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03:43h. Sábado, 18 de Agosto de 2018

Flower power: una para Ralf Ortiz

Esteban Cisneros

Paul Simon -  Graceland
Paul Simon - Graceland

Ralf Ortiz adoraba León. Y no lo digo así como así: él me lo dijo. Y yo se lo creí. Porque, mal que mal, estábamos de acuerdo en muchas cosas. Incluso en esa.

Cuando venía Ralf, ya todos sabíamos que había que hacer, como un ritual, dos cosas: ir a buscar discos a todos los lugares posibles y darnos una tarde para cocinar. Lo primero, de preferencia, se hacía desde temprano, porque Ralf odiaba escanear las tiendas, los bazares y las librerías: él quería detenerse disco por disco y, si había algo que decir de alguno, jalarlo de su caja, cajón o rack, y decirlo. Así, Ralf tomaba un álbum y me contaba una historia en dos o tres minutos mientras lo sostenía en sus manos, para luego comentar que tenía tres o cuatro copias del disco, y lo volvía a dejar en su lugar (o me obligaba a comprar una, si confesaba aún no tenerlo). Lo de él no era tanto el diggin’ como la narrativa. Y la preocupación por que todos tuviéramos cosas que narrar que valieran la pena.

Así que nos íbamos tardes enteras a cumplir con el ritual. Yo, encantado. Cuando voy solo de cacería de discos, suelo ser sistemático y práctico; eso me ha dado buenos dividendos, y Ralf lo respetaba mucho. Alguna vez, incluso, ay, le gané un One Trick Pony de Paul Simon en excelente estado, de una caja por ser fiel a mi método. Él lo aceptó de buen modo, como un tenista que saluda a su oponente, pero se desternilló cuando sacó el disco de la funda, cuando ya íbamos caminando por la calle, porque era una edición mexicana. En la etiqueta del disco, en lugar del título original en inglés, estaba impresa una improbable y divertidísima traducción: Caballito mañoso.

Paul Simon viene a cuento porque en nuestros viajes en coche por León (yo conductor, él copiloto majara) nuestro soundtrack favorito era Graceland. Ralf decía que era una obra maestra y, aunque yo ya lo sabía, le decía que sí, porque era lo que tocaba hacer para que sucedieran cosas. Él se ponía a vociferar, todo dulce como él era, que Graceland era “la” obra maestra, porque en cuanto poníamos play, cantábamos de inicio a fin. A veces, él cantaba las armonías y las voces de Ladysmith Black Mambazo, siempre con un poco de burla y un mucho de admiración, casi sin aliento. Pero también porque en cuanto lo poníamos a sonar, comenzábamos a hablar de todo lo que implica Graceland, de Paul Simon: y la conversación se bamboleaba entre el folk y la música africana y Saturday Night Live y Nueva York y los acordeones y Forere Motloheloa y Sudáfrica y Art Garfunkel y Elvis y la Guerra Civil y los divorcios y los acordeones y el terrorismo y las fiestas de artistas en apartamentos minimalistas rentados y comida exótica y el judaísmo y el hombre en la luna y Los Lobos (¡los adoraba!) y Linda Rostandt y Miriam Makeba y el dinero y las armonías vocales y el apartheid y los boicots (y cómo Roger Waters no logra entenderlo todo a pesar de su arrogancia o precisamente por ello) y Paul Weller y National Lampoon y el cristianismo etíope y el zydeco y la depresión y la soledad y los corazones rotos y cómo combinan tan bien con las mentes brillantes y los ochenta y Harry Belafonte y Woody Allen y Vampire Weekend y un montón de cosas que tenían que ver de manera directa con Graceland, sin rizar el rizo. “Por eso es una obra maestra", decía Ralf. Y yo asentía. Pero luego cambiaba el track hasta el 6 y cuando comenzaba a sonar “You Can Call Me Al” se ponía a bailar, sentado en su asiento del copiloto, agitando su copete gris, y cantaba palabra por palabra con una convicción que ni Paul Simon se creería.

Íbamos así, una tarde, con la cajuela llena de discos y los sobacos, de sudor. Estábamos cansados y queríamos llegar a casa para refrescarnos, tomar tal vez una cerveza (tenía unas cinco en el refrigerador) y cambiarnos para salir en la noche a escuchar música en vivo. En el estéreo del auto sonaba “I Know What I Know” y Ralf cantaba en voz alta y hacía énfasis, como si le gustara mucho, en esa línea que dice She said don’t I know you from the cinematographer’s pa-arty y se callaba en el coro, como si no quisiera perder detalle del asunto. Incluso cerraba los ojos.

