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07:16h. Domingo, 18 de Noviembre de 2018

Fumadores [XLII]

Shirley Jackson

José Luis Justes Amador

Shirley Jackson
Shirley Jackson

La fotografía está cortada. Seis brazos apoyados en la mesa, en la fotografía original, se prolongan hasta convertirse en los cuerpos atentos de sus tres hijos. Hay un cuarto, que no se aprecia en este detalle, que está de pie. Los cuatro están atentos a la señora, su madre, que posa para la fotografía. Una fotografía que está entre, precisamente, la pose (los niños obedientemente bien sentados) y la naturalidad (el perro que invade el campo de la visión del fotógrafo). Y, en el centro de la fotografía, un cenicero, un paquete de tabaco, una caja de cerillas y la mano de Shirley Jackson sosteniendo un cigarro prendido.

La señora, la matrona, el ama de casa perfecta, es, nada más y nada menos que la próxima a ponerse de moda (gracias a Netflix), Shirley Jackson. Mira a la cámara sonriente, segura de sí misma, sabiendo que han venido a fotografiarla por ser la responsable de dos obras maestras, Un cuento y una novela, “La lotería” y “La maldición de Hill House”. Si no lo supiéramos nos parecería imposible, improbable al menos, que esta encantadora señora que ha educado tan bien a sus hijos y cuyo perro le demuestra tanto amor, sea la responsable de dos obras escalofriantes a las que hasta el mismísimo Stephen King les rinde pleitesía, homenaje y reconocimiento como precursoras.

Y Shirley Jackson no eligió fumar para la fotografía. Sería más acertado decir que la fotografía le descubrió haciendo lo que siempre hacía, fumar. La Jackson era, antes que escritora, fumadora compulsiva. No es difícil imaginarla prendiendo un cigarrillo tras otro, mientras el fotógrafo y ella iban dando órdenes a los niños o moviendo silla o despojando la mesa de lo que quiera que hubiera. No resulta descabellado pensar que cuando fue el momento de sacar la fotografía, ella ya hubiera prendido un cigarro y decidiera no apagarlo por un asunto tan banal como una instantánea.

Una fotografía como esa hoy sería imposible. Sería imposible en un mundo donde hay leyes que prohíben fumar dentro del propio automóvil si en el viajan menores de 12 años. En un mundo en el que hay ciudades que prohíben a sus ciudadanos, que pagan impuestos, fumar en determinadas aceras. Shirley, que anticipó en su obra maestra el linchamiento cotidiano y aleatorio que vivimos en Internet, no hubiera podido soportar estos primeros años del siglo XXI. O tal vez lo hubiera mirado displicente, se hubiera encerrado a su cuento a escribir algo que reflejara más aún la vida contemporánea, y antes de ni siquiera poner la primera palabra en la hoja, hubiera prendido un cigarrillo.

Shirley escribía fumando, Shirley vivía fumando. Shirley no iba a dejarlo por algo tan banal como una fotografía.

No por nada, el cuento que abre uno de sus libros se titula “The smoking room”.

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