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03:29h. Martes, 26 de Marzo de 2019

Fumadores [XXXII]

Balthus

José Luis Justes Amador

Batlhus
Batlhus

A pesar de las entradas y de las arrugas en la frente, podría parecer un adolescente jugando con un gato sin más. A pesar de la camisa y de la pose relajada, podría parecer un actor de cine francés de los años sesenta. A pesar de todas las circunstancias de la fotografía, Balthasar Kłossowski de Rola podría ser cualquier otra persona, pero probablemente esté relajándose entre un cuadro y otro. Lo importante (sea un adolescente, un actor o quien sea) es esa mirada, de ojos entrecerrados, penetrante y ese cigarrillo que cuelga de sus labios.

El cigarrillo que fuma está, como siempre, colocado al centro de la fotografía. Entre su mirada y el gato que parece recibir, que recibe, todas sus atenciones, está ese cigarro colgante. Un cigarro que puede ser muchas cosas. Puede que sea el descanso necesario tras una mañana de trabajo. O quizá sea un cigarro después de desayunar, esperando que la inspiración o la modelo lleguen. Quizá sea simplemente un momento cotidiano y de espera de algo que al no haber llegado, aún no sabe exactamente qué es. Pero lo importante está en esa imagen central del tabaco, sin humo, sin ceniza casi, como epítome de recompensa o espera. El cigarro como símbolo de algo más.

Parece una fotografía sin más, como si el pintor hubiera sido capturado sin saberlo. Lo parece pero conociéndolo, conociendo su obra, todos los detalles están pensados. Balthus pensaba en su inmortalidad, como pintor, como persona, como uno de esos escritores que dejan sus diarios preparados para la publicación. Como pintor fue poco prolífico, pero al igual que Vermeer, otro pintor de exigua obra, todo lo que hizo son obras maestras. Tal vez el cigarro sea el convencimiento de que ha terminado una, o que la idea que le acaba de llegar será una.

En ese cigarro, probablemente Gaulois o quizá liado con algún tabaco inglés carísimo –regalo de uno de sus mecenas-, que cuelga de sus labios, están todas las posibilidades. Fumar como un modo de abrirse al mundo o de recibir lo que el mundo envía. En ese cigarro está el trabajo hecho y el por hacer, la caricia al gato y el arañazo que éste puede darle, la ropa interior entrevista de una adolescente y el deseo posterior, la obra maestra y cada uno de los detalles que la componen. En ese cigarro está Balthus y sus cuadros y estamos también, en cierto modo, cada uno de los que lo hemos disfrutado.

(En 1967 la Tate Gallery de Londres organizó una exposición de Balthus y pidió al artista que esbozara los datos biográficos que deseara incluir en el catálogo. A lo que él respondió: La mejor manera de comenzar es decir: Balthus es un pintor del cual no se sabe nada. Y, ahora, contemplemos sus obras. Mientras fumamos).

 

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