Martes. 15.10.2019
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CUENTO

Fragilidad

Luna Vanessa

Fragilidad - Luna Vanessa
Fragilidad - Luna Vanessa

Se hizo de noche, afuera en la calle, el silencio, adentro en el bar, murmullos ahogados en el volumen de la música. Adentro, personas dispersas entre el humo del cigarro, sus cuerpos borrosos y en movimiento, cubiertos de sudor por el albor del verano. Adentro, tú y yo bailamos hasta el amanecer, caminamos por los espacios libres del lugar, buscando rostros familiares, personas que pudieran distraernos de nosotras mismas, y de nuestra presencia.

Nos conocimos hace unos años, por un amigo en común, nos conocimos muy poco, tan sólo el rostro y la mirada, el cuerpo y la superficie, nada en especial. ¿Te parece guapa? Me preguntó. No di respuesta en el momento, pero la guardé para mí. Tal vez algún día –pensé- ¿estará soltera? Pasaron los años y coincidimos en algunas fiestas, en reuniones de amigos por el fin de año o Navidad. Pasaron los años, y por mí una pareja y la soltería. Por ti, sólo una, la única, la elegida. No debes –me dije siempre, y respeté su lugar en tu vida.

Adentro en el bar, reímos y perseguimos a nuestro amigo que insistía en bailar con desconocidas. Fue la primera vez que compartimos genuinamente, que entablamos una conversación sin la presencia de nuestras parejas. ¿Cómo te gustan las chicas? –Preguntaste. Te describí entonces a mi pareja ideal. ¡Pero si te estás describiendo a ti misma! –dijiste riendo. Es cierto –contesté– ¡estoy enamorada de mí!

Continuó la noche hasta la madrugada, todos se fueron, pero nosotras permanecimos, apenas unas almas en el lugar. Pusieron salsa y me invitaste a bailar. Acepté diciendo que tenía dos pies izquierdos, y bromeando acerca de mi terrible falta de coordinación. Me dijiste que no podía ser tan malo, sin embargo, bailamos sin entendernos, puesto que querías que te llevara, y yo no sé llevar.

Nos separamos en ocasiones y conversamos con otras personas, pero siempre volvimos a coincidir. El lugar estaba cada vez más vacío, y la charla entre nosotras fluía como si hubiésemos podido charlar durante todos esos años de conocernos. Entonces pregunté: ¿qué hubiera pasado si hubiéramos coincidido solteras alguna vez?

Bajaste la mirada, un gesto incómodo se dibujó en tu rostro. Coincidimos una vez –dijiste– coincidimos, pero yo nunca tuve el valor para escribirte, me insistieron que lo hiciera, que estabas soltera, que te invitara a salir, pero ¿sabes? Tuve miedo al rechazo… Además, no era la forma, no así.

Te escuché atenta, recordando las múltiples veces que quise escribirte, buscarte, e invitarte a salir para conversar. Hubo un tiempo en que estuve dispuesta –dije– que estuve a punto de buscarte a pesar de ella -respiré- finalmente pensé en el tiempo que llevaban juntas, en la complicidad, y me detuve, no fui capaz de irrumpir así en su relación.

Hubo un silencio entre nosotras, que se confundió con la música del lugar. Tenías la mirada baja, y asentías, como si estuvieses recordando y reconociendo el momento en el que quise acercarme a ti. Respiraste profundamente, y al cabo de un rato, levantaste la mirada sonriendo.

Pues bueno… Aquí estamos –dijiste– ¡Cómo han pasado los años! –agregué – ¿Te he mostrado a mi novia? No, ¿quién es? Saqué el celular y te mostré todas sus fotos, sonreíste. Es muy tu tipo, es muy guapa, se ven lindas juntas. Sí que lo es –respondí, con una sonrisa en el rostro– la extraño mucho, ya quiero que vuelva.

 

En medio del silencio cada vez más presente, comenzó una canción, una tonada que me resultaba bastante familiar. Reconocí la letra, y comencé a cantar: Me llaman Romeo, es un placer conocerla. Me miraste riendo, y extendiste la mano, dispuesta a bailar por última vez. La música meció nuestros cuerpos, que se reconocieron como no lo habían hecho antes. Tu mejilla rozó la mía, dejando para siempre en mi memoria, el aroma de tu cabello.

Terminó la canción, y una mesera se acercó a decirnos que estaban por cerrar. Vi el reloj, las 4:50 a.m. Es muy tarde –te dije– deberíamos partir. Buscamos nuestras cosas. ¡Mi chamarra! –Gritaste al ver que no estaba. Pero si estaba aquí hace dos segundos –te dije­– seguro alguien más la tomó. Lamentaste haberla perdido, mientras salimos del lugar.

Afuera, el silencio, y el azul plomo previo al amanecer. Afuera, el frío de la madrugada, y el final de una historia que nunca comenzó. Que te vaya bien en Guadalajara –dije– diviértete mucho, conoce personas, haz cosas nuevas –agregué. Me diste la mano, después un abrazo. Cuídate mucho –respondiste– que ese amor propio siga creciendo, y te siga guiando por esta aventura que es la vida.

Nos dimos la vuelta y partimos, cada una en su camino. Arriba, en el cielo, las estrellas comenzaban a desvanecerse, entre los rayos del sol.

 




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Luna Silva. México, 1991. Poeta antes que arquitecta, habitante del vacío. Escribe sobre el agua y sobre la fragilidad de las relaciones humanas en el tiempo y espacio.

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