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22:40h. Lunes, 18 de Marzo de 2019

De seres y quehaceres

María Elisa Aranda Blackaller

Madero CDMX
Madero CDMX

Poca gente nota cuando el título de un artículo ha sido escrito con un error de dedo. Dudo que haya muchas personas que hayan leído Kandisnky en lugar de Kandinsky. También dudo que haya habido mucha gente que haya abierto el artículo y, más aún, que lo haya leído. No quiero que se me malinterprete. No es que no tenga fe en la humanidad. De hecho, la tengo.

Esta mañana recibí un mensaje de correo electrónico con una invitación a aprovechar un descuento maravilloso al que solamente yo tenía acceso por ser cliente frecuente de cierta tienda. También alcancé a ver que en otro mensaje me saludaban como “por ser un cliente valioso”. No me engañan. No soy un cliente valioso. Apenas compro $300 al mes, cuando mucho. Yo sé cómo se clasifica a los clientes, cuáles se consideran críticos y el dinero y esfuerzo que debe dedicarse a cada uno de acuerdo con su contribución al ingreso del negocio. No soy un cliente valioso. Que no se mal entienda lo que digo. Soy una persona muy valiosa. Pero no un cliente valioso.

Esta mañana me saludó un hombre extranjero, extendiendo la mano y titubeando por no saber si debía fingir un beso en la mejilla o no. Lleva poco tiempo en México y es normal que se confunda. También me saludó de abrazo una compañera que saluda así a todos en la oficina. Los abrazos son magnetismo en los corazones. También son señales económicas de que quien da el abrazo se considera escaso a sí mismo. Nadie que se considere uno más en el montón llegaría a abrazar a todo mundo, pues esperaría que todos los demás también lo hicieran y entendería que no se puede uno pasar la mañana abrazando a todo mundo. Que no se tome a mal lo que digo. No es que sea pérdida de tiempo el contacto humano, pero es difícil tener tanto y a la vez necesitar trabajar.

Estoy acostumbrándome a las masas. Estoy volviéndome una capitalina que camina frente a las personas sin decir buenos días. Eso no es malo. Antes lo hacía, pero las reacciones eran muy malas. La gente en la capital se ha vuelto muy grosera. No toda, lo admito. No se vaya a pensar que generalizo como si todos los capitalinos fueran una masa. Pero sí, todos juntos llegan a sentirse como una, aunque no lo sean.

He dejado de escribir porque me aturde esta sensación de que hay demasiado de todo. He comenzado a apreciar más el silencio, el blanco, la modestia, lo incoloro. Aquí todo huele demasiado. Las calles cuentan historias de vagabundos, alcohólicos, manifestantes y ratas que murieron a mitad de la banqueta. No alcanzo a percibir los perfumes porque no penetran tanto como la pobreza. La escasez se ha vuelto tan notoria, tan importante, tan contundente, que uno es capaz de verla. Paradójicamente, se ve todo lo que no hay.

Me cuesta trabajo entender cómo hay vidas que pueden pasarse tirado en la banqueta, aspirando solventes. Me resulta muy difícil imaginar que todas las vidas tienen un propósito. Creo que uno se lo busca, más bien. No es requisito indispensable de estar vivo. Mientras hay gente que no quiere estar viva, que tal vez solamente quiere sentir que lo está, yo tengo un instinto fuerte de supervivencia. Cuando suena la alerta sísmica, siento un profundo deseo de seguir viva. También quiero que siga vivo el señor que me dice “hola chinita” con su voz arrastrada entre alcoholes. Me cuesta distinguir desde dónde no soy él.

Veo cómo nos diluimos en este espacio. Da igual si soy yo o soy alguien más. Por como me vean vestida, me darán unos panfletos u otros. Me ofrecerán oler perfume o me invitarán a vender Herbalife. Importamos como categorías, como clientes de alto calibre, mujeres amas de casa, lectores de artículos en Facebook o posibles escalones en la escalera corporativa. No hay tiempo de escuchar, ni esfuerzos disponibles para atravesar la ciudad con tal de compartir un café. Sabemos que poco importan las hojas porque tarde o temprano van a caer. Es difícil entender que mientras sigan pegadas a la rama, son vida para el árbol, cada una de ellas. No caen por insignificantes, sino porque el suelo las necesita en forma de abono.

Ansío ver el fin del homo productivus y la emergencia del homo creativus. ¿Me convierte en ignorante no conocer esas palabras en latín o griego? Ansío la caída de la civilización que nos pide hacer todo bien, en lugar de dedicarnos a todas nuestras formas de ser. Quiero ver cómo vamos a hablarnos unos a otros cuando dejemos de ser clientes y colaboradores. Cómo vamos a construir una sociedad de personas sin rol, sin categoría, con productividad desconocida y la misma escasez que cualquier unidad se jacta de tener.

Hay mucha gente a la que extraño, pero no me da el tiempo para retomar la conversación con todas las personas que quisiera. Me desespera saber que ellas tampoco tendrán tiempo para mí. Por más que reconozcamos nuestras ganas de volver a conectarnos, por más conciencia que tengamos del valor infinito de una persona finita, por más importantes que resulten estas personas en la construcción de quiénes somos, no nos da el tiempo. Hay una urgencia de hacer, porque ser todavía no es suficiente. Pero esto va a cambiar cuando las máquinas nos demuestren que no somos seres productivos, tan sólo nodos de información y experiencia. Comenzaremos a valer por nuestras experiencias, conexiones neuronales, capacidad para afrontar situaciones inesperadas y sensibilidad. Alimentaremos a las máquinas con humanidad y entonces, quizá, por fin, sea nuestra prioridad ser humanos.

9 de noviembre de 2018

 

 

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María Elisa Aranda Blackaller
(León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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