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10:17h. Viernes, 17 de Agosto de 2018

Ñoños, shorts y uñas negras

Ralf Ortiz

Cozy Powell
Cozy Powell

 

The good life was so elusive
Handouts, they got me down
I had to regain my self-respect
So, I got into camouflage

Gang of Four

Los sábados, toda la familia nos poníamos shorts azules y camisolas grises; los más chicos, blancas. Para la pañoleta, hacíamos un triángulo perfecto y le dábamos vueltas hasta que quedara como uno de esos corbatines tejanos, pero de tela. Le hacíamos un pequeño nudo en las puntas y le deslizábamos un anillo llamado nudo. Y todos a la camioneta para que los llevaran al Jardín de San Miguelito, sede del legendario Grupo Cinco. A la hermana mayor, a la colonia Himno Nacional, ella estaba en el Grupo Dos.

Vestir el uniforme de los Scouts era un orgullo familiar. ¡Carajo, mi padre era Jefe de Grupo! Ese uniforme lo vestí desde los seis años hasta los doce. Me harté.

Me harté.

Debo aceptar que ese uniforme abría muchas puertas metafóricas y físicas. Es decir, no podías ser un mal chico si lo llevabas. Un Scout hace una buena acción cada día; van de campamento y excursión con mucha frecuencia; saben primeros auxilios, ayudan a viejitas a cruzar la calle; son amigos de la naturaleza; asisten a misa cada domingo; su Santo patrono era San Jorge, quien andaba por ahí y por allá matando dragones. Los Scouts cantan canciones sanas y joviales, nada de blues u otros azotes.

Los Scouts éramos puros jóvenes sanos y ejemplares.

Ningún joven que llevara ese uniforme haría algo reprobable. ¿Cómo? Los valores promulgados por Lord Baden Powell eran nuestros mantras. Así íbamos juntos todos, todos los que nos íbamos por el mismo rumbo, en formación de tropa. Entonces los vimos: eran los del Pentatlón, ese grupo de chavos con aspiraciones paramilitares y disciplina castrante. Alguno de ellos nos gritó algo en relación a los shorts o en referencia a nuestra ñoñez o alguna insinuación que cuestionaba nuestra sexualidad. Bordones en mano, nos lanzamos contra ellos. Las batallas pandilleriles entre Scouts y Pentatlón eran muy frecuentes. Es más, ni siquiera había que incitar al pleito a través del insulto. La presencia de miembros de ambas facciones en el mismo lugar era suficiente para el zafarrancho. Lo del uniforme era parte de eso. Nunca nos peleamos contra el Penta si ellos o nosotros no estábamos uniformados. De hecho, unos vecinos de mi abuela paterna (Pepe Toño y Pepe Luis, y su padre, que era el Comandante) eran miembros de tan deplorable organización (disclaimer: el uso de la palabra “deplorable” es sólo para acentuar la rivalidad con dicha agrupación, y de ninguna manera pretende insultar a tan digno cuerpo paramilitar).

Cuando se armaba la gorda (es decir los golpes) había que cuidar que nadie golpeara a Pepe Toño en la nariz, ya que era hemofílico y resultaba una monserga tener que llevarlo al hospital cada que nos peleábamos. A veces, al terminar las trifulcas, nos sentábamos todos en las bancas del parque a descansar. “¿Van para su casa, Pepe Toño? Porque al rato pasa mi jefe por nosotros y si quieren les damos aventón.”

Ese uniforme Scout, como dije, me hartó. Me cansé de todo. Ya no quería más juntas, ni excursiones, ni campamentos donde siempre me tocaba hacer guardia a la media noche con mi tocayo, quien invocaba a Satanás. Misas en el cerro de San Pedro donde había alacranes; perder mis insignias sólo por sacarle el aire a las llantas de unos cuantos carros, que me cambiaran al Grupo Ocho (que era como escuela de reprobados) o al Grupo Siete (que eran Scouts ejemplares). Hablé con mis padres y les dije que abandonaba los Scouts. La noticia no fue bienvenida, pero con el tiempo la aceptaron.  Los sábados, todos los demás miembros de la familia se ponían el uniforme y salían a hacer el bien.

Eso de pertenecer a las instituciones no se me da. Carezco de esa parte del inconsciente colectivo. No veo la necesidad de unirme al grupo de gente que maneja Golfs sólo porque manejo uno. No entiendo cómo hay quien se desgarra las vestimentas por un equipo, que por cierto cambia de jugadores cada temporada. Menos aun si ese equipo está en otras tierras. Un uniforme que nunca me puse fue el de rockero, el clásico de playera negra con logo, botas negras y greña larga. La verdad es que soy más punk que metalero. Sí necesito de una dosis de guitarras ruidosas al día, pero no me es necesario todo lo demás. Ni siquiera el uniforme punk completo, sólo algún acento. A los conciertos voy de incógnito. Igual y parezco el papá de alguien que está perdido entre la gente.

Soy del club Groucho, eso sí. “No quiero unirme a un club que me aceptaría”, dijo el gran Marx (sí, ese). Y no hay cosa más punk que esa.

 

*

 

El anuncio causó mucha emoción: Black Sabbath vendría a México, para ser exactos a León. Y, aunque ya no venía Ronnie James Dio sino un tal Tony Martin, ¡era Black Sabbath! ¡Cozy Powell en la batería!

