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Gusto u obligación, esa es la cuestión

Eduardo Celaya Díaz

Eduardo Celaya Díaz
Eduardo Celaya Díaz
Gusto u obligación, esa es la cuestión

Jueves por la tarde. Estoy viendo mi monitor y recibo un mensaje de un amigo: “Vamos al teatro, hoy hay estreno y es muy buena”. Evidentemente, acepto de inmediato, no todos los días tengo la oportunidad de ir al teatro, gratis, y acompañado por alguien que le sabe. La anticipación ante el evento es buena, es una obra que me gusta mucho, que he visto ya en una versión bastante interesante y quiero ver otra propuesta, así que me lanzo con gusto a la cita.

No contaré mi experiencia… la cual fue, por no quemar gente, desastrosa. No diré el nombre de la obra, el elenco o el director, porque dicen que si no tienes nada bueno que decir, mejor no abras la boca. Pero mi decepción fue descomunal, incluso peor porque las alabanzas, las ovaciones de pie y el aplauso estruendoso me sacó de onda. ¿Por qué aplaudían tanto si estaban destrozando un clásico? Y no sólo destrozando, habían abierto la tumba, pisoteado los restos, escupido en el epitafio y tirado los huesos a un canal de aguas negras. (No, no me gustó nada la obra.)

Me puse a pensar entonces, ¿por qué veo entre el público a la misma gente que siempre veo en los estrenos, y que además, cuando estrenan, tienen a la misma gente que ahora está en el escenario, entre el público? No negaré que el “gremio” de teatro no me gusta, más allá de la pose y el quedar bien entre ellos mismos, la reflexión me llevó más allá. ¿Por qué no veo al espectador de a pie, al godínez, al ama de casa, al estudiante promedio entre el público? Porque (¡oh, sorpresa!) el teatro en México está diseñado única y exclusivamente, para la gente de teatro.

¿Repercusiones? Son varias. Las temporadas fracasan porque para tener público, hay que regalar cortesías, porque tu amigo actor también te dio cortesías. Las becas son necesarias para producir, porque no entra dinero, y el lenguaje que se utiliza en la escena es el mismo que se escucha en el salón de clases de teatro, exclusivo para los iniciados y los que forman parte del grupo selecto. Entonces, ¿cuándo se va a pensar en el público? No lo sé. Qué tragedia (sic).

Esto me lleva a pensar otra cosa. Muchas veces cuando he platicado con mis compañeros de teatro, una idea suele repetirse: “Es que la gente no va al teatro, prefieren quedarse en su casa viendo la asquerosa televisión o consumiendo un partido de futbol”. Y yo (ingenuo todo) asentía. Le metemos tanto esfuerzo, dinero, tiempo, energía a producir una obra, que no nos explicamos por qué la gente no va a vernos. Pues es muy sencillo: porque jamás nos detenemos a pensar en lo que el público quiere y asumimos que es una obligación que vayan a vernos, porque pues estamos haciendo cultura, estamos haciendo arte, la máxima expresión humana, y tienen que ir a vernos porque les vamos a enseñar algo.

Suena bastante pedante, ¿no? Pues así pensamos la gente de teatro. Que estamos haciendo algo tan valioso, tan celestial, que es obligación del público ir a vernos y, además, pagarnos, porque somos superiores. Vamos, ¡somos artistas! Jamás pensamos en que estamos participando en un mercado, en donde hay competencia y donde el consumidor tiene poder de decisión, y si algo no le gusta no lo va a consumir. Al espectador no le gusta ir al teatro a ver algo que no entiende, con chistes con referencias que no conoce y que, además, le digan que es un tonto iletrado porque no se ríe. No podemos ponernos a exigirle al público que nos consuma, si no le ofrecemos algo que le guste, bajo la premisa de que tenemos la razón, que lo que hacemos es lo bueno, y que si quieren ser cultos, tienen que aplaudirnos de pie.

Entonces, regresando al desastre garrafal (al menos para mí) que fue esa obra que fui a ver, entiendo por qué la gente aplaudió de pie, alabó como la octava maravilla esa propuesta, y dijo que esperaba con ansia ver la siguiente obra del director (otro clásico que me negué a ver, porque me iba a doler). Porque esa persona a la que le aplaudían eran ellos mismos. Ego puro señores. Y miren, si el actor quiere regodearse en su propia imagen, adelante, que en su íntimo círculo de amigos y conocidos hagan lo que quieran, pero no debemos pretender que el mundo sea como lo imaginamos, porque entonces de artistas nos falta solo la “h” al inicio.

Tal vez como gente de teatro no nos guste pensar que hacemos un producto para ser vendido y consumido, pero lo siento, así es el sistema económico, y más vale entenderlo y aceptarlo, o seguir remando contra corriente. Y si usted, espectador, no quiere ver una obra porque no le atrae o no le gusta que le llamen ingenuo e iletrado, pues no vaya. A fin de cuenta es su dinero y usted sabe en donde lo invierte.

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Eduardo Celaya Díaz
(Ciudad de México, 1984) es actor teatral, dramaturgo e historiador. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

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