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CUENTO

Trabajo de verano

Laetitia Thollot

Trabajo de verano
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Trabajo de verano

 –Antes de que cambiaran de idea acerca de mí, me mandaron de vuelta unos días. Intenté alertar a las autoridades, sin éxito –le digo a esta adolescente que se parece a mí como una hermana gemela, pero con diez años menos. ¿Se habrá dado cuenta de lo mucho que nos parecemos? Supongo que su celda, igual que la mía, no cuenta con espejo.

A modo de respuesta, la chica me devora con la mirada. El blanco de sus ojos es más puro que el mío, y su iris tiene el color del cielo antes de la tormenta. En su semblante sólo detecto una curiosidad animal, sin objeto preciso. No sé si entiende mi idioma. Hace tiempo que le narro la misma historia, debería empezar a aburrirse. Nunca he oído el sonido de su voz. ¿Será que no cuenta con órganos fonológicos? Tampoco he oído a nuestros carceleros hablar. Ni siquiera los he visto. Pero sé que están aquí, con sus artefactos, al acecho de los intercambios bioquímicos que se operan dentro de nuestras células.

A través de las rejas horizontales, puedo ver la celda de mi vecina –idéntica a la mía, excepto que al lado de la jarra de agua le pusieron uvas y no manzanas como a mí. No sé siquiera por qué le cuento estas cosas. A lo mejor no es más que un pretexto para ejercer mi voz y oír retumbar su eco metálico por las rejas. 

–El año pasado conocí a Richard en internet. Soñábamos con pasar el mes de agosto en la isla de Córcega. Él no trabajaba, ni estudiaba. A veces, su padre –un vendedor de productos de limpieza– se apiadaba de él y al despertar, encontraba unos cuantos billetes de cincuenta euros en el buró, que se gastaba de inmediato. Yo iba a la universidad y vivía en casa de mi abuela, en una periferia. No contaba con otros ingresos, aparte de mi beca de estudio otorgada por el gobierno francés. Un día, Richard me contó sobre una oferta de trabajo que había visto. Se contrataba a una pareja para el mes de julio. No pedían títulos ni estudios y la paga era buena, pero no era claro de qué se trataba. Habíamos concertado una cita en la entrada de "Las Altas Tierras", una nueva zona industrial. Nos apeamos del autobús y caminamos durante un kilómetro o dos. El lugar sólo contaba con algunos hangares. En los alrededores, había tierras cultivadas y los plantíos de maíz, ya crecidos por los calores de mayo, se balanceaban con la brisa. El viento no tardó en arreciar y los tallos ondearon, hasta aplanarse por completo y para nosotros, todo se detuvo.

Cuando volví a mí, estábamos en una especie de cuchitril con barrotes que me recordaron las escaleras de entrenamiento de los gimnasios viejos En la parte más baja habían colocado juegos infantiles –por ejemplo un circuito para cochecitos, con puentes y túneles–, pero a causa de la gravedad era imposible jugar. Richard pasaba todo el tiempo trepado arriba de las escaleras, poco a gusto, mientras yo trataba de entender lo que ocurría más allá de los límites de nuestra jaula. Descubrí que nos encontrábamos en medio de un conjunto de celdas paralelas, separadas por estrechos pasillos donde nunca vi transitar a nadie. En cada una de estas jaulas que parecían hechas para simios, estaba un hombre idéntico a Richard. Repetidas veces grité y manoteé, tratando de captar la mirada de uno de estos clones. Subían y bajaban a lo largo de las escaleras sin ver de lado. A lo mejor eran sordos... Yo sé que tú sí me oyes. De otra manera, no te estarías bebiendo mis palabras. Eres más humana, pero te ha de faltar no sé que cosa para hablar. En fin.

En cuanto al Richard que ocupaba mi celda –supongo que se trataba del original–, empezó a quejarse de su escoliosis que lo hacía sufrir, por la postura inadecuada. Dolorosos moretones aparecieron en su piel y se extendieron –algo como hemorragias subcutáneas. Supongo que la experiencia, cualquiera que haya sido, no resultó, porque nos descartaron. En un abrir y cerrar de ojos me encontré de vuelta a la habitación que ocupaba en casa de mi abuela. Los Richards –eran doce en total– yacían a mi lado, rígidos. Sus caras tumefactas sugerían que las lesiones se habían generalizado, provocando la muerte.

Al prender el televisor, me enteré de que había pasado poco tiempo –apenas dos días– desde que nos habían abducido. Mi abuela aún no regresaba de su fin de semana en la casa de mi tío, pero como estábamos a domingo, sabía que no tardaría en llegar; tenía el corazón frágil y no quería que el susto le causara un ataque. Disimulé los clones lo mejor que pude por la casa. Apenas acababa y percibí el ruido del Clio de mi tío, que se estacionaba. Empujé al último Richard debajo de mi cama, bajé a saludar a mi abuela y, en cuanto pude, atraje a mi tío al segundo piso para platicarle lo ocurrido. Abrí el armario del cuarto de visitas y le mostré dos de los clones que había escondido ahí; le dije que quería llamar a la policía y le pareció una buena idea. "Y hay otros diez por ahí" –añadí. Marqué, pero la comisaría nunca me contestó la llamada. Al cabo de un rato perdí paciencia y salí, dispuesta a detener el primer coche de policía con el que me topara. Por fin encontré uno, estacionado en la acera. Al lado, una mujer fumaba. Le hablé de Richard y de sus once clones, fallecidos a raíz de una abducción, y de la dificultad de sacarlos del domicilio de mi abuela sin que ella se enterara. La mujer pensó que bromeaba, y para convencerla relaté toda la historia. "-Usted es una cuentista en el alma" –se carcajeó. No era una agente de policía en civil, como yo había pensado, sino la vendedora de la panadería de enfrente, que se tomaba una merecida pausa antes del rush de mediodía. "-Lo peor a estas horas, son los clientes que quieren que les caliente una torta y se quedan allá en medio, como lelos, obstaculizando la salida” –observó. Tiró su colilla a la alcantarilla y me deseó buena suerte para mi futura carrera literaria. Entonces seguí caminando, pero me extravié en unas afueras desoladas, hasta dar con el campo abierto. Una tormenta se acercaba y me detuve frente a un lote plantado de canola, cuyas flores amarillas bailaban en el aire, y todo se detuvo. "-Y ahora de nuevo" –me dije al despertar en esta celda. Cabe decir que esta vez hay mejorías. La horizontalidad del lugar, eso sí lo aprecio. Y es bueno tener agua y algo de comer. Te has de preguntar, tú también, lo que tienen en la mente. Yo, sabes, me rindo, porque sus designios son impenetrables. Ahora, sólo espero que esta chamba se acabe pronto.   

 




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Laetitia Thollot. Escritora franco-mexicana. Escribe tanto en francés como en español y considera un texto terminado sólo cuando está en ambos idiomas; esta meticulosa y exasperante manía hace que se la pase traduciéndose a sí misma en vez de dormir. Su área de predilección es la ciencia ficción y entre sus referencias están Wells, Bradbury, Houellebecq y el (machista) Asimov.

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