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La hierba tóxica

Ana Susana Paredes Silva

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Foto - Pablo Amaringo Ayahuasca
La hierba tóxica

De repente apareció así, con un cristal encajado en el pecho. Seguía con vida, pero esto a nadie sorprendió. En realidad, yo desearía que hubiese muerto.

Ya estábamos acostumbrados a este tipo de cosas; a veces sus laceraciones apenas y recibían la misma notoriedad de un nuevo grano en el rostro. Con decir que, tan sólo el mes pasado, se había amputado con una segueta los dos dedos favoritos de su expareja. En otras condiciones esto sería una señal de alarma, pero en él no.

Si al principio este sujeto fue algo insólito, después ya era la burla de todos. Si no lo conocieras te parecería inquietante, aunque ya una vez que lo haces en verdad da mucha risa. Es como el niño del juguete quien se rompió las rodillas por no conseguir una Nintendo.

Este nuevo raro “intento de suicidio” tiene versiones muy diferentes. No es que no importe mucho, pero tampoco es algo que se pueda evitar. A veces en nuestras reuniones le inventamos historias y otras hablamos sobre lo que nos cuenta la ayudante de psicología, quien también lo detesta.

Ella dice que se trató de un problema de infidelidad. Su culpa, al parecer, le causaba una fuerte presión en el pecho, una sensación como al borde de un paro cardiaco, como si todo su mundo o su red de mentiras fuese a salir explosivamente a través de su caja torácica.  Para evitar esto, utilizó un plan de emergencia: drenar su culpa a través de un agujero en pecho; como aquella ocasión en la biblioteca, cuando se encajó una pluma en el cráneo, después de intentar leer una novela que al parecer no comprendió.

Sinceramente, ya estamos cansados. Él ya es como un mal chiste y a mí me producen tremendo asco los fluidos o las boronitas de su cuerpo, que deja esparcidas a donde quiera que va. Nadie entiende por qué aún sigue aquí mortificándonos con su presencia. No se muere y nunca morirá, si lo quisiera no estaría frente a nosotros, dando lástima de esta forma: sin un ojo, sin dedos, sin corazón, sin pulmones; con el cerebro hecho añicos y con la piel putrefacta desprendiéndose de su espalda.

No sería raro, al menos para quienes lo conocemos, que un día venga cargando sus intestinos en una bolsa del mercado.




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Ana Susana Paredes Silva, egresada de la licenciatura en de Letras Hispánicas de la UANL. Becaria del programa Interfaz Los signos de rotación en 2015 del INBA en 2016 y de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2017. Actualmente participa en el proyecto La autobiografía como género, auspiciada por el Colegio de México

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