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10:15h. Viernes, 17 de Agosto de 2018

Oeste salvaje

Fernando Cuevas

The wild, wild country
The wild, wild country

Territorio para construir una utopía hedonista, el (no tan) viejo oeste como ese mundo donde nos tocó vivir, acaso asociado a la búsqueda de respuestas que den sentido a la vida, siempre dependientes de una figura que mueva los hilos, o al menos que permita la evasión extrema, dado que hay muy poco que perder y un poquito más qué ganar, sobre todo en comparación con la situación existencial previa. Los vacíos se cubren de alguna manera para apaciguar las crisis, en el  mejor de los casos, o bien para generar expectativas que tarde o temprano se verán defraudadas. O no.

Ante los espacios dejados por las grandes religiones dadas las atrocidades cometidas por algunos de sus supuestos representantes (pederastia y terrorismo por ejemplo), entre otras causas que se relacionan con el anquilosamiento y la incapacidad de mantener un diálogo con los tiempos que corren, diversos grupos con diferentes intenciones y maneras se han ido presentando como la alternativa para dar cauce a las dudas espirituales y al sentido trascendental de la persona: unos con buenas intenciones (de las cuales está empedrado el infierno, dicen) y otros de carácter más siniestro en los que se privilegia el dinero y el poder, en ese orden (ahí está el caso reciente de NXIVM).

Sectas se les llama a algunas de estas asociaciones, a partir de un significado peyorativo por su carácter oscuro, manipulador y enajenante, que más bien busca explotar las debilidades o carteras de sus miembros para beneficio del supremo y sus cercanos. Como algunos partidos políticos, digamos, sin la venta de paraísos pero acaso sí de canonjías. Por ejemplo, en el caso de la cienciología, The Master (Anderson, 2012) desde la ficción y Going Clear: Scientology & the Prison of Belief  (Gibney, 2015), desde la perspectiva documental, han profundizado en algunas de las prácticas comunes de los grupos y las relaciones entre líderes y feligreses.

Choque de grupúsculos

Producida por los hermanos Duplass, entre otros, y realizada por los también fraternos Maclain y Chapman Way (The Battered Bastards of Baseball, 2014), Wild Wild Country (EU, 2018) es un brillante, revelador, incisivo y poliédrico documental elusivamente fotografiado y musicalizado, acerca de la edificación a principios de los ochenta en el poblado de Antelope (Oregón, EU) de una comunidad por parte de la secta de los Rajneeshees, provenientes de la India y cargando ciertos problemas legales relacionados con el manejo de los dineros, que venían liderados por el polémico Bhagwan Shree Rajneesh, dueño de una buena colección de Rolls-Royce (esa parodia de Los Simpson), entre otras linduras como sus Rolex, bien aceptadas por sus incondicionales.

Promotor del sexo abierto y el disfrute de sustancias de procedencia indefinida, entre otros gustitos terrenales, en consonancia con la liberación de las conciencias, el gurú con toda el aspecto necesario para dar la pinta y que después sería renombrado como OSHO, como para mantener el negocio a pesar de las disputas con la ley, fue construyendo una comuna mucho más liberal en términos de prácticas sociales que el contexto a donde llegó, quizá estirando la fantasía hippie pero con un trasfondo entre mercantil y controlador (¡esos tipos con metralleta cuando salía a hablar sin decir mucho!). El conflicto con los locales fue escalando por las causas de siempre: la necesidad del poder y de controlar el ser y hacer de los de junto. Además del dinero, por supuesto.

El texto fílmico se estructura en seis episodios de alrededor de una hora cada uno, a partir de la reunión de un apabullante material de archivo (300 horas), notablemente editado e integrado a puntuales entrevistas realizadas a los sujetos principales de la trama, recuperando su perspectiva a toro pasado, siempre en contraste con los sucesos acontecidos: Sheela, la radical segunda de abordo que, desde luego, termina enfrentada con el líder; Philip Toelkes, el abogado fiel creyente; los lugareños en franca oposición, con su buena cuota de cerrazón y conservadurismo; Jane Stork, la australiana que lo dejó todo para unirse al grupo; los representantes de la ley, recordando los momentos álgidos y algunos conversos tanto convencidos a la fecha como otros decepcionados del sueño que no fue.

A diferencia de otros documentales que asumen una postura claramente denunciatoria o propagandística (lo cual es válido siempre y cuando sea transparente), aquí estamos frente a una planteamiento que busca más describir que valorar, dejando que sean los hechos y las voces de los involucrados –de todos los “bandos”- quienes hablen para que el espectador se forme una opinión al respecto. Aunque la historia es conocida, la forma de narrarla y los sentidos que construyen las personas terminan por ser reveladoras, además del enriquecedor discurso para analizar cómo se puede mezclar el poder político con las creencias de otra índole, generando, en efecto, un choque si no de civilizaciones, sí al menos de grupúsculos contrapuestos.

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