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POEMA

Canto I – El éxodo

Daniel H. Soto

Canto I - El éxodo - Daniel H. Soto
Canto I - El éxodo - Daniel H. Soto
Canto I – El éxodo

Abandonamos nuestros muertos como si nunca fueran a volver a vernos, porque ya no alcanzaban las cruces.

El camposanto repleto de tumbas amontonadas, enmohecidas, sin epitafios, la tragedia en la despedida aniquiló todo intento de poesía en los adioses. Una madre rejunta los huesos de su hijo para devolverlo a la tierra porque la esperanza no llena el estómago de recién nacidos, la bandera no cubre de plomo y los templos sagrados, altar de sacrificios, deshonrados por milicia en suelo de refugio.

Éste es mi cuerpo, ésta es mi sangre, nos dijo, pero el pan era para los hambrientos, no para los hartos, el vino para los sedientos y los tristes, no para los hombres diablo.

Perdona a tu pueblo, señor.

Agarramos todas nuestras reliquias, las primeras lágrimas, los amigos de la infancia, los primeros besos, los primeros balazos, los primeros tatuajes, las primeras cicatrices, y les dejamos todo.

Somos éxodo desesperado. Ahí van los de la profecía buscando la muerte al muro para ser crucificados, la resistencia es desangrar completos en cruces, cesando la injusticia en tierra abandonada, agotada, sin agua, estéril, moribunda, encabronada.

Pasamos varias fronteras, menos el corazón de los que no sienten.

Nacimos donde se agoniza antes de tiempo, donde las bocas se multiplican, se muerden, esperan otro día y la niña crece y papá no aparece, las serpientes acechan, las maldiciones perduran, nos condenan a bailar descalzos para siempre, sobre brasas con fuego.

Nos ponen grilletes en las patas, obligando a matar muriendo, y la maldad se apropia de nosotros, y nos volvemos malos.

No, no podíamos quedarnos allá gobernados por alacranes con alas. El remedio fue dejarles todo, volvernos peces, cruzar los ríos, brincar fronteras en la espalda con los críos, derritiendo muros con la mirada.

Anda, llévame contigo, paisa, porque es más fácil cruzar un camello por el ojo de una aguja, que ver entrar a un rico al reino de los cielos.




***
Daniel H. Soto
. Nací en el Municipio de Huixtla, Chiapas, un pueblito caliente al sur del sur de México; mis manos venían llenas de tinta, envuelto en papel periódico. Desde entonces la abuela me tatuó el amor por la literatura, por las letras y las palabras: la literatura que le canta al pueblo, que anda en los mercados, en los velorios y en las cantinas. Desde entonces comencé a escribir, y supongo que lo haré hasta que muera. Ni dramaturgo, ni cuentista, ni poeta; sólo una persona que escribe mucho, un llenador de hojas en blanco.

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