Mucha gente me dijo que no fuera porque eso era cosa de mariguanos y pandilleros. Sus preocupaciones hicieron eco en León y el concierto se canceló. “Me voy para San Luis a verlos”, me dije, “que ahí somos gente de mente abierta”. Nada más lejano de la verdad. Mi rancho es un pueblo cerrado, mocho y prejuicioso. El día del concierto estábamos afuera del estadio Plan de San Luis cuando llegaron los refuerzos de la policía. El concierto se había cancelado, también. No tenía sentido quedarse a protestar y gritarle insultos a los malditos cuicos, en cuyas filas seguro figuraban algunos ex-miembros del Pentatlón. Me fui caminando. A un par de cuadras del estadio me rebasaron corriendo algunos vatos de cabello largo y playerita negra. Las fuerzas represoras iban tras ellos, la violencia en contra de estos ciudadanos era evidente e inevitable (o seguramente así lo veían los policías). A mí nadie me dijo nada, excepto algún “¡Aguas, gordito!”. Yo no iba vestido con el uniforme rockero. Me salvé.

Hubo un día en el que el uniforme fue muy necesario: el concierto de reunión de KISS en el Palacio de los Deportes, KISS and Make UP, con los cuatro miembros originales. Viajábamos en el metro el Fernando, el Salvador, el Manuel y yo. Los tres eran mis compañeros de trabajo. Los tres son muy fresas. Al irnos acercando a nuestro destino, los vagones se iban obscureciendo, en lo que se refiere a los atuendos. Nadie se imaginaría que el uniforme nos salvaría. ¿KISS? Esos qué, ¡si son bien fresotas! La cosa está en que la banda telonera era Pantera y ellos sí eran de cuidado. Manuel llevaba una camisa rosa. ¡Rosa, les digo! "¿Cabrón, no traes una playera debajo de la camisa?” Sí traía. Llevaba una playera blanca de Mickey Mouse.

“Cabrón, te van a matar. Aparte tienes uno boletos hasta atrás”. Al bajarnos del metro, entre los otros tres le compramos una playera negra con la cara de Gene Simmons. El privilegio de estar sentado en primera fila es haber sido rociado con el sudor de Dimebag Darrell y Phil Anselmo. A Manuel no lo mataron, ni le causaron ningún tipo de lesión. Estoy seguro que de no haberle comprado la playera hubiéramos tenido que ir a la morgue a identificar su cuerpo mutilado.

Unos años antes de eso, una hermosa dama llamada Yolanda me pidió que la llevara a ver a Café Tacuba, quienes aún no sacaban disco. Después de eso la llevé a varios conciertos. Me convenció que le permitiera encargarse de mi look para el siguiente concierto. Rímel negro, botas negras, uñas negras, jeans negros. Se levanta la polvadera en ese círculo que también funciona como plaza de toros municipal, pista del circo cuando viene al pueblo y pista para el Escuadrón Acrobático de Tránsito de la Ciudad de México una vez al año. La sangre en la arena no era de los toros, ni de los tránsitos ni de las bestias del circo. Hoy es un poco de cada uno de esos vatos de pinta gótica rural, o gótica de pueblo chico. En el slam, la furia de Black Vomit lanza los cuerpos morenos de labios negros por todas partes y chocan y sangran. Los vatos no se van a salir sin broncas. Las gotas de sangre se aglomeran con la arena. El ambiente está perfecto para que se armen los golpes. Un tipo de casi dos metros, sin camisa y con anillos en los pezones decidió golpear a un chaparrito. “No se vale, ¡ponte con uno de tu tamaño!” La raza veía con malos ojos el abuso. Estábamos seguros de que lo mataría, pero no fue así. Cuando se apagaron las guitarras, cuando dejaron de golpear los tambores, ahí fue cuando el chaparrito se enganchó del anillo y jaló. El grito del gigante fue terrible.

Entró la policía al ruedo. Todos corrimos. No queríamos estar en ese lugar cuando el polvo regresara al suelo. Yolanda y yo nos enfilamos a su carro. A esa hora, ya los atletas de uñas negras se tomaban sus caguamas para recuperar los electrolitos perdidos. Esa tribu urbana (que en Salamanca es más bien rural) ha danzado y ofrecido cuerpo, saliva, rímel y sangre a los dioses góticos. De ahí se irán caminando a casa. Pocos habíamos llegado en coche. Tampoco hay transporte público disponible a esas horas de la noche. La única opción para no caminar es que te pare la patrulla porque luces sospechoso. ¿Sospechoso de qué, culeros? Y van pa’rriba. No supimos que le pasó al gigante de un pezón. Yolanda manejaba y yo evitaba hacer contacto visual con los polis de Salamanca.

No me gustan los uniformes, pero por un tiempo vestí uno con orgullo, y en un par de ocasiones, ponerme el uniforme de la tribu urbana me salvó de la violencia colectiva. Bueno, yo estoy convencido de que así fue. A fin de cuentas, sostengo que es más punk cuando no te vistes de punk; es más rock and roll. La otra cosa que sucede es que tampoco me pasa nada si me pongo uniforme. Somos quienes somos con o sin uniformes. Puro corazón, es el uniforme más chingón.

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Rafael Ortiz Aguirre
 (San Luis Potosí, 1963) es doctor en cool, punk añejo, musicómano sin cura, entusiasta de la lucha libre y el futbol americano y escritor pop. Ha trabajado en la radio, es profesor de inglés, escritor de cuentos cortos y chef amateur.

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