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18:27h. Domingo, 24 de Marzo de 2019

Esta noche los muertos viajan de prisa [II]

Carta de Samantha Adler a su madre Irene

Bernardo Monroy

 

Carta de Samantha Adler a su madre Irene
Carta de Samantha Adler a su madre Irene

Querida madre:

Siempre te presumo, siempre me enorgullezco de ti. El apellido Adler es famoso en toda Europa gracias a tu proeza: ¡La Mujer! ¡Eres “LA mujer”, aquella que junto con pocos seres humanos, como aquel insigne profesor de matemáticas, o aquel asesor de la reina de nombre Mycroft, puso en jaque al gran Sherlock Holmes.

“Soy la hija de Irene Adler”, digo siempre cuando algún hombre intenta seducirme, para después acomodarle una patada en los testículos.

Todos conocen la historia, que el señor Arthur Conan Doyle publicó titulada como el relato Un escándalo en Bohemia. Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, gran duque de Cassel-Felstein y rey hereditario de Bohemia; tenía serios problemas debido a que eras su pareja, pero el muy hipócrita se iba a casar formalmente con alguien de la monarquía. Tú lo querías hacer público, de modo que el rey contrató a Sherlock Holmes para callarte. Al final, le resultaste aburrido, pues conociste el auténtico amor con mi padre, Godfrey Norton. Sin más, te despediste del heredero al trono de Bohemia y del rey de los detectives. Con infinita soberbia y, supongo yo, una sonrisa condescendiente.

Yo heredé tu inteligencia, madre. Desde niña sabía estafar y engañar a los hombres de esta hipócrita sociedad londinense. También resolví algunos delitos, y conocí a Holmes, quien de inmediato supo que yo era tu hija. Pero ni resolver crímenes ni perpetrarlos me llamaba la atención. Ni tener sexo con hombres de mil maneras que en su obra describe Monsieur Laclos… todo era muy simple, muy mundano. Encontré la respuesta a mi vocación, el sentido de mi vida, cazando vampiros.

Fui asesorada por el mismísimo Abraham Van Helsing, y he trabajado con Quincey Harker, el hijo de Jonathan y Mina. Admito que Quincey es un estúpido, un pobre diablo sin agallas, un digno émulo de su padre. Entiendo que Cupido lo ha flechado y siente algo por mí, pero yo simplemente me burlo y me limito a trabajar con él de manera profesional. Soy la hija de la gran Irene Adler. No me puedo enamorar de un imbécil cuya mano tiembla al sostener una estaca. Más de una ocasión, cuando recorríamos casas abandonadas, cementerios, barrios bajos o mansiones de los privilegiados, acariciaba mi pierna e intentaba besarme, pero yo me hacía la desentendida. Si el magnífico Sherlock Holmes no tuvo oportunidad contigo, madre, menos conmigo la tendrá un pobre muchacho que no tiene más talento que llevar el apellido Harker.

El Profesor Van Helsing nos advirtió de una fiesta organizada por un inmortal. En ella se encontrarían los hijos de dos de los vampiros más prominentes del mundo. Tanto, que incluso eran más viejos que Drácula. La señorita Evelyn y el joven Malcolm. Ella había sido convertida por la condesa Carmilla Karnstein, y él, por Lord Ruthven. Ambos predecesores del conde transilvano.

El interior de la enorme bodega que Tannhaüser usaba para la fiesta era un prodigio de la tecnología moderna que se aprovechaba de la tecnología al vapor. Por todos lados había engranes, tubos de bronce, maquinarias que despedían nubes de vapor. Un aparato de cuatro metros de alto por doce de ancho con bocinas reproducía música repetitiva, pero agradable. Al fondo, una cortina de terciopelo color vino ocultaba lo que parecía ser un objeto rectangular. Autómatas que fungían el papel de meseros nos ofrecían canapés y vino, y había antorchas y fogatas que despedían fuego de colores morado verde y azul. En verdad se veían hermosos. Los contemplé, hipnotizada. Pensé que aquella fiesta era mejor que aquellos aburridos salones de baile, donde había que seguir reglas para bailar con un hombre igual de aburrido que ese doctor en medicina, el lacayo de Holmes, cuyo nombre, por cierto, he olvidado. Pobres hombres, pobres mujeres de la alta sociedad, que en salones con cortinas de sed, paredes con revestimientos de oro y espejos gigantes bailan al ritmo de Invitation to the Dance, de Carla Maria Von Webber.

-Son seductores los fuegos, ¿Cierto? –me dijo una voz. Me volví. Tenía ante mí al señor Tannhaüser. Me saludó con una reverencia. Después, tomó mi mano y la besó, haciendo a un lado al jovencito y la mujer que le producían placer -. No es difícil que el fuego cambie de color. Si quieres que sea morado, usas clorato de potasio. Si quieres que sea verde, sulfato de cobre, y azul clorato de cobre. Tres científicos me asesoraron para mi fiesta, el profesor Cavor, Victor Frankenstein y Henry Jekyll. Esta fiesta se ha adelantado a su época. Estoy seguro que a finales del siglo XX estos eventos se conocerán como fiestas rave. Ya sabe: dicen que soy alguien adelantado a mi época. Aunque es cierto que es peligroso ser muy moderno, pues pasa de moda rápidamente.

