Es lo Cotidiano

CUENTO

Letrero de neón

Bernardo Monroy
Letrero de neón
Letrero de neón

¿En qué momento nuestro futuro dejó de parecerse
 a los Supersónicos y se convirtió en Blade Runner?

-Bernardo Fernández, BEF

 

 

 

No era sencillo ser un escritor virtual.

Gilbert Codekey se desplazó por las calles de la ciudad. El cielo mezclaba el smog con las luces de neón de los anuncios espectaculares. Había anochecido, pero no se percibía la diferencia, porque los rascacielos de la empresa multinacional Yūrei,[1] que tenía su sede en Tokio y dominaba prácticamente todo el país, no sólo prohibían la libertad de comercio sino de luz natural. El pensamiento que siempre daba vueltas en la cabeza de Gilbert era cuándo fue que su mundo se convirtió en una historia con todos los clichés de la literatura cyberpunk. Flotó por el suelo de los callejones, repleto de  smartphones obsoletos, vómito fosforescente y prótesis de manos. La ventaja de ser un holograma con inteligencia artificial era no tener que pisar toda esa porquería. Los muros mostraban grafitis que proclamaban: “¡YŪREI TE JODE A DIARIO, JODAMOS A YŪREI!” y la síntesis y lema de mucha literatura cyberpunk: “HI TECH, LOW LIFE”, donde se recargaban vagabundos que consumían drogas de diseño. En el barrio bajo por donde Gilbert vagaba era una auténtica celebridad: además de ser un escritor underground destacado, era la única creación de Yūrei que se rebeló, adquiriendo autonomía, cual moderno Frankenstein. 

Gilbert fue programado por Yūrei para escribir panfletos en contra de los globalifóbicos, desertores y desempleados… el problema fue que lo dotaron de inteligencia. Leyó todo tipo de libros electrónicos que había en la red, y adquirió la capacidad de discernir. De modo que escapó por la red y los mandó al diablo. Buscarlo en las calles de la ciudad era como buscar un pixel en un carpeta con miles de imágenes, así que desistieron… hasta que publicó su novela electrónica Letrero de Neón, una historia que hablaba sobre un grupo de hackers que derrocaban a Yūrei y distribuían su dinero entre la población, muy influida por el cyberpunk mexicano: desde el primer cuento escrito de ese género, “El velero azul” de Rodrigo Madrazo; hasta la primera novela La primera calle de la soledad, de Gerardo Horacio Porcayo. Su autor favorito era Bernardo Fernández, conocido como “BEF”, uno de los más importantes exponentes del género en México, con Gel Azul. También vio cientos de películas cyberpunk, entre sus favoritas estaban Johnny Mnemonic, Matrix, Blade Runner, Tron, Robocop y Akira. El e-book se distribuyó gratuitamente y le encantó al pueblo, pero a la empresa le cayó como diarrea informática.

Fue inútil intentar borrar los archivos de texto y encontrar a Gilbert… el antivirus se había propagado. En cuestión de un año Letrero de Neón se convirtió en libro de culto, y Gilbert en el primer escritor virtual, así como en su momento hubo actores y cantantes virtuales. Actualmente estaba escribiendo un segundo libro: Access Denied, que trataba sobre un cyborg que trabajaba como esclavo sexual de una ejecutiva de Yūrei. Gilbert no necesitaba techo, porque podía entrar a la red. Como autor y creación digital que era, usaba los monitores como ventanas, las redes como carreteras y los datos como vehículos.

Gilbert se detuvo en un pequeño local que desentonaba en medio de una calle de la zona roja de la ciudad: cyborgs con penes de veinticinco centímetros, mujeres con senos modificados genéticamente, niños robots para complacer a uno que otro pedófilo y anuncios de colores violeta, azul, rojo y rosa anunciaban sex shops, cines XXX y moteles, todo de la cadena Yūrei. El local era la librería “Sprawl Trilogy”[2] y desentonaba como un Atari en un cuarto lleno de X-Box. Gilbert entró, descubriendo un espacio muy reducido, repleto de libros y con una pantalla de dos metros: la entrada al ciberespacio. El negocio era atendido por una anciana, que llevaba una blusa plateada y unos jeans con luces verdes parpadeantes. Sus ojos habían sido sustituidos por dos implantes que brillaban como pequeños semáforos en rojo. Los dos clientes distinguieron el brillo azulado que despedía Gilbert. No todos los días se encontraban cara a cara con un escritor famoso ni con un holograma inteligente. Gilbert Codekey les dijo que Letrero de Neón no tenía nada de imaginativo, que lo que en el pasado hubiera sido una novela de ciencia ficción en su ciudad era una historia costumbrista, que actualmente el mundo en el que vivían era un auténtico vertedero de basura electrónica:

