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¡Equilibra tu vida!

Chema Rosas

 

Chema Rosas
¡Equilibra tu vida! - Chema Rosas
¡Equilibra tu vida!

Hace unos días en mi camino a la puerta de un Oxxo me hallé una publicidad pegada que tenía por un lado la foto de una enorme botella de agua embotellada seguida de la operación matemática 2 x 1 y la leyenda Equilibra tu vida.

Por unos momentos mi cerebro perdió su capacidad de relacionar los elementos con su contexto –la culpa de eso la tienen mis papás que no me permitieron jugar suficiente Tetris cuando mi cerebro se formaba– así que tardé unos minutos en comprender que lo que estaba observando era un anuncio… pero esta pieza dadaísta de la mercadotecnia contemporánea confundió mi cerebro al mostrar la botella tamaño sobrenatural de agua mineralizada, una expresión matemática incompleta y esa frase en imperativo que me conminaba perentoriamente a poner mi vida en simetría.

Y no es que sea algo nuevo para mi cerebro recibir este tipo de órdenes. Vaya, la voz que habita el fondo de mi cabeza siempre está gritando consignas como “¿En qué estabas pensando? Pon en orden tu vida de una buena vez” (es una consigna terrible para una marcha, lo sé, pero esa voz no es creativa y es terrible con las rimas) y casi siempre tengo que pensar en una buena excusa para auto engañarme y sentirme menos mal y así apaciguar la manifestación del fondo de mi cabeza que exige mejores decisiones y sentido común. El punto es que al leer Equilibra tu vida así, en letras blancas sobre fondo azul, en vez de avergonzarme y pensar en un pretexto, me hallé gritándole al letrero que no me daba la gana armonizar mi vida, que dos por uno es igual a dos y que podía guardar su botellota de agua ahí donde no le da el sol, para que no se calentara.

No niego que el equilibrio sea algo bueno e indispensable para la existencia del universo y un montón de cosas divertidas. Entre otras cosas importantísimas sirve para:

  • Que sea posible la vida en el planeta
  • No caerse de la bicicleta
  • Dar más de dos pasos sin darse de topes con el suelo
  • Balancearse en una cuerda floja entre dos edificios
  • Dar una patada con giro saltando y verse bien
  • Un montón de cosas útiles para el buen funcionamiento del cuerpo
  • Meternos a bañar con agua tibia –equilibrio térmico– y no rompernos la nuca al resbalarnos con el jabón
  • Caminar por la bardita sin caernos (esta habilidad es muy apreciada en cualquier patio de recreo)
  • Tocarnos la nariz con ambas manos de forma alternativa mientras nos sostenemos en un solo pie (aunque jamás he sido capaz de hacerlo sobrio)
  • Hacer malabares y ser el alma de la fiesta
  • Balancear libros sobre la cabeza y mejorar la postura
  • Para no irnos de lado cuando cargamos las bolsas del supermercado
  • Para no dejar que un solo aspecto de nuestra vida absorba todo nuestro tiempo y energía
  • Para que la naturaleza no nos aniquile de inmediato.

Y es que, aunque reconozco la necesidad e importancia del equilibrio, creo que es un concepto sobreexplotado, particularmente por los vendedores de lechuga, de agua sin calorías y los editores de libros sobre filosofías orientales descafeinadas con citas motivacionales, mandalas para colorear y licuados medicinales y milagrosos. Muchos de estos vendedores lucran con la idea de que es posible que las personas estemos equilibradas… pero no advierten que eso es algo potencialmente aburridísimo si se practica en exceso.

A fin de cuentas, el equilibrio es el estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente. En otras palabras, es un estado en el que las cosas se quedan como están. Hermosas, pacíficas, armónicas, iluminadas, estáticas o en movimiento, pero así se quedan. ¿Qué clase de persona querría pasar por la vida en completo equilibrio? ¿Qué aprenderíamos de ello? ¿Por qué se subiría alguien a la cuerda floja si no existiera el riesgo de dar un mal paso?

Cuando era niño uno de mis juguetes favoritos era una balanza descompuesta. Como no estaba bien calibrada, podía pasar horas poniendo cosas diferentes en los platos para que por fin quedara en equilibrio… entonces perdía el chiste. Jean Piaget –afamado psicólogo suizo que no me acabo de inventar– le llamaba a esta situación sensación de desequilibrio motivadora y es necesaria para dar significado y aprender de nuestras experiencias, pero el desequilibrio también sirve para:

  • Darnos cuenta de que la vida es posible en el planeta
  • Caerse suficientes veces y aprender a andar en bicicleta
  • Encontrar que tropezarse no es tan terrible
  • Emocionarse cuando hay un equilibrista haciendo su magia
  • Lastimarnos para sanar
  • Valorar el agua tibia y agradecer que alcanzamos a agarrarnos de la cortina antes de desnucarnos en la regadera
  • Conocer lugares a los que no habríamos llegado más que a tropezones
  • Apasionarnos con algo sin importar que absorba nuestro tiempo

Creo que una cantidad adecuada de caos es necesaria para mantener interés en la trama. Si el objetivo de la vida es encontrar el equilibrio, entonces espero lograrlo sólo en el último segundo. Estar en equilibrio es una buena y sana aspiración, pero prefiero que en cuanto crea haberlo alcanzado venga algo distinto de un lugar que no esperaba a sacarme de balance. Porque, aunque el golpe final puede ser doloroso, la sensación de caída es emocionante y nos hace reaccionar a la vida. ¿Y a quién no le gusta que le muevan el tapete?

notengomeil@gmail.com

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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