Martes. 15.10.2019
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LA SIBILA

La gendarmería

La Sibila

La gendarmería
La gendarmería

Mi madre, la única mujer de cabello corto en la ciudadela,
me enseñó a atarme las agujetas de los zapatos
con la precisión de un cirujano
que explora por primera vez
la madriguera del conejo inmaculado.

Mi abuela, la rosa reina del jardín secreto,
guardaba un vals diminuto en el bolsillo del delantal
y lo colgaba sobre su oreja izquierda
cuando el silencio ensombrecía la cocina
señal inequívoca del deceso de las tazas.  

Chayo, la cortesana triste de piel trigueña
la del delantal siempre mojado y siempre seco
soportaba el desprecio de la rosa reina
con la calma de una cocinera amansada
de manos callosas y uñas recortadas.

Frente a la alarma silente y alargada
que anuncia la llegada del ángel custodio
antes de que el ánima de las tazas huya por la ventana
Chayo corre al cajón de los cuchillos
y remplazaba el filo con botones.

Dentro de la ciudadela rodeada de bugambilias
coronada con rosas de castilla y trompetas de ángel
había que demostrar lealtad preparando nuez garapiñada
resistiendo el ardor del caramelo adhiriéndose a la piel.  
Chayo era la mejor en eso,
tomaba una nuez grande
y sonreía con los ojos húmedos
como si acariciara un gatito
ronroneando al rojo vivo.

Mi tía, la princesa del talento derrochado,
coleccionaba prendas floreadas de tallas indiscutibles.
Ella me habló de la virginidad
mientras cambiaba el agua pestilente del florero.
Las rosas rojas y muertas
eran un regalo de su amante
que se volvía dadivoso luego de la tunda.

Una tarde de cortinas inquietas
me enfocó con el ojo amoratado
y me explicó que la pureza es joyería de fantasía
al fondo de una caja de cereal.

La vecina asesinada, de nombre idéntico al mío,
apareció a medio brinco del bebeleche
y me contó que las niñas buenas
se pellizcan las mejillas para aparentar que siguen vivas,  
que nadan, perdidas, en abundantes rebozos
hasta que se extingue el dolor de su ausencia
y se apaga la última vela que las evoca.

Cuando las gendarmes, bellas e intransigentes
se reúnan a fumar bajo el naranjo,
juntaré un arsenal de piedras filosas
y se las lanzaré al ángel custodio
con afán de destrozar sus alas,
y romper cada uno de sus vidrios.




***

La Sibila escribe poesía y siempre habla con extraños.

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