida.

El mismo es el autor del reconocido Decálogo del perfecto cuentista, en el que plasma su idea sobre el cuento como unidad emocional y deja claro sus modelos literarios: Poe, Maupassant, Kipling y Chejov.

Pero también escribió dos novelas cortas cuyos títulos hablan claro de su vida, como Historia de un amor turbio y Pasado amor.

Lo que de verdad importa es que, para nuestro Quiroga, escribir cuentos no era diferente a hacer un fanzine, inventarse una historia, investigar los hechos de esa historia, descubrir lo que había quedado escondido y sacarlo a la luz desde diferentes puntos de vista. Lo que importaba a Quiroga era la pasión con la que se hacen estas y todas las cosas. No importaba la perfección, sino la fidelidad con el lector, desde la sencillez y la comunicación.

Por eso, Horacio Quiroga es de La Vieja Ola.

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Javier Morales i García
(Tenerife, España) es editor del fanzine Ecos de Sociedad, la publicación mod más longeva en Europa. Desde inicios de los 80, escribe, reseña y edita; hoy, Ecos puede leerse en ecos-de-sociedad.blogspot.com.es. Es obseso de la música y el cine.

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