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08:05h. Miércoles, 24 de Abril de 2019

Fumadores (un epílogo a modo de introducción)

José Luis Justes Amador

Fumadores (un epílogo a modo de introducción)
Fumadores (un epílogo a modo de introducción)

José Luis Justes Amador entregó, a lo largo del 2018 y para cada domingo de nuestro suplemento Tachas, una serie de textos que, a partir de la foto respectiva, desataron su reflexión sobre el tema Fumadores. Cerrado con el año el ciclo y aprovechando las ventajas de estos medios hipervinculatorios, presenta hoy este Epílogo a modo de introducción, con vínculos a cada uno de esos artículos. Servidos estamos, querido lector. (n. del e.)

Ahora que está de moda no fumar yo no debería apuntarme, pero, mierda, lo conseguí.
Y sí, lo echo de menos.
Es difícil dejar de fumar.
Cada cigarrillo que veo me parece buenísimo.
Cada uno de ellos parece como si hubiera sido creado por Dios, enrollado por Jesús
y humedecido para cerrarlo por el coño de Claudia Schiffer.
(Bill Hicks)

 

Hay pocas cosas que tengan en común los fumadores. Casi nada. Salvo el placer compartido, muchas veces solitario, que se siente al introducir en los pulmones ese aire no fresco que en algo alivia de las vicisitudes, y alegra las alegrías de la vida. O como mejor lo dijo Pessoa, su heterónimo Álvaro de Campos, en su hermoso Tabaquería: fumar sirve al menos para ser consciente de que “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.

Y no sólo Pessoa sino tantos y tantos escritores a los que es imposible imaginar sin imaginarlos con tabaco (en cualquiera de sus variedades) en las manos. Desde la ahora reinvindicadísima Shirley Jackson a alguien que, Bertolt Brecht, ya nos avisó de lo peligrosas que pueden ser la persecuciones; del ultrarepresentado, y casi siempre fumando, Mark Twain al esquivo J. D. Salinger; de dos mujeres escritoras, tan diferentes entre ellas como Virginia Woolf o Carson McCullers, a dos escritores tan distintos entre ellos como Jaime Gil de Biedma y T. S. Eliot.

Aunque fumadores hay en todas las profesiones. En las imaginables, aunque suene a tópico y generalización fácil como pintores (Balthus), cantantes (doña Sara Montiel, Nico, el padre Robert White o Chavela Vargas), cómicos, modelos de apodos imposibles en una página de fetiches tabaquiles (usasmokers.com), con nombre (Kate Moss o Donyale Luna) o anónimas o anónimos. Y aquella que convirtió la moda en arte.

Sin olvidar por supuesto el mundo del cine con sus directores, como el inseparable de su puro Orson Welles, como inseparables de su habano y de su pipa, respectivamente, son Groucho Marx o Gandalf el gris o a la hermosa Greta Garbo, a la aún más hermosa Norma Jean Baker, y a la hermosísima Audrey Hepburn o, fumando la pipa de la paz, la menor de edad Shirley Temple (Como menores de edad, bastante menores de edad eran Amanda Marie Elison, Aldi Rizal o los niños soldado).

Y, también, en profesiones en las que nos es más difícil imaginar a alguien fumando como enfermeras, monjas, primeras damas, toreros, deportistas (Johan Cruyff, Larry Bird o sir Bobby Charlton) o Papas.

Aunque tal vez, como en todo en esta vida, lo más importante sean los anónimos, los cotidianos, los que nunca pasan a la historia y que si pasan lo hacen sin un nombre propio: las cigarreras que escuchaban Romeo y Julieta mientras enrollaban habanos, esas jóvenes que disfrutan su rato de ocio, esos soldados que en la victoria comparten su cigarro con los perdedores, o alguien que no tiene otra mejor manera de protestar que desafiar a la autoridad fumando tranquilamente delante de la policía antidisturbios.

Son ellos los que inventan inútiles aditamentos para el fumador y celebran de exóticas maneras la Navidad. A ellos va dirigida la publicidad de antaño y los carteles estúpidamente represores. Son ellos los que logran que, a pesar de las estadísticas alarmantemente retocadas, la mejor invitación a fumar sea un anuncio antitabaco.


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