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22:53h. Jueves, 21 de Junio de 2018

FUMADORES [XXII]

Una belleza anónima

José Luis Justes Amador

Fumadores (XXII). Una belleza anónima
Fumadores (XXII). Una belleza anónima

Al contrario de lo que ocurre con otras fotos de fumadores en esta lo último que llama la atención es el delicado cigarro que ella sostiene entre los dedos. Hay demasiadas distracciones como para que demos con él a la primera.

El cabello, impecablemente despeinado en una especie de olas enmarcan la mirada de la modelo que no sabemos si nos mira a nosotros o al fotógrafo. Si invita, quién puede saber si es una mirada de invitación o de expectación, al autor de la instantánea o a nosotros espectadores. La boca está entreabierta porque acaba de decir algo o está a punto de hacerlo.

La fotografía sabemos, no hace falta profundizar mucho, que es falsa. Intuimos que debe anunciar algo, tabaco no por supuesto. El fondo desenfocado no deja opción de husmear en los alrededores de la imagen. En su fondo. La lámpara está cortada. Una lámpara tan elegante como el collar que lleva ella al cuello. Un collar que en su peso resalta por contraste de su blusa más que vaporosa, de una blancura impecable. Como si fuera el primer uso.

Nadie se sienta a la mesa así. La blusa está demasiado escotada. Es una blusa para desnudarse no para vestirse. Pero al espectador curioso le llama más la atención el juego de porcelana de la taza y la cafetera que están junto a su seno casi descubierto. ¿De dónde han salido? ¿Quién ha sido la mente maquiavelica que estropea tanta belleza con un detalle tan demodé?

Al otro lado de la mesa un plato de fruta todavía de raigambre más antigua que la del juego de café venido de otro siglo. Más que un plato para ofrecer a las visitas, al espectador, es un bodegón renacentista. Impecablemente equilibrado con frutas grandes y las uvas, más pequeñas, coronándolo. Quizá sea una metáfora del cuerpo de la modelo o del seno apenas dibujado bajo las trasparencias.

Entre ambos, entre el juego de café y el plato frutal que nadie ha tocado, está su mano. Una mano que no está abierta ni cerrada, no agarra nada, pero está preparada para agarrar algo. ¿la ataza? ¿Otra mano?

Sabemos, no podemos evitar saber, que algo nos han querido decir con esa fotografía. ¿Una metáfora de la sensualidad femenina? ¿Un instante de belleza intemporal como p0ara dar a entender que lo eterno, como el juego de café como el tema de los bodegones, sólo puede ser comprendido cuando aparece en el tiempo? Tal vez, alguien esté intentando vendernos algo que no sabemos muy bien que es. ¿Un perfume, ropa?

Sólo hay algo real, algo de cierto, en esa imagen. Lo último en lo que nos fijamos, un detalle casi mínimo. Fuera de lugar. El habano a medio encender que sostiene ella, es fácil adivinar que no fuma porque nadie lo prendería tan mal, en su mano derecha. La metáfora es tan fácil que ni siquiera hace falta explicarla aquí (Herr Doktor, como le gustaba decir a Nabokov, lo haría mejor).

Nosotros, los espectadores somos ese instante de humo volátil ante lo insultantemente eterno de la belleza. Un cigarro a medio encender en los dedos delicados de una belleza anónima.

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