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12:18h. Martes, 18 de Diciembre de 2018

Poesía

Vértigo

Sarah Wetzel


 

 

En memoria de Czeslaw Milosz

El alma recuerda que hay un arriba
y que hay un abajo. Reconoce la tierra
y los árboles, la amplitud de un desierto del Néguev.
El alma conoce la delicada, la habitable capa
entre el lodo y la vasta y vacua extensión
del universo. El alma dibuja el horizonte.
Cuando mi madre y yo subimos los desiguales peldaños
que llevan a uno de las callejas
estrechas de Jerusalén, ella cometió un error
y miró hacia abajo. Se mareó tanto
que tuvo que sentarse, y ascender el tramo restante
con sus manos y rodillas. Ninguno de
los paseantes se ofreció a ayudar.
Mi madre dijo, ellos creen que subo la etérea escalera al cielo.
Con sus manos y sus rodillas.
Mi alma da un salto mortal. Mi alma trastabilla
con el más pequeño de los peldaños.
Mi alma no sabe otra cosa que seguir moviéndose.
En una ciudad grande, quizás París o Nueva York,
un poeta émigré camina lento
entre calles extranjeras. En sus brazos carga
un microscopio. Con él, el poeta ve
que incluso en la escala más pequeña el horror
es la ley de los seres vivos
. El poeta no puede dejar de ver
a través del ocular.
Cuando mi madre comenzó a sufrir de vértigo
mi padre y yo pretendimos que no. Un día
nos subimos a un elevador acristalado. Al día siguiente
estaba acurrucada contra la puerta. Ella dijo, es como cruzar
un puente colgante durante un huracán.

Nunca había estado en un puente colgante.
En los días malos, mi madre se sentaba en su silla y casi
no se movía, no miraba hacia abajo ni giraba la cabeza. El último mes
de su vida, le daba problemas leer relojes análogos.
El poeta émigré escribe poesía sobre la verdad. La gente en el exilio
escribe muchos poemas. Él escribe cartas. En una, le pregunta al Papa qué
nos han dejado ellos a nosotros
.
Mi alma es vertiginosa.
Mi alma se sacude como palos secos. Mi alma, temblorosa,
un átomo suelto.
Afuera de la ventana, un ligero viento sopla
y cientos de hojas rojas y doradas se levantan
sobre un río con piel de hielo. Pero todos los árboles que veo
están desnudos. Las hojas, que desafían hasta la gravedad,
salen de quién sabe dónde.

***
Sarah Wetzel
es poeta, ensayista y autora. Ha vivido en Manhattan, Tel Aviv y Roma. Es ingeniera, académica y ha ganado varios premios de poesía.

La traducción es de Esteban Cisneros.

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