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Del Paso: el hombre y el estilo

Jesús Nieto Rueda

delpaso
Foto Cortesía: UdG
Del Paso: el hombre y el estilo

Porque una cosa fue que te hicieras alondras del viejo echacuervos venido de matachín a matachinches y de rocín a ruin, ahora más viejo que un jabalí alunado, pero mula de tres patas desde su juventud, y otra cosa fue que te dieras cuenta de que no valía un gorgojo: eso lo veía el más topo. Era un bicharraco hecho una uva, que nada tenía de zorzal aunque presumiera de ser calamar y con tupé, de saber dónde el jején puso el huevo y de reírse de los peces de colores, porque tenía la cabeza más dura que la concha de un galápago. Decía ser más listo que un lince o lobo cervario, de cazarlas al vuelo, tener muchas agallas y ser tan astuto como la raposa y el caimán, y era tonto como un cuco y terco como una mula cerrera.

Fernando del Paso, José Trigo.

 

Si el estilo es el hombre, como reza el dicho, don Fernando era el epítome de esa afirmación. Su porte a todas luces estridente, colorido, único, le daba a su personalidad un toque de distinción imposible de emular y a la vez envidiable. Hablo de su manera de vestir, por supuesto (busque usted una foto en su navegador y verá a qué me refiero), mas no sólo. Fernando del Paso escribía con un dejo de sapiencia del español que evidenciaba su erudición sin que sonara a fanfarronería. Se le notaba que conocía el lenguaje de los diccionarios y el de los mercados. En alguna entrevista, Julio Cortázar decía que en Argentina su generación tenía dos escuelas a las cuales poner atención, la de la biblioteca, liderada por Jorge Luis Borges, y la de la calle, con Roberto Arlt a la cabeza. Ambos han poblado la literatura argentina con sus mitologías de arrabal, sus diferencias están precisamente en el estilo. Lo que uno aprendió en los libros, el otro lo aprendió en la vida.  La literatura mexicana tiene a un sincrético: Fernando del Paso.

Su narrativa debe tanto a Rulfo como a Arreola, y finalmente es muy distinto de los dos Juanes, ambos maestros del recién fallecido. José Trigo (1966), Palinuro de México (1977), Noticias del Imperio (1987), tres obras maestras de la narrativa en tres décadas. La novela o el arte de la paciencia. El talento de cada quién es el de cada quién, lo que se le puede tratar de imitar a este genio de las letras es la capacidad de trabajo, la tenacidad de llevar a cabo proyectos de altísima envergadura sin desesperar en el intento.

Los temas son muy nuestros. Si se pretende resumirlos es fácil pensar que se trata de lugares comunes; lo admirable, lo complejo, lo asombroso es la arquitectura de cada una de sus obras. Es un cliché decir que el protagonista de sus libros es el idioma, pero no por eso menos cierto que su prosa es un artilugio que da cauce al río de un español robusto, esplendoroso, que nos deja atónitos a cada tentativa de lectura. Leer a Del Paso es paladear los vocablos, recordar aquel fragmento de las memorias de Neruda en que el poeta concluye que los conquistadores se lo llevaron todo y nos lo dejaron todo: nos heredaron la lengua castellana.

Da gusto que el Premio Cervantes en 2015 haya sido otorgado a Fernando del Paso, con su modo tan majestuoso a la vez que poco solemne de agitar las aguas del español y recordarnos que estamos hechos de ese idioma versátil, voraz y desbordado como el pensamiento locuaz de Carlota de Bélgica, sucinto como el de los ferrocarrileros del movimiento de 1958, eficiente como el de un médico de buena escuela.

Se fue don Fernando, el gran conversador de la imaginación deslumbrante y la sonrisa pícara, nos quedan sus libros y su voz de prestidigitador del lenguaje.




 

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Jesús Nieto es originario de Salamanca, Guanajuato. Estudió sociología en la UNAM, el diplomado en Creación Literaria en la SOGEM y es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona. Se dedica a la docencia, la investigación y la escritura.

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