—…el cyberpunk fue el gran movimiento de la literatura de ciencia ficción durante la década de los ochenta. Se centra en un futuro cercano, y sus elementos característicos son humanos con implantes cibernéticos, un alto nivel de tecnología y una baja calidad de vida, empresas multinacionales deshumanizadas  que dominan prácticamente todo, y perdedores e inteligencias artificiales por protagonistas. El término, conjunción de “cibernética” y “punk”, fue acuñado por Bruce Bethke. Aunque se puede rastrear en novelas como Sueñan los androides con ovejas eléctricas de Philip K. Dick y Software, de Rudy Rucker, no cobró auténtica fama sino hasta 1984 con Neuromancer, de William Gibson, que narra la historia de Case, un pirata informático que malvive en su época porque no puede conectarse al ciberpespacio, alucinación virtual que representa todo el flujo de datos, redes de información y conocimiento de la humanidad. Posteriormente, cuando la tecnología sobrepasó a las letras, nació el subgénero post-cyberpunk, con Snowcrash como la novela más destacada.  De hecho, Bruce Sterling, uno de los escritores más importantes del género junto con Gibson, había declarado que el ciberespacio estaba entre la gente… sólo que él no se había dado cuenta.

Los clientes aplaudieron su pedante erudición, típica de muchos escritores, ya fueran virtuales o de carne y hueso, y se despidieron de él, esperando leer pronto su nueva novela.

La anciana se presentó como Irma Interface, la dueña de la librería “Sprawl Trilogy”, y le exigió que se largara de su negocio. Gilbert alzó sus cejas pixeleadas. Y abrió su boca en animación gif.

—¿Crees que no me metes en problemas? Tu libro está prohibido por Yūrei. Todo mundo lo conoce, y tu cara de holograma brillante salta a la vista. La policía y los criminales trabajan para la misma empresa. Si se enteran que estás aquí me joderás el negocio. Una cosa es que el mundo se haya convertido en una historia cyberpunk y otra que la vida siga la trama de las novelas y películas cyberpunk. No habrá una rebelión de punks con implantes cibernéticos contra la empresa que domina todo, de la misma forma que en los pueblos de Colombia no hay coroneles que recuerdan aquella tarde en que su padre los llevó a conocer el hielo. Estamos derrotados, con acceso a internet pero sin tener qué comer. ¿No te das cuenta que aunque nuestra vida es una historia de William Gibson o Bruce Sterling, somos personajes igual de derrotados que los de Franz Kafka o Raymond Carver? Lárgate de aquí.

Gilbert suspiró —en la medida de que su zumbido pudiera interpretarse de esa forma-. Y se dio la vuelta camino a la pantalla de dos metros al fondo de la tienda. La atravesó como un humano lo hubiera hecho con una puerta. En pocos minutos se movía entre ceros y uno color verde sobre fondo negro. Cada una de sus pisadas golpeaba la acera de datos. De súbito aparecían los visitantes del ciberespacio, que a diferencia de él no entraban directamente sino que eran humanos que viajaban gracias a sus computadoras. Dos de ellos usaban el típico atuendo cyberpunk: el aspecto de un punk de los ochenta, pero con prótesis en ambos brazos y piernas, y otro, con gabardina negra y lentes oscuros, a la usanza de la saga The Matrix. Sostenían en sus manos un ejemplar de Letrero de Neón de Gilbert Codekey. Se notaba al instante que eran dos adolescentes con más acné que experiencias.

—¡Me encantó su novela! –dijo el de la gabardina- ¡Va a ver como Nosotros vamos a derrocar a Yūrei!

Gilbert los saludó y siguió su camino a través de la supercarretera de la información, recordando que en una ocasión Bruce Sterling había dicho:

—Cualquier cosa que se pueda hacer a una rata se le puede hacer a un humano. Y podemos hacer casi cualquier cosa a las ratas. Es duro pensar en esto, pero es la verdad. Esto no cambiará con cubrirnos los ojos. Esto es cyberpunk.

Y era verdad. Yūrei veía a todo mundo como ratas. Pesó en las palabras de aquella anciana, y se le ocurrió que quizá era un personaje, como de una obra de teatro de Luigi Pirandello más que en una historia de Kafka o Carver. De cualquier forma, nunca volvió a ver a Irma.




***
[Ir a la portada de Tachas 322]

 


[1] Los Yūrei son fantasmas del folclore japonés que se aparecen durante la madrugada y el amanecer, para asustar a los mortales que los ofendieron en vida.

 

[2] La “Sprawl Trilogy” o “Trilogía del Sprawl” es la más importante saga de literatura cyberpunk, escrita por William Gibson y conformada por “Neuromancer” (Neuromante) “Count Zero” (“Conde Cero”) y Mona Lisa Overdrive (“Mona Lista Acelerada”).

 

Comentarios