Buscar
08:33h. Domingo, 19 de Mayo de 2019

De espejos

Chema Rosas

De espejos
De espejos

Cuando era niño me llevaban a cortar el pelo a “Cleopatra”, una peluquería de las de antes. en plena calle Madero. justo donde empieza la zona peatonal. De las muchas cosas que pasaban por mi cabeza mientras me cortaban el cabello –además de las tijeras y máquinas trasquiladoras–, tal vez la más alarmante y asombrosa tiene que ver con los espejos.  Recuerdo estar sentado en esa silla demasiado alta, con una capa de plástico atorada en el cuello y ahí, frente a mí, estaba mi reflejo imitando absolutamente todo lo que hacía. Eso por sí mismo no tenía nada de especial, pero detrás de mí había otro espejo, de manera que cada reflejo era a su vez imitado por otro en una línea que parecía extenderse kilómetros.

Cuando pedí una explicación del fenómeno sólo me dijeron que se trataba de una ilusión óptica, pero yo seguía intrigado e imaginaba que detrás de ese espejo había otra peluquería con otro yo, que hacía exactamente lo mismo y que sólo existía en ese lugar. De algún modo estaba convencido de que en el cuarto de empleados había una puerta secreta al mundo de junto, y que en la peluquería de ese lado encontraría la puerta para el que seguía y así sucesivamente. Desde entonces los espejos me parecen fascinantes.

El primer espejo fue un estanque con agua en reposo y por más rudimentario e inestable fue suficiente para que Narciso se enamorara de su propio reflejo y terminara ahogado en su propia vanidad. Los arqueólogos han encontrado espejos de obsidiana pulida con más de ocho mil años de antigüedad y en la edad media se utilizaban placas de metal, pero las imágenes reflejadas siempre estaban de algún modo distorsionadas. Fue hasta 1835 que un alemán con el legendario nombre de Justus Von Liebig tuvo la genial idea de aplicar una delgada capa de plata a un vidrio y consiguió el primer reflejo fiel y levemente opaco de sí mismo. La técnica ha mejorado y, aunque no podemos decir que los espejos regresan la imagen exacta de lo que tienen enfrente, sí están bastante cerca.

Sí, los seres humanos podemos obsesionarnos con nuestro reflejo y la habilidad de los espejos para imitarlo o incluso modificarlo. Lo cierto es que ver el mundo que conocemos reflejado en una superficie plana tiene obvias aplicaciones científicas, metafísicas y sobrenaturales además de las relacionadas con higiene y arreglo personal:

Invocación demoniaca:  Este truco es uno de los favoritos para pasar el rato cuando se va la luz. Sólo hay que pararse frente a un espejo a la luz de las velas y decir tres veces el nombre del demonio o espíritu chocarrero de su preferencia. Puede ser Bloody Mary, Candyman o incluso La Llorona. Una buena idea es invocar a los tres juntos y observar cómo intentan asustarse unos a otros sin éxito.

Para hacer autoretretes. Los teléfonos de ahora ya tienen cámara reversible, pero una buena manera de tomarse una foto a sí mismo es frente a un espejo. Funciona en cualquier espejo de la casa, aunque la mayoría tiene el mal gusto de hacerlo en el baño posando junto al excusado.

Desviar rayos láser. De no ser por los espejos, james Bond habría muerto ya varias veces. Me pregunto qué efecto tendría una espada hecha de espejo en el universo de Star Wars.

Derrotar a Medusa. En el caso poco probable de que se tenga que enfrentar a  un monstruo ctónico femenino de la mitología griega con cuerpo de mujer y cabello de serpiente es capaz de convertir en piedra a cualquiera que la vea directamente a los ojos, sólo hay que ponerle un espejo enfrente para usar su propio poder para derrotarla.

Rebotar insultos. Similar a la técnica usada contra medusa, si alguien en el patio de recreo profiere un insulto en nuestra contra, sólo hay que entrelazar los dedos y presentar las palmas diciendo “soy espejo y me reflejo”. Eso le da a entender a nuestro contrincante que el insulto cae sobre él y en vez de afectarnos.  Karma instantáneo.

Verse a sí mismo desde ángulos imposibles. Al posicionar espejos en distintos ángulos es posible observar en tiempo real partes de la anatomía que de otro modo sería imposible, como la parte de atrás de las orejas, la coronilla o el propio trasero. El por qué alguien querría ver la parte de atrás de sus orejas, su coronilla o su propio trasero es cuestión aparte.

Detectar vampiros. Es por todos sabido que los vampiros no tienen reflejo, por lo que identificarlos es fácil. Son los que siempre van despeinados, su barba está dispareja y tienen pedazos de comida –roja casi siempre- entre los dientes.

Molestar gente. Cuando se utiliza para reflejar la luz solar directo a la cara de amigos y extraños.

Para esconder la piedra filosofal.  Para eso hay que ser Dumbledore y tener un espejo mágico que nos muestre nada más y nada menos que los más desesperados deseos de nuestro corazón.

Como atracción de feria. Porque nada es más atractivo que nuestro propio reflejo… y mejor aún si es deliberadamente deformado para presentarnos algo que podríamos ser, pero no somos.

Ahora que hay de espejos a espejos… y muchas veces los más fieles y útiles no son las superficies planas que reflejan la luz, sino las personas que reflejan eso que somos, pero es imposible ver por nosotros mismos. Como la parte de atrás de las orejas, la coronilla o nuestro propio trasero.

notengomeil@gmail.com




***
Chema Rosas (Ciudad de México, 1984) es bibliotecario, guionista, columnista, ermitaño y papa-de-sofá, acérrimo de Dr. Who y, por si fuese poco, autoestopista galáctico. Hace poco incursionó también en la comedia.

[Ir a la portada de Tachas 301]