Martes. 15.10.2019
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CUENTO

Vagabundo

Samael Alba

Vagabundo
Vagabundo



 

Mi zapato bailaba al no hacer fricción con el suelo, la lluvia había caído horas antes, pero la baja temperatura mantenía la trampa entre las piedras; caí de lado en la acera entre la avenida y el río, el primero golpe lo recibió mi cadera, el segundo mi codo y al término mi cuerpo completo, la mochila que llevaba en la espalda se sacudió y se soltó de mi cuerpo, voló poco menos de un metro de mí; la gente pasaba a mi lado, la prisa citadina tomaba de la ropa a los más amables, empujándolos a la premura.

El invierno estaba llegando, el sol se ocultaba más temprano de lo usual. Aprovechaba esto para ir a cierto parque, las ondas gélidas prematuras ahuyentaba a las personas, caminaba entonces con toda libertad entre el pasto y los árboles, además tenía la libertad de elegir la banca más a mi gusto. Había una en especial, estaba en una depresión del suelo, escondida por dos árboles a sus costados, era el lugar perfecto para tener privacidad. Me sentaba ahí a leer el periódico, algún libro que me haya encontrado o simplemente pasar el rato. Al llegar a este punto me encontré con una penosa escena, pues una pareja estaba por tener un encuentro amoroso cuando cruzamos miradas, me quedé frío, sin saber cómo reaccionar, ellos me miraban apenados, pero pronto uno de ellos cambió, sus ojos enfurecieron y se levantó violentamente, me gritaba y azotaba los brazos al aire, quería que me fuera; comencé a caminar tímidamente de espaldas, sin perder vista de la persona furiosa, tenía miedo de que me atacara si le daba la espalda; al tomar una distancia considerable, aquél regresó la mirada a su acompañante, se sentó y pude relajarme, me dirigí a la salida del parque, había más lugares en esta ciudad donde podía pasar un tiempo tranquilo.

Intenté comprar un café en una avenida solitaria, pues la noche estaba avanzando y con ello el frío; el lugar estaba abarrotado, había una fila larga que llegaba hasta la puerta, mi ansiedad social me hizo dudar en cruzar la puerta, nunca me manejaba bien en multitudes. Antes de darme cuenta, había pasado al menos cinco minutos mirando la fila, las personas salían pero la línea de personas no disminuía, o eso me parecía. Estaba dispuesto a caminar lejos de la puerta, rendido ante mi deseo de calentar el cuerpo, cuando una señorita salió, me dijo algo tan rápido que no pude entenderle y estiró la mano, en ella había el café que tanto estaba anhelando, lo tomé sin chistar y antes de agradecer volvió a entrar.

Me senté en una banca frente a una parada de autobús, puse mi mochila a mi costado, bebía mi café con lentitud, observaba a las personas esperar. Un automóvil se detuvo frente a mí, conocía el modelo, era un Spirit americano, modelo 1992, caja de cambios automática, mi padre solía tener uno de ese estilo en color caqui; cuidaba ese carro más que a su vida, cada tres días por la tarde solía lavarlo con toda la paciencia y cariño del mundo, parecía disfrutar más el momento de aspirarlo, pues lo hacía con tanta delicadeza y esmero. Una tarde de primavera que pulía las llantas, llegué con un amigo de jugar en el lodo, éste aún estaba fresco en nuestra ropa y nuestros zapatos, llegamos corriendo y salpicando, corrimos alrededor del automóvil, estaba por llegar a la cuarta vuelta cuando sentí casi desprenderse mi brazo, mi padre me alzó de él por el aire, podía sentir como si lo quisiera separar de mi cuerpo, comencé a llorar, mi amigo escapó y mi padre gritaba cosas que mis lamentos escondían. El recuerdo fue interrumpido por una lata de cerveza chocando contra mi nariz, el tipo del auto parecía haber estado hablándome mientras soñaba despierto; la sangre comenzó a brotar, tomé mi mochila y corrí lejos, lleno de pánico.

La noche seguía avanzando, se me acaban los lugares para visitar el día de hoy, así como mis ganas para hacerlo. Sin tener conciencia de ello, mis pies me llevaron cerca del río, el sonido del agua me hacían recordarla, a la persona que alguna vez abracé y besé, ¿dónde estaba ahora? Ya no podía recordarlo, ni siquiera el color de su cabello o la forma de sus ojos, pero el sonido del río era parecido a su voz, ¿hace cuánto tiempo que no la veía? Ya no lo sabía, solo me quedaban palabras o frases que alguna vez me dedicó, una que otra situación, un pequeño viaje y algún borroso recuerdo de la forma de sus pechos. A veces sentía que entre más quería recordarlo, más rápido lo iba perdiendo.

Mucho se dice del hogar, que si es un pedazo de tierra o que donde está el corazón; yo me atrevía a llamar hogar al pequeño cuadro entre la pared, debajo del puente. Todos los días, como hoy, llegaba a las nueve con cuarenta, o eso fue hasta hace dos días que mi reloj cayó al río, ahora tenía que guiarme por el instinto. Barrí con el zapato pequeñas piedras, bajé la mochila y me puse de espaldas al recoveco, acomodé las nalgas y mi cadera en aquel espacio, pareciera que mi cuerpo ya se había amoldado, estiré la mano para sacar mi manta y retazos de cartón de la bolsa; estiré la tela en dirección a mis pies y piernas, metí la manta por debajo para quedar envuelto, tomé los pedazos de cartón y los fui acomodando entre mis extremidades ya cubiertas; tomé la mochila y la abracé, me quedé contemplando el puente, a lo lejos se escuchaba el correr del agua, me relajé hasta caer dormido.

Mi conciencia fue reanimándose, a través de mis párpados podía percibir mucha luz, abrí los ojos tímidamente, pues el brillo me lastimaba. Era la primera nevada de invierno; todo estaba cubierto de blanco, como si las nubes bajaran e inundarán la ciudad, todo parecía ser de esponja blanca y suave. No sentía mis pies, una de mis manos no me respondía al ordenar movimiento, sentí la cara quemada y quizá con una pequeña tela de hielo; comenzó a nevar en el instante que quise levantarme, al no poder hacerlo abrí más los ojos, los copos de nieve se mecían, descendían lento, ligeros; todo me resultaba tranquilo. Dejé de sentir la mano que me quedaba, todo lo que me quedaba eran calambres; quise escuchar el sonido del agua correr, pero lo único que pude escuchar fue como mi corazón dejó de latir lentamente. La paz ya venía.






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Samael Alba. Es Licenciado en Cultura y Arte por la Universidad de Guanajuato, guionista, cinéfilo y aspirante a escritor.

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