Martes. 15.10.2019
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Hollywood: de las sombras a la decadencia

Fernando Cuevas

Hollywood: de las sombras a la decadencia
Hollywood: de las sombras a la decadencia
Hollywood: de las sombras a la decadencia

 

 

No es fácil definir a Hollywood: puede ser un reluciente conjunto de grandes estudios fílmicos, un paraíso decadente, una zona delimitada donde se vive el sueño americano o un aparato ideológico que implica grandes ganancias económicas. Un camino oscuro y sinuoso de mundos alternativos, cual película de Lynch; la edulcoración de las producciones cinematográficas o el sustento de este arte popular, el más de todos. Lo cierto es que se trata de un entramado heterogéneo –decir que una película es hollywoodense no alcanza a definirla en absoluto- donde caben propuestas que van desde la fórmula mejor calculada para la taquilla, productos pronto olvidables, y hasta cintas que se vuelven clásicas al paso del tiempo.

Los setenta atestiguaron la renovación del star system con la aparición de directores fundamentales: Coppola, Spielberg, Scorsese, Altman y Allen, entre otros, retomando ya los influjos de cintas que advertían los tiempos de cambio producidas a finales de los sesenta, todavía con distribución marginal. Pero en el último año de la década descrita terminó la inocencia del amor y paz, con flores en las orejas y, en buena medida, la fantasía hippie: una secta, liderada por un tipo siniestro, perpetró un crimen salvaje en el que murieron una actriz, esposa de un director famoso, y sus acompañantes: la utopía de las margaritas y girasoles mostraba su lado enajenadamente salvaje, como bien lo advirtió The Velvet Undergorund.

Decepción americana

Más que una historia del todo articulada, Había una vez en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, EU-RU-China, 2019), que dicho sea de paso hubiera sido mejor utilizar el “érase” en lugar del “había”, se sustenta en viñetas alegóricas, brillantes la mayor parte de ellas; incluso en un momento determinado, como consecuencia de darle cauce al curso de los acontecimientos, se recurre a un narrador para explicar el destino del protagonista en cierta etapa de su carrera, siempre al borde del olvido o de caer irremediablemente en picada. Todavía se hacía una gran distinción, a diferencia de los tiempos que corren, entre el cine y la televisión: ahora las grandes luminarias, casi todas, aparecen en la pantalla chica y en la grande. Si se me permite la distinción longitudinal.

La novena película del escritor, actor y director Quentin Tarantino, sin contar sus intervenciones en otras producciones como Cuatro habitaciones (1995), La ciudad del pecado (2005) y Grindhouse (2007), vuelve a retomar un periodo histórico o suceso real, como en el caso de Bastardos sin gloria (2009) y Django sin cadenas (2012), para buscar cierta rectificación o transformación de los sucesos verídicos, acaso en consonancia con los deseos de muchos y en una tesitura de explotación, aprovechando la estética del cine B para explorar otras posibilidades narrativas y estilísticas, insertando secuencias de violencia directa sin demasiada conmiseración y para el agrado del respetable. Tarantino busca el aplauso de la tribuna.

Leonardo Di Caprio entrega una actuación notable como el patético actor de cine de western que va dando pasos hacia abajo, según la consideración de la época, directo a las series de televisión y de ahí a las películas de género en Italia (hoy ser parte de un programa televisivo no es nada mal visto); Brad Pitt, trabajando como doble, funciona muy buen en cuanto complemento afectivo, sobre todo fuera de la pantalla, sirviendo en tareas diversas que incluyen arreglar la antena del televisor –mientras sueña un duelo con Bruce Lee- chofer, carga maletas, acompañante de borracheras y cuidador de la mansión- todavía rescatable pero en la idea de las pinturas de David Hockney, enfatizando la soledad de las estrellas.

