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Fernando de las Zancadas

Rafael Cisneros

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Foto cortesía, elmundo.es
Fernando de las Zancadas

La literatura mexicana es sin duda la más surrealista del mundo. No solamente en cuestión de estilos narrativos (Carpentier afirmaba que el ser latino estaba adherido definitivamente al barroquismo), sino en sentido de variedad dramática.

Nuestras historias de fantasmas son las más aterradoras al tiempo que las más poéticas (de los sobresaltos paranoicos de Bernardo Esquinca al existencialismo casi musical de Francisco Tario). Nuestras historias de conquista y revolución son las más terrenales (en las obras de Azuela y Revueltas, por creyente que el mexicano es, representan mejor el polvo y la mugre del desposeído que pareciera no develar el futuro de quienes serían los ortodoxos capitalistas que gobiernan la nación actual).

Nuestra historia periodística es la más extraña sin rayar en lo exótico (mientras el Oriente es descrito por gringos, europeos y los propios orientales como una multitud ritualista de antigüedades sagradas, pocos se atreven a revisar la excesiva violencia e ignorancia que moldean la cotidianidad del país; haríamos trepidar y vomitar a Poe y Palahniuk junto al comal).

Nuestras épicas son también las más portentosas: somos la reja con grabados de corintio al tiempo que recibimos en jardines estatuarios que llevan a la mansión más atestada de la ficción. Somos una masa que adora explotar y explorar la divinidad de las palabras, todos sus posibles menjurjes y todo el amontonamiento deseado.

Digamos que nuestras ‘pretensiones literarias’ son las más visibles en cuanto al deseo de contar algo verdaderamente sobresaliente. Mientras los aprendices norteamericanos se desviven por narrar de la forma más honesta y económica posible (y luego desbaratarla a lo Pynchon y Danielewski, con excepciones profundamente líricas como Toni Morrison), los europeos se desviven por resaltar la búsqueda y vacuidad humanas sin importar mucho el estilo (como si su escritura fuese casi compulsiva pero con la frialdad calculadora del analítico nato y el prosista consciente) y los asiáticos se desviven por exhumar la espiritualidad mística y enfermiza de lo terrenal y abstracto (desde los sijos coreanos y haikus japoneses a la  brutalidad de Oé y la delicadeza de Kawakami), podemos confirmar que los latinos se desviven por describir lo mejor posible algo que, probablemente, no tenga la menor importancia.

Nuestra desesperación por moldearnos una historia de aspectos magníficos se debe a que al latino siempre se le han arrebatado sus historias: entre conquista e influencias externas, entre plagios de otras culturas y adaptación a otros hábitos, la ‘raza bastarda’ que llamaba José Donoso, tristemente, ha luchado incluso con su propio lenguaje para pertenecerse a sí misma. Y algo que me encanta del recientemente fallecido maestro Fernando del Paso es que este hombre encontró en esas debilidades, en esas conquistas y apropiaciones de historias, en esa calamidad cómica del pensar, sentir y perder mexicano, aquello sobre lo que construyó las historias más contundentes de nuestro país.

Pocas veces hallamos la sutileza de una historia adornada que, a pesar de la joyería que porta, no decae en pretensiones lingüísticas, sino que cuenta un relato que concierne a toda la población con la rabia cautivadora de quienes piden entretenimiento seguro, a su vez que reciben una dosis de cognición en éxtasis.

El mejor ejemplo que se me ocurre son las obras de Fernando, quien compuso novelones de proporciones mastodónticas con vocabularios variadísimos, sin servirse de distracción en una trama con un hilo narrativo impecablemente sólido y absorbente.

La bibliografía de Fernando es, a mi parecer, ‘suficiente’. Término presuntuoso tal vez, pero piénsenlo: no tiene el inconmensurable catálogo de Carlos Fuentes (quien aún publica después de muerto, aunque nada que valga la pena desde… Aura… ¡tómala, Charlie!) y tampoco el breve inventario de Juan Rulfo (también ‘suficiente’, aquí no hay reclamos). Con más poesía que narrativa, y con más ensayo y periodismo que nada, Fernando del Paso es el autor con quien más podríamos llenar de elogios. Es mi predilecto de las letras mexicanas, aun sobre Alfonso Reyes, Elena Garro, José Emilio Pacheco, Francisco Tario, Cristina Garza Rivera, incluso sobre mi dúo fantástico, Juan Pablo Villalobos y Valeria Luiselli, y todos los demás a quienes adoro con todas mis fuerzas (pero siempre a la par respetuosa e indudable de nuestra sacra Sor Juana Inés de la Cruz, quien aún justifica toda nuestra literatura como Dante justifica la divinidad). Se ha ido el cuerpo de un hombre apasionado y divertido, una joya de ser humano cuya vitalidad recordaba a Richard Feynman en la física o, básicamente, El Abuelo de Todo el Saber en cualquier narrativa fantástica. “La lectura es otra carrera, es una profesión”, dijo alguna vez, resaltando la importancia de esta labor que, para quienes jamás la comprenderán más allá de un pasatiempo, es el más perfecto ejercicio humano. Pero además añade, “No quiero un país de pura gente que nada más lea”. Este sabio no era todo palabras, era también conversación y pintura, su otra pasión. Para él la falta de lectura nunca fue culpa de los medios audiovisuales; siempre ha sido el propio humano el responsable de todas y cada una de sus decisiones. Si la falta de lectura existe, es porque el humano se decidió por otras cosas. Pero para quienes nos hemos decidido en leer, contamos con la obra de Fernando del Paso para satisfacer todo cuanto deseemos satisfacer. Para quienes elegimos leer, y elegimos leer a Fernando, somos las personas más felices del mundo, o al menos, de México. Un México desvivido por contar las mejores historias, sin saber que ya las hemos contado y las seguimos contando.




 

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Rafael Cisneros
(León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

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