Tannhaüser extendió las manos y gritó: “¡Liberen el opio!”. En instantes, dos autómatas caminaron con sus metálicos pasos a una de las máquinas y entre los dos, jalaron una palanca. Un vapor comenzó a salir de una de las ranuras de la maquinaria, que en poco tiempo invadió toda la bodega.

Algo me había explicado Sherlock Holmes sobre los salones de opio: todos ellos eran clandestinos, y los regenteaban chinos. Gente de todas las clases sociales visitaba esos lugares y se dedicaba a tumbarse en colchonetas raídas y hediondas mientras fumaban hasta quedarse dormidos. Los salones de opio eran uno de los muchos centros de comercio de droga en la ciudad. Eran constantemente buscados por Scotland Yard, pero había tantos que era difícil desmantelarlos todos. Holmes y el doctor John No Sé Qué visitaron uno de esos salones en su historia La aventura del hombre del labio retorcido, y el señor Dickens, a quien Quincey admira, describe uno de esos salones en El Misterio de Edwin Drood. Tannhaüser había convertido su fiesta en un magno salón de opio, Increíble. Admirable… ¡Divertido!

Sonreí con esa altivez que me enseñaste, madre, y le di la espalda a mi interlocutor. Poco a poco el lugar se fue llenando de gente. Al fondo, había dos muchachos que acaparaban la atención. Sus ojos rojos, sus ojeras, su piel blanca y sus sonrisas discretas que ocultaban sus colmillos no me dejaron lugar a dudas.

La fiesta, entretanto, comenzaba. Parejas sodomitas, oriundas de Lesbos y con mis gustos amatorios tenían sexo sin ningún tapujo.

Busqué a Quincey, quien estaba sentado en una silla, cohibido ante tanta tecnología, ante tantas orgías y ante tanto opio.

-Ya localicé a los vampiros -dije, al momento que me levantaba el corsé y sacaba mi estaca de madera. Quincey sacó los cuchillos Bowie y Kukri de su gabardina, sosteniendo uno en cada mano. Tenemos que matarlos antes de que el efecto del opio nos invada.

Con toda seguridad, el opio usado por Tannhaüser era de excelente calidad, pues comenzamos a sentir el efecto bastante rápido. Los ojos de mi acompañante se enrojecieron, y comenzamos a sentir somnolencia y mareos. El suelo parecía una resbaladilla, y los colores azul verde y morado del fuego eran más intensos. La música podíamos escucharla con una sensibilidad apabullante. Al poco tiempo, sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Me recargué en una pared, al lado de un engranaje de bronce de mi tamaño y unos tubos que despedían vapor mezclado con más opio. Quincey apoyó su mano sobre mi hombro, y el simple contacto me excitó. No tardé en tocar su miembro e introducir mi mano en sus pantalones para después besarlo. El hijo de Jonathan Harker no dudó en responder al beso e introducir sus manos en mi corsé, acariciando mis senos. Otro de los efectos del opio son, como ahora comprenderás, amada madre, unos deseos eróticos casi irrefrenables. Permanecimos acariciando nuestros cuerpos, besándonos y fusionando nuestra saliva y sudor, hasta que caímos en cuenta que no éramos dos jovenzuelos divirtiéndose en una fiesta clandestina (¿Cómo la había llamado aquel inmortal? Oh, sí: rave), sino dos cazadores de vampiros en una misión divina.

-Lamento mucho este arranque de bajas pasiones, querida Samantha –se excusó Quincey, a lo que yo le respondí que lo que lamentaríamos sería no acabar con esos dos vampiros.

Nos desplazamos por la fiesta, repleta de jóvenes con trajes, boinas, vestidos largos, tacones y botas: los jóvenes de la alta sociedad victoriana gozando una fiesta clandestina, donde pueden dar rienda suelta a sus deseos y pasiones sin el juicio de los adultos. Me imagino si en el futuro las cosas serían así, o así fueron en el pasado. Me concentré, intentando sostener mi estaca. Al mirar a Quincey, pude asegurar que hacía, o intentaba hacer, lo mismo que yo.

Miré a la señorita Evelyn. Su cabello negro, que le llegaba hasta las rodillas, se hizo a un lado con un encanto casi sobrenatural. Sonrió al vernos. Su boca estaba manchada de sangre humana, y a sus pies se encontraba el cuerpo de una chica. Por su parte, Malcolm, peinado a media raya, bebía la sangre de un joven de mi edad, que se debatía entre un placer lujurioso y la desesperación al saber que su vida estaba siendo drenada.

Nos miraron.

La buena noticia era que estábamos listos para empezar la cacería. La mala era que no habíamos contado con el factor del opio.

Madre, gracias por leerme. Espero todo salga bien.

-Samantha Adler

 

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