Avanzamos. Yo escuchaba una combinación preciosa del ruido de la ciudad, Paul Simon, el zumbido de un motor japonés y Ralf Ortiz cantando. Ni “Revolution 9” se le acerca y, lástima, este collage sonoro ya sólo existe en mi cabeza. Ojalá nunca se me olvide. Escribo, en parte, para eso.

En un cruce, nos detuvimos en el semáforo. Llevábamos las ventanillas abajo. Había cuatro o cinco autos frente a nosotros. Un vendedor de rosas apareció a lo lejos. En cuanto lo vio (y se quedó viéndolo con atención uno, dos segundos), Ralf se puso a rebuscar en sus bolsillos, sin hablar, sin cantar. Cuando el vendedor se acercó, me pidió con un gesto que bajara el volumen de la música. Obedecí, sin entender del todo qué pasaba. Sacó la cabeza por la ventanilla y lo llamó, con otro gesto de mano (gestos como de patriarca, más que de dictador). El chico, de unos dieciséis años, ay, se acercó con el rostro iluminado del que va a hacer la primera venta del día.

Ralf soltó una risilla. Preguntó el precio de un par de rosas, de tres, y pagó el doble. El chico las entregó y Ralf las tomó, pero todavía hizo un gesto más, como un Vito Corleone benévolo que va a decirle algo importante a un amigo. El chico se acercó más a Ralf y él le dijo algo al oído. Primero, puso cara de sorpresa. El chico, quiero decir. Luego, le dio una palmada amistosa en el brazo, de una complicidad alarmante, a Ralf, y le dio un puñetazo amistoso en el hombro. Como si se conocieran de años. El chico se guardó el billete e hizo otro movimiento extraño, como un pasito de salsa, y se retiró dando brinquitos.

Me reí, sin comprender. Ralf olió las flores y volvió a reírse. Y, como si él coreografiase toda la escena, el semáforo se puso el verde. Avanzamos. Quise subirle de nuevo a la música, pero preferí preguntarle de qué se había tratado todo eso, allá atrás, con el chico de las rosas. “Le compré un par”, respondió, socarrón. “¿Y qué le dijiste?”, le pregunté, ya un poco ansioso. “Le compré dos rosas”, insistió. “¡Y le pagaste el doble!”, repliqué.

Nos quedamos en silencio un rato más. Paul Simon sonaba a medio volumen, “Homeless”, con toda su preciosa solemnidad. Ralf soltó una carcajada, un JA-JA-JA pausado pero ruidoso, desde el fondo de sus pulmones de gigante, con ronquera de habano fino. Y entonces dijo:

–¡El pobre traía el cierre abajo! –y volvió a reírse franco, manoteando en el respaldo del auto. Y se estiró para cambiar el track que sonaba. Comenzó “Crazy Love, Vol. II”. Todo cobró sentido. El chico había empezado así su día y Ralf se lo corrigió, lo hizo reír, y le pagó por el consejo, en lugar de cobrárselo.

Hicimos el resto del trayecto entre carcajadas. Cuando llegamos a casa, Soul nos esperaba. Entramos hechos unos memos babeantes, unos sabios talmúdicos, unos imbéciles, unos genios, con taquicardias por las risotadas. Y con un par de flores (¿o eran tres rosas?) que Ralf le extendió a Soul. Ese cabrón pensaba en todo. En todo.

Durante la cena, seguimos riendo. Nunca pudimos explicarle a Soul lo que pasaba, pero igual se rio. Con ganas. Hasta que le dolió la panza.

Ése era Ralf. Ése era Ralf Ortiz, carajo.

C/S.

 

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Esteban Cisneros (León, Guanajuato) es panza verde, músico de tres acordes, lector, escritor, dandi entre basura. Cuanto sabe lo aprendió entre surcos de vinilo y vermú y los Beatles. Está convencido de que la felicidad son los 37 minutos que dura el primer disco de Dexys Midnight Runners. Procura llevar una toalla a todos lados por si hay que hacer autoestop intergaláctico.