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ESTA NOCHE LOS MUERTOS VIAJAN DE PRISA [IV]

De las memorias de los hermanos de sangre [II]

Bernardo Monroy

 

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Esta noche los muertos viajan de prisa [IV]
De las memorias de los hermanos de sangre [II]

 

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Me llamo Malcolm Arkwritgh, soy hijo de Sir Thomas Arkwright y Lord Ruthven. Soy un vampiro. Soy inmortal. Vine al mundo a principios del siglo XIX, y me siento inexperto. Por eso me enfurece que un mocoso de diecinueve años como Quincey Harker, o una furcia hija de una ramera provocadora como Irene Adler, consideren que me destruirán.

Quincey se acercó a mí, sosteniendo una espina con la que pinchó mi mejilla. De inmediato sentí dolor y la carne se abrió. No era cualquier espina, sino de la especie Ziziphus spina-christi, las mismas que se usaron para la corona de espinas de Jesucristo, y por tanto, la única a la que somos vulnerables los vampiros. Al parecer, Quincey Harker no quería matarme, sino advertirme que sabía cómo defenderse.

De modo que lo cargué como si de un costal se tratara para volar unos metros y dejarlo caer. Los dos podíamos advertir que empezaríamos a jugar rudo.

Mientras tanto, mi hermana Evelyn se debatía con Samantha Adler. Infructuosamente intentaba enterrar su estaca, pero mi amada hermanita se desplazaba a una velocidad impresionante. Demasiado veloz para el ojo humano. Debo reconocer que era ágil e inteligente… por desgracia, no podía afirmar lo mismo de Quincey Harker, un idiota de pies a cabeza. Mis años de experiencia me hacían notar que solo era un muchacho acomplejado, deseoso de sentir la aprobación de su padre. Lo cargué de nuevo, para arrojarlo hasta el fondo de la bodega que fungía como salón de fiestas. Su cuerpo cayó a un lado del sofá donde Tannhaüser fornicaba con la mujer y el jovencito. El anfitrión soltó una carcajada. Al parecer, le resultaba sumamente gracioso que mientras todos los invitados estaban drogados a causa del opio, vampiros y cazadores de vampiros de debatían a muerte.

Volé hasta donde estaba mi hermanita, con el fin de ayudarla. Adler sacó de su corsé un tubo de ensayo con ajo en polvo y lo arrojó, pero lo esquivamos son preocupación. Después, sacó un látigo de nueve colas, que junto con la estaca y el cuchillo es el arma favorita de los cazadores de vampiros. Mi hermana flotó hasta donde estaba Irene y levantó su cuello, comenzando a morder. Los contemplé, divertido, mientras la vida de la hija de La Mujer, comenzaba a irse al infierno.

Fue entonces cuando Quincey Harker regresó a la escena, enterrando el cuchillo Bowie en la espalda de Evelyn, y el Kukri en su cuello. Jaló de sus sensuales cabellos y comenzó a decapitarla, hasta que su cabeza quedó desprendida de su cuerpo.

Apenas pude asimilar que mi hermana estaba muerta… por segunda ocasión.

Miré con odio intenso a Quincey y Samantha, listo para matarlos.

En ese momento, la música se detuvo, y el opio y el vapor dejaron de fluir. Hubo un silencio intimidatorio, roto únicamente por los aplausos y las carcajadas de Tannhaüser, quien con desprecio hizo a un lado a su niño y su mujer. Con altivez caminó hacia nosotros. Sin dejar de aplaudir y asegurar que le habíamos dado un espectáculo inolvidable.

-Vaya. Un vampiro convertido por Lord Ruthven, otra, ahora muerta, por Carmilla Karnstein. El hijo de Jonathan Harker y Ahijado de Van Helsing y la hija de Irene Adler y nadie sospecharon siquiera quien soy yo. A final de cuentas son jóvenes e inexpertos. Y debo decir, increíblemente estúpidos. ¿No intuyeron la depravación a la que soy afín? ¿No intuyen que soy un dandy? ¿No sospecharon siquiera por mi nombre clave, esa ópera a la que soy afín y que amo como a pocas cosas en el mundo? Porque lo único que amo son los vicios, el arte… y mi retrato. Ese que va envejeciendo mientras yo me sigo conservando joven.

Samantha, Quincey y yo susurramos:

-Dorian Gray.

-Así es. Así es –repitió-. ¿Quién se ha burlado de quién? Ahora lárguense de mi fiesta. He tenido suficiente diversión por una noche.

 

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