Sábado. 07.12.2019
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CRÍTICA

The Matrix y las fantasías paranoicas

Juan Ramón V. Mora
The Matrix y las fantasías paranoicas
The Matrix y las fantasías paranoicas
The Matrix y las fantasías paranoicas

 

A fines del siglo XX las cosas parecían tomar nuevas perspectivas. Dos mil años de civilización habían trasladado el trabajo bajo el sol hacia cubículos grises y lámparas fluorescentes para ver los botones que se aprietan y los números que se marcan. Esto creó una ola de desconcierto en la cultura, que de forma cada vez más acelerada se empezó a cuestionar si la relación que hemos establecido con la tecnología no es malsana; algo que los escritores de ciencia ficción (comenzando con el relato fundacional de Mary Shelley) habían estado haciendo durante dos siglos.

Visionarios como Phillip K. Dick le infundieron luces de gnosticismo a la fantasía místico-tecnológica, provocando olas en las que se inscriben subgéneros como el cyberpunk, cuya mejor traducción al cine de Hollywood sigue siendo una adaptación del propio K. Dick: Blade Runner (1982). The Matrix (1999) aprovechó la convergencia entre el espíritu milenarista y las especulaciones de la ficción. Los Wachowski ya habían hecho la bien recibida Bound (1996), pero nada presagiaba lo que Matrix significó.

La película, como recordamos, propone que la realidad de 1999 es un programa de realidad virtual (la “Matriz” del título) diseñado por máquinas super inteligentes que esclavizan a la humanidad como fuente de energía. Sin embargo, hay algunas personas capaces de escapar el cautiverio y lideran la resistencia contra la dominación. El papel protagónico lo ocupa Keanu Reeves: Thomas Anderson es su nombre de oficinista y Neo el de hacker. Morfeo y Trinity, dos líderes de la resistencia, le proponen conocer la “verdadera” realidad y luchar con ellos o seguir soñando con la que conoce.

Creo que el principal acierto de Matrix fue traer al gran público lo sospechoso de la palabra “realidad”, sobre todo en relación con la civilización y la tecnología que hace posible. Un terreno hasta entonces reservado para las academias o los manicomios pasó a formar parte del discurso corriente gracias al poder evocador de Hollywood. Pero no hay que menospreciar a las Wachowski como artesanas del cine. Además de la sensibilidad cultural necesaria para amalgamar estas inquietudes en forma de una película comercial, la puesta en escena es sobresaliente.

Muchas imágenes de esta cinta han quedado marcadas a fuego en la memoria colectiva: las píldoras, el vestuario, los lentes oscuros, el kung-fu coreográfico, el efecto bullet-time. Para los que no vivieron aquella época les aseguro que hasta en la lucha libre mexicana se sintió la influencia de Matrix.

A pesar de todo, la estructura de la película resulta ser demasiado fiel al esquema típico de las tramas de acción hollywoodenses. Una aventura atípica se vuelve una película predecible, y el héroe extraño termina siendo la enésima versión de Rainier Wolfcastle. La necesidad de agradar a un público que no busca ir al cine para conectar neuronas sino para desconectarlas, terminan haciéndola una película de acción muy convencional.

Uno de los peores defectos de The Matrix son sus horribles secuelas Reloaded y Revolutions. Una peor que la otra, potencian los defectos de la primera parte, volviéndose un espectáculo descerebrado de efectos especiales que han envejecido terriblemente. Sospecho que las filmaron al mismo tiempo para maximizar las oportunidades de lucro. El proyecto de animación Animatrix merece ser visto por cuenta aparte.

Pero el peor defecto es, a mi ver, que muchos de los que la vieron conectaron sus propias fantasías paranoicas sobre la realidad —muchas de ellas nacidas de fiebres químicas— y creyeron ser los elegidos en turno para revelarnos al resto de la humanidad algo muy importante: yo sé algo que tú no sobre la naturaleza más íntima de la realidad (política, social, cultural, económica, biológica, intercelestial, astrológica, etcétera) y por lo tanto tengo autoridad sobre ti, simple esclavo de la Matrix. Hoy las teorías de la conspiración reptiliano-sionoides-masónicas-illuminati no son la excepción sino la norma y parece que cuestionar el concepto de realidad en exceso no es el camino para una vida sana, por más bueno que sea para el arte.

Los hermanos Wachowski se volvieron hermanas Wachowski y en el camino han dejado un legado de películas repugnantes (Speed Racer, Jupiter Ascending), un acierto (Cloud Atlas), una serie de televisión y varios esfuerzos como productoras, pero dudo que superen el oleaje que causaron con The Matrix. La cultura sigue obsesionada con la tecnología y parece que sus formas de esclavización son más sutiles de lo que las pesadillas apocalípticas de finales de siglo predecían. The Matrix permanece por sus valores como película, pero su relevancia cultural se debe más a  una mezcla de buena suerte y buena técnica que conectó con la vida a principios del nuevo milenio, y que sigue ocupando un nicho especial en nuestra memoria.




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Juan Ramón V. Mora. Es escritor, editor y crítico de cine. Ganó la categoría de cuento corto en los Premios de Literatura de León 2016 y fue coordinador editorial del GIFF. 

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