Algunos de los personajes están inspirados en hombres y mujeres reales y en general contribuyen a la construcción de la recreación de la época, como el productor encarnado por  Al Pacino (en plan de Caracortada de bar); Bruce Dern, como el viejo sometido que acoge a la secta, actuando como Geroge Spahn. También están el de Dakota Fanning, como intentando controlar todo el asunto cual pelirroja invisible y el de la adolescente Margaret Qualley, simbolizando la manera en la que la secta entre satánica y hippie se fue involucrando en el territorio de las estrellas. Los diálogos resultan tan eficaces como las distintas puestas en escena, sobre todo las que involucran, especialidad del director, peleas y violencias con su respectiva cuota de absurdo.

Una buena referencia para adentrarse en la cinta es la novela de la debutante Emma Cline, Las chicas (Anagrama, 2016), en la que se devela el proceso de convocatoria por parte de la secta hacia jóvenes solitarias e incomprendidas, detonadas por si hiciera falta, por la película de El bebé de Rosemary (1966), en la que justamente un culto tenía que cuidar al hijo del diablo. Por su parte, Damian Lewis, asumiendo el papel de Steve McQueen, aparece deseando lo imposible y esperando el gran escape, en tanto Emile Hirsch, incondicional y eterno enamorado de la actriz, junto con la pareja de amigos de Polanski, se mantienen en la casa del susodicho. Y en reparto de las jóvenes manipuladas por esa mente diabólica, se presentan actuadas.

Hay referencias a Lancer, interpretada por James Stacy (Timothy Olyphant), en la que el villano realiza una notable secuencia bien reconocida por la niña actriz, como para recuperar la confianza, y en la que también aparece Luke Perry, encarnando a Wayne Maunder. Hay homenajes a series como Bonanza, FBI y el Avispón verde, y se hace referencia directa  a los asesinos y a la enfermiza secta de Charles Manson. Bienvenidas son las intervenciones de Kurt Russell, lidiando entre los empleados y la esposa; además de un homenaje a Natalie Wood, fallecida en extrañas circunstancias (lo que se suele decir cuando alguien poderoso la mató9. Entre Hullabaloo homenjare y Vicio propio (Anderson, 2014), nos extraviamos en el final de los años secretos.

La cámara se desplaza con elegancia, gracias al efectivo uso de grúas que se elevan y descienden en los escenarios, para brindar un panorama de los contextos y saltar barreras entre casas de lujo, sets de grabación y calles curvas que bien se aprovechan para meter el acelerador; también se posa en los zapatos o directamente en el suelo, como para dar idea de que todos tenemos, aunque no lo queramos, los pies en la tierra: tiempos de velocidad desenfrenada en los que jovencitas pueden pedir aventón sin temor a ser descabezadas. Son años de cierta inocencia, a pesar de que se crea que se está transgrediendo los límites culturales: pura imaginería hippie.

La recreación de época para construir el espíritu de los sesenta en su fase final es notable, sobre todo en una ciudad como los Ángeles, tal como se muestra en la secuencia de la manera en la que se van prendiendo los locales correspondientes, considerando las referencias a nosotros como mexicanos, más allá de quienes reciben el coche; por supuesto, suena el folkpop de Simon & Garfunkel, la motivación de Neil Diamond, el ímpetu de Bob Seger, la pesadez de Deep Purple y en particular Paul Revere & The Raiders, colocando el sonido necesario para establecer el ambiente propuesto desde la expresión visual.

Revisionismo parece ser la palabra para Tarantino. Desde sus épocas atendiendo un videoclub hasta su consagración como director de altos vuelos, ha sabido incorporar tendencias y proponer un sello propio. Ni el genio que se supone, ni el copiador simplista: la justa medida aplica para el cine de este hombre que ama las imágenes en movimiento y que, si bien se le puede acusar de experto imitador en ciertos círculos, le ha inyectado al cine norteamericano una buena dosis de alternativa expresiva, que tanto gusta a los europeos. No es el gran renovador, pero tampoco el simple reproductor de estilos. Es una cosa y otra.

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