Sábado. 07.12.2019
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MEMORIA

Oh few, we happy few

José Luis Justes Amador

Oh few, we happy few
Oh few, we happy few
Oh few, we happy few

 

Para y con Santiago G. Soláns, por los viejos tiempos
y por la memoria que los mantiene vivos siempre y para siempre
.

 

Hay tres actitudes que odio en esta vida: el exhibicionismo de la estupidez, la afirmación de que a alguien le gusta algo cuando apenas tiene una ligera y placentera relación con ciertos temas, y el ejercicio (activo o pasivo) de la nostalgia. Cualquiera de las tres me enferma (casi psicosomáticamente), pero sólo hay una en la que me es imposible no caer de vez en cuando. La última. Hay algo en el alma humana que, por más insensible que uno sea o quiera ser, nos obliga a mirar hacia atrás con un sentimiento de que algún tiempo pasado sí fue mejor. Y cualquier mínimo detalle (un color, una canción, una manera de aspirar el cigarrillo) puede desatarlo. Ayer fue una frase. Dos, que aparecieron en mi muro de Facebook: “La Glorieta ya nunca será lo mismo. Se nos ha ido un trocito de nuestra historia”.

Miro la fotografía que acabo de descargar de Internet y busco en el diccionario la definición de la palabra “glorieta”. La primera dice que es un cenador en el jardín o el lugar del jardín donde está ese cenador o, tercera acepción, una plaza circular en la que desembocan otras calles. Porque eso que está al centro de la fotografía, de madera verde y con las persianas cerradas, se llama “Café la Glorieta”. ¿A quién diablos se le ocurriría llamar así a un bar? Porque aunque se denominara “café”, todos lo usábamos como un bar. El primer bar de mi vida del que pude decir que fui un habitual.

No sé si el pasado es un país extranjero en el que se hacen las cosas de otra forma, o si en la memoria las cosas no son como fueron sino como debieron haber sido. Pero en ese lugar y hace tiempo aprendí gran parte de lo que ahora soy.

Entre esos muros (aunque se llamara glorieta) perdí mil partidas de ajedrez (y gané quinientas), leí por primera vez a Gil de Biedma y a Cernuda, alguien me habló por primera vez de Sylvia Plath. Ahí aprendí que ni el billar ni los juegos de estrategia son lo mío. Ahí supe que las tres de la tarde son una buena hora para comenzar a beber y que los solitarios acodados en la barra que a mí me parecían personajes ficticios, existían. Ahí nació un fanzine tolkeniano y ahí también murió. Ahí quedábamos para empezar las noches, las largas y las cortas, antes de partir de “la glorieta” a sitios de nombres menos habituales como “El fantasma de los ojos azules”.

En “La Glorieta” supe (o tal vez lo descubrí años después) que la mejor característica que puede tener un bar es una neutralidad, estética e ideológica, que dé la bienvenida a todos. En su barra y en sus mesas me vi a lo largo de años, de muchos años, con friquis y garageros, con el único mod de la ciudad y con funcionarios de un partido de derechas, con católicos acérrimos y anarcosindicalistas, con mujeres, menos de las que hubiera querido, y con hombres, con conocidos que proponían proyectos que nunca llegarían a buen puerto y con desconocidos con los que acabaría entablando amistad. Y también, siguiendo el consejo del gran poeta, aprendí a estar solo.

Y aprendí, también, a querer a esa figura a la que los visitantes no habituales de los bares nunca toman en consideración: el dueño camarero, el dueño que abre y cierra su negocio para que los demás seamos, aunque sea por un rato, felices alejados del mundanal ruido. Con los años he conocido a más, a muchos más, pero la primera en mi vida fue Pilar. Pilar porque nunca supimos su apellido. Pilar porque siempre le saludábamos con un “hola, Pilar”. Pilar que ayer decidió jubilarse y dejar el negocio a alguien que quizá, que seguro, no podrá sustituirla nunca.

En “La Glorieta” aprendí mis primeras y pocas palabras en élfico.

Alassia an omentielme. Hantale por todo, Pilar.



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