Buscar
12:05h. Martes, 17 de Julio de 2018

GUÍA DE LECTURA

Tlaquetzalli, de Enrique Soriano Valencia

Jaime Panqueva

Aztlan
Aztlan

En náhualt a los relatos o fábulas se les llama tlaquetzalli, pero también el mismo vocablo, según Sahagún, se empleaba para las piezas enhiestas de madera que soportaban las puertas de una casa y a su umbral. Para otros, el vocablo también se emplea para designar un objeto precioso, de gran valor.

Traigo a colación la polisemia de la palabra porque hace un par de meses se presentó en la FENAL el ejemplar de relatos de Enrique Soriano Valencia con este título, Tlaquetzalli (La Rana, 2018).

De Soriano, un enamorado y cultor de la lengua española, había comentado hace algunos años su  Chispitas de lenguaje y publicado cuentos de ciencia ficción y corte histórico en La trinca del cuento del diario AM, todos ellos muy recomendables. Su afición por el mundo prehispánico me era desconocida hasta leer su saga de relatos donde el culto a la palabra, a la huehuetlatolli, aquel mensaje que debe legarse de generación en generación para otorgar sentido a nuestra vida, nos acompaña en un viaje que parte de la antigua Aztlán y termina en las mazmorras de la Nueva España a órdenes de Felipe II.

En estas épocas donde la palabra vale cada vez menos, Soriano rescata a ese mundo místico donde todo el sentido se reside en aquellas que pasaban de padres a hijos, y por medio de los relatos míticos el hombre asumía su lugar como guardián de un universo en constante riesgo de desequilibrio.

La herencia prehispánica como un privilegio poco comprendido, y el mestizaje con su gran potencial armónico y generador de posibilidades, lateN en Tlaquetzalli gracias a una pluma clara y sensible. “Soy el encuentro de dos caudales. Cada uno con sus barbaridades y sus valores”, Espeta Martín Cortés El Mestizo en la prisión. “Es extraño, pero a pesar de las atrocidades, en ambas también está la semilla para amar y respetar a los demás. Ninguna raza supo encontrar el medio de conciliar su pensamiento con los hechos. En la voz endiosada de cada raza está la semilla que busco.”

Tlaquetzalli como columna enhiesta que sostiene nuestra herencia bicultural, el umbral hacia el reconocimiento de nuestro mestizaje. Tlaquetzalli como los relatos que nunca escuchamos de nuestros antepasados, resucitados a la época del dataísmo. Tlaquetzalli como recipiente precioso de la imaginación y de nuestra historia.

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

[Ir a la portada de Tachas 266]