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17:20h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Fumadores [XL]

Las cigarreras cultas

José Luis Justes Amador

Las cigarreras cultas
Las cigarreras cultas

Hay mil y una imágenes que explican cómo los puros Montecristo y los Romeo y Julieta llegaron a llamarse como se llaman. Las imágenes, mil y una vez vistas, muestran un enorme galpón, casi vacío, en el que se agolpan, nunca mejor usada la palabra, decenas y decenas de cigarreros y cigarreras preparando, enrollando, las hojas de tabaco. Y, en medio de la sala, o al principio en algunas fotografías, alguien, casi siempre un hombre, está leyendo un periódico, por aquello de estar al día, o una novela, normalmente uno de esos folletines del siglo XIX que garantizaban el suspense y, por lo tanto, la atención, o clásicos ineludibles de la dramaturgia y el amor. Los trabajadores y trabajadoras dejaban por unos instantes, por unos minutos si la emoción era grande, sus labores para aplaudir, golpeando las mesas con los mangos de sus curvados cuchillos, expresando así su satisfacción ante el texto leído. De esos mangazos de aprobación a la novela de Dumas y a la obra maestra de Shakespeare surgieron el nombre de dos de los habanos más conocidos incluso entre los no fumadores.

“Hoy, incluso en el corazón de los talleres, y durante las horas de trabajo manual, la imaginación está ocupada en las verdades filosóficas y científicas… Hablan y discuten. Leen las obras de los grandes autores modernos y se consultan el uno al otro… En resumen, hacen todo lo que pueden para aprender y continuar por el camino de la civilización” (La Aurora, 7 de junio de 1866).

La tradición ya estaba establecida desde el siglo diecinueve. Un trabajo mecánico, repetitivo, constante en sus pocos movimientos, puede soportar perfectamente que uno de los sentidos no implicados en la labor vaya por otro lado. En este caso el oído a su función principal: escuchar. Y no cualquier cosa. Y, si podemos aplicar nuestra experiencia a alguna ajena, todo parece indicar que resultara siempre más cansado estar hablando durante ocho horas, por mucho ron que se pueda beber, que estar repitiendo una y otra vez el mismo movimiento de la mano. Los lectores, y eso tal vez resulte lo extraño en estos de postneoliberalismo, no eran ni elegidos por la empresa que tampoco les pagaba. Eran los propios trabajadores los que establecían comités de selección y que le pagaban al elegido con contribuciones sacadas del propio sueldo de los trabajadores.

La tradición, por más anticuada o extraña que pueda resultarnos ahora, se mantuvo viva durante años. La fotografía, ese acercamiento a una de las trabajadoras y a su lector como si estuviese cumpliendo la labor para ella, es de una fecha tan tardía como 1960. Hay algo, sin embargo, extraño en la fotografía. Esa sonrisa que no demuestra cansancio, ese enorme habano en la boca de ella, la mala calidad de lo leído que parece ser un vulgar tebeo o una novelita romántica sin mayor calidad literaria, el trazo poco cubano de él. Puede que mi visión no sea sino prejuiciosa pero por más y más que miro esa fotografía no dejo de pensar que hay demasiadas cosas extrañas en tan poco espacio como para que me llame la atención por su veracidad. Lo único cierto parece ser el puro que ella fuma con tanta maestría.

Todavía hay lectores en las factorías cubanas de puros.

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