Jueves. 20.02.2020
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CUENTO

La función

Elizabeth G. López

Elizabeth G. Lopez
Elizabeth G. Lopez

Estaba en el cine y no entendí la película, seguro porque era de esas que se proyectan en festivales de nombres complicados, en países fríos del norte de Europa en donde se escribe con muchas diéresis y la gente quiere atrapar el sol en vez de escaparse de él.

 

En la pantalla…
los árboles las nubes
melifluos silentes
atravesaron
rascándoles las barrigas el cielo…
al pasar.

 

Al salir de la proyección me encontré con un tumulto de gente que me impedía el paso, y al tratar de escapar del cine me tropecé con múltiples manifestaciones de lo que ahora supongo que debe ser normal ver en un cine. Primero escuché, por accidente, la conversación de un académico canoso, largo y extranjero, sentenciando a voces expertas that he “loved the oxymoronic aesthetics of the pictured composition, the contrasting quiet quality of the herbal primary-melancholy, ontological contrapuntal of the evolving synergy of contemporary society glitches and paradoxes”… o algo que sonaba parecido a eso.

Inmediatamente después vi atravesar el hall del teatro-cine a un grupo de jóvenes, polemizando sobre la “burguesía pretenciosa del director de la película, echando en cara paisajes bucólicos amanerados que se evaden de la verdadera problemática de la sociedad y pretextan con el discurso de la estética clasista minimalista esnob porque no tienen la valentía de aceptar que «los de arriba» «les llegaron al precio» hace un chingo…” y desaparecieron en tropel entre la gente, justo como habían llegado.

Después me empujó una parejita que, igual que yo, trataba de salir del lugar mientras discutían, él iba diciéndole a la novia “no entiendo por qué la gente hace esas cosas, mejor habían de montar una exposición fotográfica de esas que nadie va a visitar, en vez de hacer perder el tiempo a los otros –que sí tenemos cosas que hacer en la vida real– con 75 minutos de árboles que ni siquiera hablan ni se mueven ni hacen nada”. Luego le reclamó por haberlo obligado a ir aunque ya sabían que no le iba a gustar, y ella le respondió ofendida (y culposa) que su amigo que estudia literatura le “dijo que estaba interesante, o sea, yo creí que decía así como interesante en serio, no como interesante de la gente rara que estudia artes y tiene clases como yoga y vota por la izquierda y cosas de esas…”

Entre otras.

Yo no sé nada de cine, ni de política ni de arte, pero me gustaron los árboles moviéndose al compás del viento, las nubes pasándoles como cachorros blancos adormilados por encima, el edificio asombroso que por alguna razón cualquiera podría confundir con ruinas, aunque en realidad parece estar sin terminarse… y el hecho de que me colé sin planearlo en una función de una película que ni siquiera sabía que existía. Recuerdo perfectamente que iba caminando tan campechana por la callecita retorcida del teatro principal y… corte a negro. De pronto estaba aquí sentada, con cara de pato, pensando en la inmortalidad de aquella nube en la pantalla que tiene forma de cangrejo… pensando, sobre todo, en cuál sería su sabor.

Además, fue gracioso cuando una persona de la primera fila que estaba sentada en una esquina, se levantó en plena función y cruzó descaradamente la pantalla mientras se rascaba y tosía, entre el escándalo de los estirados y la sarcástica comodidad de los que siempre se complacen en señalar la incultura de la gente de este país, diciendo cosas como: “Por eso (inserte aquí nombre de país en vías de desarrollo cualquiera) no avanza, por eso estamos como estamos” dicen, y luego le miran las nalgas a la señora de al lado –que se sienta ruidosamente después de haber ido a reflejarse al enorme espejo del tocador de señoras, y darse cuenta de que se le transparenta la tanga de leopardo a través del vestido de muselina que se compró en el mall el otro día–, sólo para descubrir… tras polémicos siete segundos, con bochornoso y acusatorio desengaño, que la silueta impune era parte de la proyección y que todos estaban haciendo el ridículo, como siempre.

En el lobby del cine las personas seguían empujándose entre sí sin ninguna consideración, pasando unos sobre otros con tal de salir primero. Como a mí no me gustan los codazos, me regresé a la sala para esperar a que pasara el tumulto y, mientras trataba de terminarme una caja de palomitas de maíz que había caído al suelo, la señora de la tanga de leopardo se detuvo a mi lado y exclamó con voz chillona: “¡mira hija, un perrito cinéfilo!”.




***
Elizabeth G. López. Nació en León, Guanajuato en 1989. Aprendiz autodidacta de literatura y redacción. Es estudiante de arquitectura y urbanismo en La Habana, Cuba, desde el 2015.

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