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06:47h. Jueves, 20 de Septiembre de 2018

Diario de una millennial musicómana y nostálgica

El gran Erre O A (en homenaje a Rafael Ortiz Aguirre)

Daniela Aguilar

El gran Erre O A (en homenaje a Rafael Ortiz Aguirre)
El gran Erre O A (en homenaje a Rafael Ortiz Aguirre)

La ciudad se siente como haber tomado las medicinas de mamá por accidente, abrir los ojos y estar en un semáforo, abrirlos de nuevo y estar en el bulevar. Vértigo.

La vida pública y la íntima se unen aquí, son una misma. En la misma burbujita insolente vienen y van noticieros, programas de radio, trabajo, escritorio, horarios. Para salir de ahí hay que ser un loco.

Como quienes caminamos por la calle sin pisar las líneas, contando cuántos cuadros llevamos sin hacerlo, como los que fotografían caras desconocidas y les inventan una historia, como los que entre dos edificios bien erguidos pero llenos de infelicidad, de reglas absurdas, de deber ser (para todos, menos para uno mismo) eligieron una callejuela absurda o dieron una vuelta en falso y acabaron allí, tras la pista ruido que habrían de seguir el resto de sus vidas. Un laberinto, porque cuando se llegaba al sonido había otro llamando ya. Porque cuando no hubo más sonido, prefirieron seguir sin mapa que volver.

Desconozco el origen de su obsesión, pero no me es ajena. Cuando lo vi parecía no caber ahí. ¿Qué en el mundo hacía ahí un sujeto con tirantes, mochila de la versión Disney del Libro de la Selva y tantos pines que seguro le pesaba traerlos? Sólo había escuchado sobre él. Pero al verlo, me di cuenta de que estaba por conocer a alguien importante.

El día antes había comenzado el segundo seminario Estéticas del Rock en la Universidad Iberoamericana. Mi primer seminario, mi primer muchas cosas. Por eso es difícil olvidar que yo era una quinceañera ansiosa esperando ver a alguien conocido en la multitud que vi al llegar; los nervios eran tremendos y cómo no: esa misma quinceañera hablaría ante un público inusual, extraño, tal vez agresivo, por primera vez. Pero él me vio a lo lejos y alzó la mano. Cuando estuve a su lado, me saludó como si me conociera de toda la vida y, así, de súbito, sacó ese humor tan inusual que se cargaba y a mucha honra.

El Seminario se fue, entre bromas, gritos. “¡Los Ju, culero!” Y fotos que ahora guardamos con más cariño que nunca. Al año siguiente también lo vi, con su rodilla de plastilina (la mala) y la otra peor, las mismas que el año pasado le habían permitido bailar salsa en un estacionamiento. Decía que para bailar salsa había que hacer como si uno hubiera perdido un lente de contacto en el suelo de un lugar atestado. Y así, con ese ademán de buscar una lentilla, se convertía de repente en un Tin Tán gigante y guapachoso.

Sus historias fueron las más divertidas, las más épicas. Loncherazos, clases magistrales de cómo hacer el tape perfecto para conquistar a una chica y de paso el manual de cómo bajarle a la neurosis y subirle al ruido. Me corrijo: él no creía en los manuales estándar pero sí en que había manuales de supervivencia de todos los colores y sabores, que él había encontrado alguien que le susurraba al oído, aunque no lo conociera (siempre andaba con sus Discman y sus audífonos), que cuando eso pasara, ahí era.

Un tipo rudo, lo llevaba tatuado en los nudillos. Un tipo cursi, también llevaba tatuado el nombre de su hija y hasta algunos de sus ídolos. Un majareta, la primera vez que escuché de él fue porque había comprado tantos discos que, siendo un tipo grande, hubo que ayudarle a cargar las cajas. Un tipo sensato, que atacaba a diestra y siniestra ese México clasista del que tanto se quejaba.

Los Seminarios quedaron atrás. En abril de 2018, ese ciclo se cerró en San Luis Potosí, donde nació y donde vivió los últimos años, después de largas temporadas en Los Ángeles y León. Nos despedimos en un auditorio. No sé cómo suene una ciudad, no sé si a los humanos del futuro les importe qué escuchábamos, cómo nos configuramos entre historias ajenas y nos las apropiamos. Igual y en unos años ya nada de esto importará, ni la esperanza de sobrevivir a las generaciones y esperar que a las próximas les guste lo mismo que a nosotros. No, no tengo una idea de si eso pase. Con el tiempo nos gusta huir, darle la vuelta a lo que nos toca porque es más fácil desaparecer, no responder a los que nos importan y dejar todo a los demás.

Lo que sí sé es que no se va en vano. Doloroso, sorprendente, inesperado, pero no se va en vano. Nos toca honrar su idea de la libertad ante todo. Ante todo. De la música como contacto con uno mismo y con los demás. De las letras como privilegio de la humanidad. De la risa como reflejo de la inteligencia. De la inteligencia como derecho, no como privilegio.

Gracias, Rafael Ortiz Aguirre, tío Ralf. Te fuiste muy pronto.

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Daniela Aguilar
(León, Guanajuato, 2001) es estudiante, escritora en ciernes y entusiasta de los discos. La música pop transformó su vida. Siente una extraña nostalgia por épocas que no vivió, pero ama con intensidad su era de las redes sociales y la inmediatez.

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