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Margaret Atwood: Historias de criadas

Fernando Cuevas

Margaret Atwood: Historias de criadas

La posibilidad expansiva de las mini series o series con múltiples temporadas (en general prefiero las primeras, como supongo que sucede en la materia de la presente reseña) ha permitido llevar diversas propuestas literarias al mundo de las imágenes, con mayores posibilidades para el detalle o el desarrollo de las tramas secundarias. Es el caso de un par de novelas de la feminista y ecologista escritora canadiense Margaret Atwood,nacida en Ottawa en 1939, quien junto a Alice Munro (Ontario, 1931) y las ya fallecidas Mavis Gallant (Montreal, 1922; París, 2014) y Margaret Laurence (Manitoba, 1926; Ontario, 1987), formó el cuarteto de grandes autoras canadienses nacidas entre los años veinte y treinta del siglo pasado.

Tanto El cuento de la criada(1985) como Alias Grace(1996), centran su premisa en el conflictivo y relegado papel de la mujer en sendas sociedades patriarcales, donde se espera que cumpla con funciones predeterminadas por las estructuras ideológicas y políticas, así como por las costumbres predominantes que parecen no tener espacio para el cuestionamiento, enfocadas a mantener las diferencias de poder según sexo e, incluso, de acuerdo con la clase social o económica a la que se pertenece: Atwood también pone el énfasis en cómo determinadas mujeres contribuyen de manera decisiva para conservar estas relaciones de injusticia. Mientras que la primera se contextualiza en un futuro distópico, la segunda recupera un caso real del siglo XIX y lo analiza a partir de las posibilidades de la ficción.

Culpable por decreto

Dirigida por Mary Harron, quien además de sus trabajos para televisión se ha especializado en filmes sobre criminales (I Shot Andy Warhol, 1996; Psicópata americano, 2000; Charlie Says, 2018), Alias Grace(Canadá, 2017) es una miniserie de seis capítulos en los que se cuenta la historia real de las peripecias vitales y legales de la mujer del título (Sarah Gadon, manteniendo la necesaria ambigüedad), acusada de un doble asesinato y en trance de ser enviada a la muerte o librar la condena por un alegato de locura. Atwood introdujo en la novela la presencia de un psiquiatra (Edward Holcroft), retomado en la serie, para que funcionara como clave narrativa y escucha de la mujer presa, de tal manera que nos llevara por sus relatos desde que llegó a tierras canadienses hasta que terminó en la angustiante situación actual.

El cuidado en el diseño de producción se manifiesta en la detallada presentación de las actividades cotidianas de aquella época, así como en los roles jugados por las mujeres que servían como criadas en las casonas de las clases acomodadas; la impartición de justicia y las vinculaciones entre la psicología y la hipnosis, casi como arte mágica, se muestran con precisión histórica. Contribuye al desarrollo argumental una fotografía que apuesta por los contrastes, sobre todo cuando captura los diversos interiores (casas, prisiones, barcos) y se lanza a los espacios abiertos, por lo general inconquistables, así como una adaptación notable de Sarah Polley, que sabe llevarnos por pasado y presente de la protagonista, ante la cada vez más atónita, enamorada o confundida mirada de su entrevistador. Dato curioso: el maestro David Cronenberg aparece en el papel del reverendo.

Culpable por sistema

Creada por Bruce Miller y supervisada por la propia Atwood, The Handmaid’s Tale(EU, 2017- ) describe la vida en una sociedad autocrática controlada por un conjunto de creencias religiosas absurdas que sirven de parapeto al desarrollo de una política totalitarista: las mujeres son divididas entre las que son fértiles (hay crisis en ese sentido), las que integran la clase alta y están casadas con altos funcionarios del régimen, y aquellas que resultan desechables. Entre los procedimientos de captura de las mujeres para convertirlas en criadas y vientres, cuando todavía la vida era más o menos normal, se encuentra June (Elisabeth Moss, frágil, furiosa y brillante), quien trataba de huir con su pareja e hijo, ahora recluida en la casa de un matrimonio con poder social y político (Joseph Fiennes y Yvonne Strahovski) y con sus respectivos problemas.

A partir de unas coreografías sorprendentes que enfatizan el control ejercido en tiempos y movimientos al que son sometidas las criadas en el espacio público, se van desplegando las relaciones de poder entre los diversos grupos: los campos de entrenamiento, los vínculos en la intimidad de los hogares, los intentos de rebelión y los castigos mortales propios de comunidades fundamentalistas. El juego de cámaras funciona justamente como un sistema absorbente que parece verlo todo, más allá de lo que los propios personajes pudieran imaginarse, incluyendo sus propios sentimientos. Si la primera temporada es notable, la segunda no alcanza el nivel y pareciera optar por un tono más tremendista, acaso perdiendo cierta profundidad en la crítica social subyacente.

Y ya entrados en gastos, no estaría mal, como para complementar la trilogía, llevar a la pantalla otro de los textos de la aguerrida canadiense: Penélope y las 12 criadas(2005), revisión de la Odisea pero desde la perspectiva, como cabría esperar, de la mujer en estado de permanente espera mientras los hombres arreglan el mundo. La imagen de la criada (término que ahora suena despectivo pero que en su origen implicaba formar parte de la familia en cuestión) como ejemplo de sometimiento presenta matices según los contextos que se trate: mientras que un país como el nuestro, mujeres encuentran trabajo digno colaborando en el quehacer doméstico y son tratadas con respeto y afecto, otras se enfrentan a malos tratos y abusos por parte de sus patrones.

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