Jueves. 21.11.2019
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Contingencia

Mario Luis Diego

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Se asomó por la ventana como cada mañana. Su vecina estaba por desnudarse. Sin motivo aparente. Sólo para darle el gusto de verla. Otra vez. Pero esta vez había algo entre sus edificios. Una fuerte pestilencia a humo y una bruma plomiza que recordaba a cierto largometraje de Kieslowski cuyo nombre no recordaba.

Se disculpó de la exhibicionista como pudo a punto de ademanes más ridículos que atinados, se subió los calzones y bajó la persiana. Prendió el televisor, busco en la guía y seleccionó el primer canal de noticias que encontró. Subió el volumen y empezó a hacer la maleta. El noticiero hablaba del precio del petróleo crudo, del dólar, de la violencia y del gobernador de Morelos.

Sentía una urgencia terrible por encontrar su teléfono y llamarle a su hijo. Sabía que algo andaba mal de nuevo y quería escapar durante unos días. Marcó dos veces sin obtener respuesta. Mandó un mensaje de texto “Voy para allá” y dejo una nota en la mesa de la sala “Fui con Roberto. Regreso el lunes o el martes. Dejé dinero en el buró. Te amo.”

Por fin escuchó. “El olor a carbón quemado es provocado por varios incendios…”. Cerró la maleta con prisa y después de aventar dentro el cargador del celular. Dejo prendida la pantalla y mientras bajaba por las escaleras busco la ruta más rápida a Orizaba en su app predilecta. Descubrió al hijo de los Pedraza viéndole los calzones. Se apretó la falda contra los muslos y siguió bajando.

Recordó que tenía años sin visitar a sus nietos. Le chocaba convivir con su nuera. Pero le aterraba la idea de “respirar cáncer” a su edad. Por lo menos tenía el celular lleno de su música favorita para salir a caminar en la falda del volcán.  Cerró la puerta del auto. Espero a que se sincronizara el bluetooth y escuchó “Estamos listos. Vamos.”. Vio la camioneta de su vecina y suspiró. La iba a extrañar.

 

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