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10:50h. Martes, 21 de Mayo de 2019

Y contando

Yara Ortega

Yara Ortega
Yara Ortega

Acabó la Luna de Nieve. Luna de Hambre. Luna de Huesos. Llamada así por los antiguos cazadores. Hombres convertidos en fieras por el hambre. Hambre que hacía que las fieras fueran tan feraces como los humanos.

25 de febrero, día de San Alejandro. Señero entre los pensantes, hagiografía que se pierde en la historia de mitos y tradiciones de todos los pueblos.

Cohetones en el nadir nocturno. Cercano a las carnestolendas, antes de la cuaresma.

El viento hace lo suyo. Febrero loco, marzo otro poco.

Como fuera tradición de los mayores, las fechas nos los recuerdan: Enero y febrero, desviejadero. Pero éste es diferente de los anteriores.

Rosario de cuerpos presentes, de pésames. En casa ajena.

Ahora el devenir no se muestra fasto.

Mireia.

No es cierto que los senos que dan de mamar son los maternos. Son los que acunan los lloros y mecen los sueños. Los vientres infértiles a veces paren más amor que los que han sido fecundos. Las manos maternas son las que acarician, no las que golpean.

Las mujeres sostienen en sus hombros la mitad del cielo.

Tienen dos manos derechas, con las que prodigan bendiciones y riquezas si las tienen. Cuentan con dos manos izquierdas. En ellas reciben las penas propias y ajenas.

Mireia ha contado con sus zurdos dedos múltiples los dolores de la familia. Y con los diestros, las pocas alegrías. Hubiera dado con gusto cualquier cosa con tal de un hijo propio. Resignada a su ausencia, se prodigó en los necesitados, sin limosnas pero con caridades, que no es otra forma sino la de repartir cuanto se tiene, aun cuando haga falta.

Mañana se sella su destino, pero aún no lo sabe.

Sólo quienes han transitado por la Senda del Cangrejo, dejando tras de sí trozos del alma y del cuerpo, saben lo que hay tras el velo del diagnóstico, que no siempre es pronóstico. Sólo el Dios de lo Cerca y lo Lejos, del Arriba y el Abajo, conoce los destinos.

Mañana, Mireia espera entrar en un sueño, con fantasía. Sólo los andantes de la Senda saben qué son las noches en las que el dolor se roba el descanso y la conciencia supera a la consciencia.

Saber cuándo se ha herido y cuándo se ha ofendido, caber en la memoria las afrentas y escapar los dones. Y la inmovilidad. El cansancio llena hasta la náusea. El veneno se instala, gota a gota, matando por segundos aquello que de bueno hubiera quedado.

Soy su guía, su guardián y custodio, y mi propio dolor pasa a segundo término. Porque ella es la mitad de mi vida. El significado de mi existencia. El amor más puro e incondicional, el más persistente a través de los años. Y no dejaré que nada le suceda. Oj'Alláh.

Son trescientos y contando.

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