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08:09h. Sábado, 17 de Noviembre de 2018

Caballerosidad pavloviana

Chema Rosas

 

Caballerosidad pavloviana [The Promised Land, Monty Python, fotograma]
Caballerosidad pavloviana [The Promised Land, Monty Python, fotograma]

Hace muchos años iba caminando por las calles del Centro Histórico con mi abuela. Yo tendría unos doce años y ella era tan joven y llena de vida como ahora. El caso es que salimos de la zona peatonal a la altura de la Madero y cuando llegamos a la banqueta sentí un zape que me desacomodó las ideas y un pellizco que hasta hoy mis amigos confunden con un tatuaje mal logrado en el brazo izquierdo. Cuando me recuperé de la impresión me di cuenta de que, con la acción combinada de ambos golpes llenos de vida, mi abuela me había posicionado estratégicamente del lado de banqueta que da hacia la calle y sentenció:

–¿Me estás vendiendo? ¿O qué te pasa?

Yo estaba tan confundido que no sabía si ir al hospital para que me arreglaran el brazo o a la cárcel por intentar vender a mi abuela. Ella notó lo perplejo de mi semblante y procedió a explicar que, si fuera tan suertudo como para acompañar a una mujer por la calle, jamás debía permitir que ella fuera del lado por donde pasan los coches, pues estaba insinuando que tal fémina tenía reputación cuestionable. Si en cambio, la gente me ve caminar del lado exterior de la banqueta acompañado de una fémina que caminara del lado de las casas, la gente captaría el obvio mensaje de que la voy protegiendo de cualquier peligro, incluidas las garras de los facinerosos. Eso me convertiría de inmediato en un caballero ante los ojos de la sociedad.

Hasta entonces yo entendía que para ser un caballero era requisito ponerse de rodillas ante un rey o reina que tocara mis hombros y cabeza con una espada, tras lo cual me levantaría, pero mi nombre ya no sería el mismo, sino algo que empezara con Sir. Mi papá bromeaba con que podía ser Sir Uela, Sir Cunferencia o Sir Quero, pero yo quería ser caballero como los de la mesa redonda, que además de usar espadas y armaduras vivían –y morían-  de acuerdo a una serie de reglas a las que le llamaban Código de Caballero y que me parecía genial:

  • Temer a Dios y mantener Su Iglesia: De niño creía que temerle a Dios significaba tenerle miedo, y cuando en el catecismo me enteré de cómo resolvía las cosas en el antiguo testamento, no me parecía mala idea estar de su lado.
  • Proteger al débil y al indefenso: Los caballeros son los que están del bando de los buenos. Puede haber algunos caballeros malvados, pero sus armaduras son negras y son derrotados al final.
  • Socorrer a las viudas y a los huérfanos: Totalmente de acuerdo, porque seguro necesitan ayuda y un pañuelo… por alguna razón nadie habla de los viudos, que imagino tampoco la pasaban muy bien.
  • Abstenerse de la ofensa no provocada. Esto quería decir que no andaban por ahí buscando pleito, rebasando por la derecha, metiéndose en la fila o escupiendo en la calle.
  • Vivir en honor y por la gloria. Honor es la calidad moral que impulsa a los individuos a actuar correctamente… y aunque prefiero las cocadas, las glorias son muy buen pretexto para ser honorable y todo eso.
  • Luchar por el bien común. Que mis acciones hicieran el mundo, aunque sea un poco mejor que antes.
  • Evitar la injusticia, la maldad y el engaño. Básicamente no ser un mierda de persona.
  • Siempre hablar con la verdad: Y si la verdad no quiere hablar contigo, entonces respetar sus deseos. No significa no.
  • Llevar hasta el final cualquier empresa comenzada. Es gracias a esta máxima que pude terminar mi nave espacial, una silla voladora y hasta terminé la primaria.
  • Respetar el honor de las mujeres. Así como a la verdad.
  • Nunca rechazar el desafío de un igual. O en palabras de Marty Mcfly “a mí nadie me llama gallina”. A menos que ese igual venga armado y con muchos iguales dispuestos a igualar nuestra cara con la banqueta.
  • Nunca dar la espalda a un enemigo. Esto, creo yo, no aplica si uno está corriendo del enemigo, ya que correr de espaldas reduce la velocidad y con ello la posibilidad de escape.

Tiempo después leí que los caballeros medievales en realidad eran juniors de familias ricas que juraban lealtad al señor feudal, que se dedicaba a explotar a la gente de a pie en nombre de los valores cristianos de justicia, y a matar lo que se moviera y no fuera católico durante las cruzadas. Peor aún, descubrí que todos esos gestos de caballerosidad como abrir la puerta del auto, ceder el paso o prestar el abrigo a una dama que tiene frío, pueden ser interpretados como falta de respeto a las mujeres y su capacidad de abrir puertas, caminar o cargar suéter.

La verdad es ya no sé cuál es la etiqueta correcta.  Fui educado con la idea de que ser un caballero era algo bueno, pero hay cosas que creía que me hacían caballeroso –como no tener memoria- y hoy son patanerías… De todos modos, cada vez que me invade el impulso de no ceder el paso a una dama, no ofrecer mi ayuda para cargar algo pesado o me doy cuenta de que “voy vendiendo” a mi acompañante, siento de nuevo el pellizco en el brazo y el zape de mi abuela.

Unos lo llaman buena educación; otros, caballerosidad, y a veces modelo de conducta heteropatriarcal… yo lo llamo acondicionamiento pavloviano.

notengomeil@gmail.com

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Chema Rosas
 (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

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